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«Todos somos simios compulsivos y emocionales»

El investigador y divulgador científico conversará mañana en la Casa das Campás sobre evolución y meditación

Emiliano Bruner en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Emiliano Bruner en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. / FdV

Pontevedra

Tras encabezar entre 2007 y 2024 el Grupo de Paleoneurobiología de Homínidos del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, Emiliano Bruner es hoy investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, CSIC (Madrid) e investigador afiliado del Centro de Investigación en Enfermedades Neurológicas (Madrid). Autor de diversos libros de divulgación, mañana ofrecerá en la Casa das Campás, a partir de las 19.00 horas, la conferencia «El mono despierto», un encuentro organizado por el Ateneo y posible gracias a la asociación Meditación Entre Amigos de Pontevedra, en el que conversará sobre evolución humana y meditación.

Lleva décadas estudiando cráneos fósiles y la forma de cerebros antiguos. En su libro habla de una auténtica «maldición». ¿Cuándo cambiamos el instinto de supervivencia por esta angustia existencial permanente?

No lo sabemos con certeza. Pudo ser un proceso gradual a lo largo de los dos millones de años del género humano, o quizá algo propio de nuestra especie, Homo sapiens. En ese caso, nuestras capacidades cognitivas más complejas —las que explican nuestro éxito reproductivo, pero también la rumiación que daña el bienestar— habrían evolucionado relativamente tarde. Aunque nuestro linaje surgió hace más de 200.000 años, fue sobre todo en los últimos 50.000 a 80.000 años cuando el registro arqueológico y paleontológico muestra un cambio importante en nuestra capacidad de imaginar, proyectar escenas complejas y construir largas secuencias de palabras en la mente. Ese «superpoder» de viajar mentalmente en el tiempo y el espacio, de imaginar pasado, futuro y situaciones que nunca ocurrieron, nos permite anticipar, desear, temer y esperar sin descanso. Y eso nos aparta del presente, empujándonos a una insatisfacción constante. Todos, en mayor o menor medida, pagamos un precio mental por no controlar del todo nuestros propios recursos cognitivos.

Caminamos deprisa, hiperconectados y con la atención fragmentada. ¿Estamos intentando meter a un primate prehistórico en el traje del siglo XXI?

Nuestra atención es potentísima y ha sido clave en nuestra complejidad social y tecnológica, pero no basta para controlar la avalancha de imágenes y palabras que llena la mente. Ese descontrol puede ser un efecto secundario de tener tanta capacidad mental, algo que quizá no perjudica al éxito reproductivo, que es el único criterio de la selección natural. Incluso podría favorecerlo: un primate compulsivo, emocional y reactivo probablemente se reproduce más que uno calmo y sereno. En cualquier caso, esta inquietud no es solo un rasgo de nuestro tiempo. Lo que sí ha hecho la sociedad actual es amplificar estímulos y explotar nuestras debilidades. Muchos modelos culturales y económicos están diseñados para erosionar la atención y favorecer respuestas automáticas y emocionales de las que otros obtienen dinero, poder o control. No es nuevo, pero hoy los mecanismos de manipulación son más masivos y profundos.

Ha estudiado cómo el cerebro integra las herramientas como extensiones del cuerpo. Hoy casi no soltamos el móvil. ¿Esta extensión tecnológica nos libera?

La capacidad de ampliar nuestras habilidades físicas y mentales mediante herramientas ha sido quizá nuestra principal apuesta evolutiva. Por eso es algo natural: no podemos ni debemos rechazarlo. Toda herramienta expande nuestras capacidades. Ahora bien, puede haber límites que no conocemos en esta extensión cognitiva, y toda herramienta puede usarse para fines beneficiosos o perjudiciales. Además, una cosa es ampliar nuestras capacidades y otra muy distinta ser más libres. Una herramienta puede multiplicar nuestro alcance mental y, al mismo tiempo, restringir nuestra libertad como individuos. Así que no hay que temer la tecnología, porque forma parte de lo que somos, pero tampoco ignorar sus posibles efectos dañinos, sobre todo cuando ya no manda la selección natural, sino una dura selección económica.

Muchos modelos culturales y económicos están diseñados para erosionar la atención y favorecer respuestas automáticas y emocionales de las que otros obtienen dinero, poder o control. No es nuevo, pero hoy los mecanismos de manipulación son más masivos y profundos

Muchos modelos culturales y económicos están diseñados para erosionar la atención y favorecer respuestas automáticas y emocionales de las que otros obtienen dinero, poder o control. No es nuevo, pero hoy los mecanismos de manipulación son más masivos y profundos

¿Está secuestrada nuestra neurología por la alerta permanente?

La atención se organiza en varias redes: al menos una para la alerta, otra para filtrar estímulos y otra para tomar decisiones. Las tres sufren una sobrecarga continua, tanto por estímulos externos como por nuestro propio vagabundeo mental. Eso genera estrés crónico, y el estrés crónico desgasta la capacidad de recuperación. Ahí entran prácticas como el mindfulness, que en el fondo son un entrenamiento cognitivo del sistema atencional. Sin entrenamiento, nuestra atención es un músculo débil: lo justo para cumplir la lógica evolutiva, que no busca bienestar, sino reproducción. Si queremos ir más allá de ese nivel básico, tenemos que entrenarla para ganar autonomía frente a sensaciones, emociones y pensamientos.

Solemos envolver la meditación y el mindfulness en un halo místico o de autoayuda. A nivel físico y neuronal, ¿qué le ocurre a ese «mono hiperactivo» cuando lo obligamos a respirar en silencio?

La meditación puede usarse como relajación, búsqueda espiritual o herramienta terapéutica, pero en realidad es algo más amplio: una forma de higiene mental cotidiana, tan básica como ducharse o lavarse los dientes. Aporta ejercicios para desarrollar habilidades cognitivas poco entrenadas, con efectos psicológicos y neurobiológicos a corto, medio y largo plazo. Pero además abre un espacio de experiencia y autoconocimiento al que no se llega solo con la lógica: permite explorar, a través del cuerpo y la percepción, alternativas a los patrones habituales del cerebro. Si ignoramos el papel del cuerpo y de la mente en nuestro bienestar, acabaremos viviendo de forma desequilibrada y compulsiva. La práctica meditativa ofrece precisamente una vía para explorar qué hay más allá de ese simio obsesivo e insatisfecho que somos.

Si ignoramos el papel del cuerpo y de la mente en nuestro bienestar, acabaremos viviendo de forma desequilibrada y compulsiva. La práctica meditativa ofrece precisamente una vía para explorar qué hay más allá de ese simio obsesivo e insatisfecho que somos

Afirma que la mente que nos ata es la misma que nos libera. ¿Cuál sería el primer paso, la primera herramienta tangible para empezar a domesticar a ese primate angustiado?

La mente es también la única herramienta con la que podemos mejorar nuestra calidad de vida, así que el camino debe hacerse con ella, no contra ella. Es nuestro recurso más valioso. Las prácticas meditativas son eso: prácticas. Hay que hacerlas. El resto llega de forma gradual, bioquímica y fisiológicamente, igual que en el gimnasio o al aprender un instrumento: no hay secretos, solo tiempo y constancia. Yo además apuesto por combinar experiencia y comprensión: dejar que la meditación haga su trabajo y, al mismo tiempo, explorar racionalmente sus mecanismos y los límites de nuestra propia razón. Tradiciones como el budismo ofrecen no solo una enorme práctica meditativa, sino también un cuerpo conceptual muy sólido. Además, la meditación no requiere grandes recursos ni infraestructuras: está al alcance de cualquiera. El verdadero límite es la voluntad, porque exige compromiso y cambio personal, algo difícil en una sociedad acostumbrada a querer soluciones rápidas, compradas o delegadas.

¿Qué cuestión importante falta a menudo en este debate?

Que todo esto nos afecta a todos. A menudo se cree que cuidar la salud mental solo compete a quien ya ha cruzado un umbral clínico o diagnóstico. Y aunque en esos casos la meditación puede ser un complemento importante, la higiene mental debería ser universal. Primero, para no acercarnos a situaciones graves. Y segundo, porque todos sufrimos, en distinta medida, estos desequilibrios evolutivos. Todos somos simios compulsivos y emocionales, y una pequeña mejora en ese terreno puede traducirse en un aumento muy importante del bienestar personal.

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