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Día Internacional del portero

La portería: sacrificio mental, errores amplificados y pasión infinita

Yanira Guizán, Elena González, Abián Galdar, Pablo González y Lola Muñoz reflexionan sobre la presión, el aprendizaje y la «locura» que hacen falta para ocupar la última línea

Cuatro porteros de clubes de la comarca

Cuatro porteros de clubes de la comarca / FdV

Pontevedra

Hay posiciones que se juegan, pero hay otras que se soportan, se sienten y, en muchos casos, se padecen. La del portero pertenece a esa segunda categoría. En el Día Internacional del Portero, cinco guardametas de equipos de referencia de la comarca de Pontevedra —Yanira Guizán y Elena González, del Poio Pescamar; Abián Galdar, del Cisne; Pablo González, del Teucro; y Lola Muñoz, del CW Pontevedra— dibujan un retrato compartido de una demarcación tan decisiva como poco comprendida.

Todos coinciden en la idea de que ser portero no es una casualidad pasajera. A veces nace de una oportunidad, otras de una intuición temprana, y casi siempre acaba convirtiéndose en una convicción. En el caso del canario Abián Galdar, fue cuestión de probar y quedarse. En sus inicios, en las islas, fue pasando por distintas posiciones hasta que descubrió la portería. «Desde que lo probé a mí me flipó», confiesa. Tanto, que acabó insistiendo a su entrenador hasta lograr especializarse antes de tiempo.

Pablo González, portero del Teucro, recuerda un proceso parecido. De niño fue ocupando varios puestos hasta que un día le tocó ponerse bajo palos. Le gustó, se le dio bien y ya no quiso salir de ahí. En su caso, como en el de tantos otros, la elección estuvo vinculada a una mezcla de sensaciones como la atracción por un lugar distinto y la certeza de sentirse útil desde un rol diferente al del resto de compañeros.

En fútbol sala, Yanira Guizán llegó a la portería por necesidad colectiva, pero también por inclinación personal. Cuenta que en un torneo prebenjamín, «nadie quería ponerse y di un paso al frente». Desde entonces, ya no se movió. Elena González, por su parte, heredó la vocación en casa. Y es que, su hermano, dos años mayor, también era portero y ella quiso seguir ese mismo camino. Una por cubrir un vacío, la otra por espejo familiar, pero ambas con un resultado idéntico: enamoradas de la portería.

Una posición muy castigada

La otra gran coincidencia entre los cuatro testimonios aparece al hablar de la injusticia. El portero convive con una lógica cruel en la que el error se amplifica y el acierto muchas veces queda en segundo plano. Elena lo resume con claridad cuando explica que una guardameta puede firmar diez paradas y que todo quede eclipsado por un solo fallo final. Yanira va en la misma línea: «Los errores son goles». En una posición tan expuesta, el juicio es inmediato.

Esa carga obliga a un trabajo mental específico. No basta con reflejos, colocación o valentía. También hace falta fortaleza interior. Elena subraya la necesidad de transmitir seguridad al equipo incluso cuando «no te encuentras bien por dentro». Yanira considera que la portería exige estar «mentalmente mejor preparado» que en otros puestos. Y Pablo, por su parte, lo ilustra con ejemplos recientes en su juego: «Un mal pase en un contraataque o una parada que se escapa en los minutos decisivos pueden quedarse dando vueltas durante días».

Más allá del resultado, los cuatro reivindican todo lo que el aficionado no ve. En el caso del balonmano, Pablo habla de lectura del lanzador, de la trayectoria, del brazo y del ángulo, pequeños detalles que condicionan cada acción. Elena añade el trabajo invisible que acompaña al día a día en el gimnasio, entrenamientos específicos, análisis del rival y revisión propia. El portero no solo reacciona; estudia, anticipa y se prepara para decidir en décimas de segundo.

El lugar al que nadie quiere ir

También hay un mensaje claro para el deporte base, donde tantas veces la portería se convierte en el lugar al que nadie quiere ir. Lejos de desaconsejarla, los cuatro animan a probar. Abián insiste en que es una posición «muy divertida» y pide a los más pequeños que no tengan miedo a lo que digan los demás. Yanira lo resume de forma rotunda: «Es la mejor posición que hay». Y Pablo lo plantea desde el disfrute afirmando que «si le gusta tirarse, arriesgar y no le tiene miedo al balón, ahí hay algo super bonito».

Porque, pese a todo, ninguno renunciaría a su querida portería. Los cuatro volverían a elegir ponerse bajo los palos si tuvieran la oportunidad. Quizá porque, como dice Abián, hay algo especial en ser «la última línea de defensa». Porque, en una demarcación donde todo se magnifica, también la recompensa tiene otro valor. El del reconocimiento íntimo de haber sostenido al equipo cuando más lo necesitaba.

La presión también se siente en el agua

La experiencia de Lola Muñoz, portera del CW Pontevedra, añade otro matiz al retrato de la posición. En waterpolo, como en el resto de disciplinas, la guardameta también convive con la presión de ser la última defensa. «Si perdíamos, sentía que había fallado yo siempre», recuerda sobre una etapa en la que asumía como propia toda la culpa de los goles encajados. Con el tiempo, explica, aprendió a distinguir mejor cuándo un tanto era realmente responsabilidad suya y cuándo respondía al funcionamiento colectivo del equipo. Para ella, ahí está una de las claves de la posición, que pasa por aceptar la exigencia sin perder de vista que el portero no está solo, ni en la cancha ni en el agua.

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