Viático
Pontevedra honra en A Moureira una tradición de sal, serrín y pétalos
Más de cien vecinos, muchos de ellos niños, trabajaron hasta la madrugada para elaborar los alfombrados florales

Rafa Vázquez / Edgar Melchor
Huele a mirto recién cortado, a tierra húmeda y a flores en el corazón de A Moureira. La mañana de Pontevedra ha amanecido con una ligera lluvia, pero en la calle Xan Guillermo nadie mira al cielo con reproche. Al contrario: esa llovizna se ha convertido en la aliada inesperada que terminó de asentar la sal, el serrín teñido y los miles de pétalos que visten el asfalto. Sobre ese tapiz efímero, tejido con el insomnio de todo un barrio, camina esta mañana la historia viva del mar.
Es domingo de la octava de Pascua. La calle sigue llamándola procesión del Viático, aunque los viejos libros de ceremonias del Concello y de Santa María la Mayor aclaren que no se trata del sacramento que acompaña el último viaje de los moribundos, sino de la Pascuilla, como recuerda la parroquia. Es el abrazo de la primavera y de la comunidad a quienes ya no pueden subir las escaleras hasta la basílica. Hoy es la basílica la que baja a buscarlos.
Para que el Santísimo Sacramento pueda avanzar bajo palio por este sendero de color, la víspera tuvo que hacerse larga. Óscar Parada, que capitanea cada año este milagro artesanal, contempla el resultado en Xan Guillermo con la serenidad de quien ya ha cumplido. Los preparativos comenzaron hace dos semanas, con el acopio de materiales, pero la verdadera eclosión se produjo ayer, a partir de las cuatro de la tarde.

Óscar Parada encabezó la realización de los alfombrados, que se prolongó hasta las 4 de esta madrugada. / S. R.
“De madrugada nos quedamos los adultos, por supuesto, pero de cuatro a doce de la noche aquí podía haber tranquilamente unos ochenta niños”, explica.
“De madrugada nos quedamos los adultos, por supuesto, pero de cuatro a doce de la noche aquí podía haber tranquilamente unos ochenta niños”, explica Óscar Parada, al frente de los equipos que realizaron los tapices florales
Más de un centenar de vecinos, de rodillas sobre el pavimento, emplearon durante horas sus manos para dibujar el recorrido y se enfrentaron a contratiempos como las rachas de viento de la tarde y la noche del sábado. Las flores, además, no salen de un presupuesto oficial, sino de la solidaridad: floristerías locales que ceden género y vecinos anónimos que podan sus propios jardines para aportar el color que falta. Todo, absolutamente todo, donado.

La procesión realizó una parada al final de la calle Xan Guillerme, donde se situó un altar. / Rafa Vázquez
Este año, la modernidad y sus prisas obligaron a alterar el lienzo. Una carrera ciclista forzó la cesión de Jofre de Tenorio al tráfico rodado. No hubo lamentos; el esfuerzo se concentró en otros viales, sobre todo en el tramo final de Xan Guillermo, donde se levantó un altar.
Pasadas las diez de la mañana, el cortejo echó a andar. La escolta natural la brinda el Gremio de Mareantes, custodio incansable de esta cita, junto a la solemnidad castrense que imprimen los representantes de la Guardia Civil y de la Escuela Naval, cuya banda interpretó el himno español a la salida de la comitiva de la basílica de Santa María.

El desfile es una de las grandes citas anuales del gremio de Mareantes, cuyo presidente (en la imagen) precedió un año más al palio. / Rafa Vázquez
Al frente, abriendo paso, el estandarte de la cofradía del Corpo Santo; a los lados, los fieles flanquean el recorrido con velas encendidas. En ese cordón humano se mezclan voluntarios de la Pastoral de la Salud, miembros de la Legión de María y niños que, apenas unas horas antes, todavía tenían las manos manchadas de serrín de colores.
El destino de esta comitiva no es un monumento ni una plaza de postal. Son cuatro domicilios particulares: la calle Ferreiros, donde se lleva la comunión a un enfermo; el Paseo de Colón, donde aguarda un segundo vecino postrado; y la calle Echegaray, que recibe por partida doble a una parroquia que se niega a olvidar a los suyos. En esas cuatro habitaciones cerradas por la enfermedad, el murmullo de la calle entra esta mañana convertido en primavera.
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