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Música

El reto de grabar un disco al margen de la industria

Antón Cruces acaba de cerrar el primer capítulo de su nuevo proyecto musical, «La mala letra», una obra levantada entre un estudio casero, horas estiradas al máximo y la certeza de que en la música actual un artista ya no solo compone y canta, sino que también produce, planifica, promociona y sostiene su propio camino

Imagen promocional del músico pontevedrés Antón Cruces.

Imagen promocional del músico pontevedrés Antón Cruces. / FdV

Pontevedra

Hubo un tiempo en que grabar un disco seguía una ruta más o menos reconocible. Había una banda, un estudio, un calendario y una estructura que sostenía el viaje. «La Mala Letra», el nuevo proyecto musical del pontevedrés Antón Cruces, nace en otro paisaje, mucho más fragmentado y también mucho más solitario para quien decide trabajar por libre. Ahora el músico no solo compone y canta, sino que también maqueta, graba, corrige, ordena, promociona y trata de abrirse paso en un ecosistema en el que las canciones parecen obligadas a pelear cada día por no desaparecer.

Carátula del tema «El adversario», el último lanzamiento de «La Mala Letra». | FDV

Carátula del tema «El adversario», el último lanzamiento de «La Mala Letra». | FDV

Ese cambio se percibe en la propia forma en que ha ido creciendo el proyecto. Cruces empezó a escribir estos temas en 2022, entró en fase de grabación en 2023 y fue publicándolos de manera escalonada desde 2024 hasta completar ahora, con el lanzamiento de «El adversario», una primera entrega de diez canciones. No habla tanto de disco como de capítulo, y en esa elección hay toda una forma de entender el presente. Ya no se trata de cerrar una obra y lanzarla de una vez, sino de acompasarla a los tiempos reales de la creación, al esfuerzo que exige cada tema y a la manera en que hoy se escucha música.

Detrás de ese recorrido hay una parte silenciosa, casi doméstica, que rara vez se ve desde fuera. «La Mala Letra» se construye primero en un estudio casero, donde Cruces va levantando el armazón de las canciones, y encuentra después su forma definitiva junto a Juan Hernández, con quien coproduce el sonido final en Ronett Studio; el viaje acaba con la masterización de cada uno de los temas en Canadá. A ese tejido se suman además las voces de Laura Vaqueiro y Roberto Ramos (de «Conductores Suicidas»), en los coros, y la guitarra de Lino Carballo, colaboraciones que ensanchan las canciones sin romper su aire de cercanía, como si cada una de ellas hubiese sido escrita a puerta cerrada y luego abierta muy poco a poco.

La presencia de Juan Hernández aporta además un valor concreto al proyecto. Su trayectoria incluye una nominación a los premios de la música de Canadá y trabajos en la producción musical de «Mugaritz BSO», un título vinculado también al recorrido de los Goya. En «La Mala Letra», esa experiencia se pone al servicio de las canciones desde un lugar discreto, ayudando a darles forma y solidez sin restarles cercanía ni desviar el tono íntimo con el que fueron concebidas.

También ha cambiado la forma en que se sostiene un proyecto musical. Grabar canciones sigue exigiendo tiempo, dedicación y recursos, pero la lógica ya no es la de otros tiempos. En trabajos como este, el impulso nace menos de una expectativa externa que de una convicción personal, del deseo de seguir escribiendo, de cuidar cada tema y de encontrar el momento adecuado para compartirlo. «La Mala Letra» se mueve precisamente en ese terreno, el de la música hecha por vocación, con paciencia y sin renunciar a la ambición artística.

En esa lógica entran también las redes, las plataformas y esa obligación difusa de estar siempre visible. Cruces sabe que hoy la música necesita existir en Spotify, en Instagram y en todos esos escaparates donde se reparte la atención, aunque su impulso creativo no nazca ahí, sino en el trabajo de composición y producción. Esa distancia entre la música que uno quiere hacer y la exposición que necesita sostener forma parte, seguramente, del corazón mismo del proyecto.

En el caso de Cruces, además, la música convive con otra trayectoria consolidada como periodista, escritor y director audiovisual. Esa doble vida explica el ritmo y la naturaleza de «La Mala Letra», un trabajo que no responde a la urgencia de la industria, sino a una forma de creación más lenta, más artesanal, encajada entre horarios variables, familia y tiempo robado a la rutina. Por eso el proyecto acaba diciendo algo más que lo que cuentan sus diez canciones. Habla también de una época y de una manera de resistir en ella, la de quienes siguen grabando sin demasiada red, pero con la certeza de que aún merece la pena hacerlo.

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