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Entrevista | Javier Sádaba Filósofo, catedrático de Ética y escritor

«La vida buena exige pensamiento y valentía»

«La autoayuda está muy bien, pero cuando se convierte en un negocio descarado que aprovecha angustias y soledades, es deleznable»

Javier Sádaba, que ayer fue homenajeado en la clausura de la Semana Galega de Filosofía.

Javier Sádaba, que ayer fue homenajeado en la clausura de la Semana Galega de Filosofía. / Rafa Vázquez

Pontevedra

Una ovación recibió ayer a Javier Sádaba en Pazo da Cultura, donde la Semana Galega de Filosofía acaba de bajar el telón de su cuadragésima segunda edición. El filósofo y escritor fue el encargado de pronunciar la lección de clausura del simposio, un homenaje del Aula Castelao que recibe con una mezcla de gratitud y fina ironía; y una oportunidad para defender una idea que atraviesa toda su obra: pensar no es un lujo intelectual, sino una herramienta para vivir mejor.

—¿Cómo recibe este reconocimiento?

Los homenajes se reciben, en principio, siempre bien, fundamentalmente porque te los hacen los amigos. Pero uno, inevitablemente, duda. Duda en dos sentidos. Por un lado, piensas: «Bueno, tengo amigos, algo habré hecho en la vida que no esté excesivamente mal». Que se reconozca el trabajo me parece bien, siempre y cuando no haya un exceso de vanidad. Pero, por otro lado, te ves frente al espejo y dices: «Qué viejo debo estar». Sientes que, en el fondo, con estas cosas ya te están dando un poco el pasaporte (risas).

—¿Es casi un milagro que un foro de filosofía sobreviva cuatro décadas?

Es un milagro y una maravilla; es de cum laude que mantengan esto vivo. Hay que admitir que la filosofía no está hoy en sus mejores tiempos, está surfeando una ola muy baja. Para mí, la filosofía consiste en hacer que la gente razone, en ayudar a construir una visión real, completa y profunda de la vida, y eso es algo que no debería desaparecer nunca. Que un foro como este lo mantenga contra viento y marea me parece excelente.

—Defiende que el pensamiento sirve, por encima de todo, para aprender a vivir.

Sin duda. Pensar tiene, en primer lugar, una dimensión de goce. Uno tiene que disfrutar con el pensamiento. Es una de las facultades más desarrolladas que tenemos y a la que más juego podemos dar. Pero, además, debe servir de orientación, de brújula, para que uno aproveche las ocasiones que da la vida. Pensar y repensar todo eso me parece una de las tareas fundamentales de la filosofía.

—En una sociedad marcada por la sobredosis de información, ¿esa filosofía práctica puede ser un antídoto contra la angustia y la soledad contemporáneas?

Es que la angustia de la que hablamos es tremendamente real. Ya lo advertía Freud: acabaríamos todos neuróticos por el tipo de sociedad que nos está gobernando. Y claro, a la sombra de esa neurosis crecen una cantidad inmensa de chiringuitos y foros dedicados a la autoayuda. Esto tiene dos caras. La autoayuda en sí misma está muy bien, pero cuando se convierte en un negocio descarado, cuando se aprovecha de esas angustias y soledades reales de la gente para facturar, me parece deleznable. Lo que toca es enfrentarse al problema real, analizar las causas de por qué estamos así y, en la medida de lo posible, tratar de ser consecuentes para vivir un poco mejor. Porque al final, lo importante en la ética es eso: vivir la vida buena, que exige pensamiento y valentía; y que no es lo mismo que el buen vivir, aunque esto último también esté muy bien.

—Hemos llegado a un punto de esquizofrenia social en el que somos teóricos exquisitos debatiendo en las redes, pero absolutos analfabetos en la empatía: pontificamos en internet, pero no sabemos ni el nombre de la cajera que nos atiende todos los días.

Sí, eso está muy bien visto. Efectivamente, nos hemos vuelto enormes «expertos» en las redes, pero estamos en una situación muy disfuncional. Hay una pérdida de empatía, una pérdida de la cara del otro, de lo que son las relaciones humanas auténticas, de esos lazos fuertes que deben existir siempre: la amistad, el amor, el vínculo verdadero con los demás. Creo que eso se ha perdido mucho. Ahora bien, también digo que las redes sociales son uno de los grandes avances de la humanidad. Como tantos avances, si se aprovechan bien, pueden ser estupendas. El problema es cómo se usan. De momento veo mucho caos, mucha desinformación y, a veces, gente que no sabe nada de nada soltando discursos monumentales, como si pudiera orientarte la vida.

—Esa orfandad no es un problema individual. Estamos condenando a amplísimas capas de la población a la exclusión. Exigirle a un mayor que pida cita en la Seguridad Social o presente la declaración de Hacienda por una aplicación es alucinante.

Alucinante. A mi edad, muchas veces siento que ya no llego. Para determinadas cosas tengo que recurrir a mi pareja, a mi hijo o a mi nieto. Me siento bastante huérfano en ese terreno. Y eso enlaza con ese otro problema: estamos condenando a capas amplísimas de población a la desconexión. Que haya que presentar la declaración de Hacienda por internet, o pedir cita en la Seguridad Social de esa manera, es algo alucinante. Para una persona mayor, esto no es solo un hándicap: es una manera de malvivir. Eso sí que debería tenerse muchísimo más en cuenta de lo que se tiene.

—Otro muro invisible es el rodillo globalizador. Hoy consumimos la misma serie prefabricada en un apartamento de Tokio que en uno de Pontevedra

Hombre, si lo que se globalizara en todo el mundo fuera un buen Ribeiro o un Albariño, me parecería estupendo (risas). Pero la realidad de esa palabra tan pomposa llamada globalización es otra muy distinta. Se impone un turismo que lo arrasa todo a su paso, y se instaura un pensamiento único que es siempre un peligro gravísimo. Un «pensamiento correcto» dictado por ciertos centros que tienen el poder y el dinero, y que se encargan de imponerlo por todas partes.

—Porque lo verdaderamente universal es mi aldea

Sin duda. No se puede ser universal sin ser local. Primero hay que mascar bien lo propio, lo cercano, lo vivido, lo primero: lo que uno ha mamado, lo que ha comido de pequeño, su experiencia más inmediata. Y desde ahí escalar, trascender, hacerse universal. Yo siempre he desconfiado de lo universal vacío. Lo universal tiene que estar lleno de vida concreta, de experiencia propia. Para ser universal, primero hay que ser particular. Eso es fundamental.

—Si tuviera que resumir en una idea la receta de la supervivencia en estos tiempos, ¿cuál sería?

Habría muchas que mencionar, pero si me pides que me quede con una sola, te diré lo que afirmaba Walter Benjamin: la clave es verse a uno mismo sin miedo. Todo empieza desde ahí. No tener miedo al mirarse al espejo, y a partir de ahí, caminar hacia adelante.

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