Cultura popular
El latido rural vuelve a la Boa Vila
Puestos de artesanos, pasacalles, talleres de labranza y un gran ‘serán’ nocturno protagonizarán mañana la Aña Urbana, que regresa a Montero Ríos para demostrar que la raíz de nuestra memoria sabe bailar sobre el cemento.

Bailes en la anterior edición de la Aña Urbana. / GUSTAVO SANTOS
El pavimento de la Gran Vía de Montero Ríos no sabe de siembras ni de cosechas, pero mañana recordará de golpe cómo palpita la tierra. Antes de que el reloj marque el mediodía, el sonido rasgado de las herramientas de labranza y el repique tenaz de las panderetas ya habrán quebrado la acústica habitual de la Boa Vila, donde de nuevo volverá a ser protagonista la madera trabajada y la memoria viva. Es el latido inconfundible de la Aña Urbana, que este 11 de abril alcanzará su duodécima edición convertida en un puente de doble dirección: el que trae el alma de las aldeas al corazón de la ciudad.
¿Cómo es posible que una urbe que olvidó hace años su herencia labriega siga deteniéndose a escuchar los cantos de una siega que ya no realiza? La respuesta la custodia la Asociación Cultural Trépia, empeñada en sacudirnos la prisa para hacernos, como ellos mismos reivindican, guardianes de una herencia que se resiste a las vitrinas y prefiere ser un organismo que camina, respira y, sobre todo, se baila.
La jornada arrancará a mediodía con el despertar de los puestos del Mercado de Artesanía y Oficios Tradicionales. Apenas media hora después, las calles del casco histórico mutarán en arterias por las que fluirá en crudo el sonido de colectivos como Peis d’Hos, Traspés o Celme. Sus roteiros musicales no buscan el aplauso estático; son una marea sonora que arrastrará a los viandantes de vuelta a la gran carpa comunal para la hora del almuerzo.
El puente entre lo que fuimos y lo que somos continuará en la sobremesa. A las cuatro de la tarde, la marioneta de Sonsoles Penadique en el espectáculo O Chintófano de Dorothé suspenderá el tiempo, abriendo ese refugio exacto donde un abuelo y un niño acaban compartiendo el mismo asombro.
Del imaginario de tela y madera los participantes pasarán al esfuerzo físico, al sudor real. A las cinco de la tarde el folclore bajará a las piernas y a las manos con los obradoiros de leghón y baile. Marcelo Dobode y Miguel Sotelo se encargarán de traducir el lenguaje duro de la labranza a ritmos donde el cuerpo es el único instrumento válido. Cuando el aliento empiece a faltar, a las seis, los chavales de la Escola Trépia tomarán el escenario para demostrar de forma empírica que las raíces están bien regadas.
Con todo, el estallido definitivo ocurrirá a partir de las nueve de la noche, cuando el bullicio se congele para rendir tributo a las informantes de Aboal. Mujeres de Mondariz, auténticas enciclopedias de carne y hueso que sostuvieron nuestra cultura en sus gargantas durante décadas en las que nadie parecía querer escuchar.
El concierto de Cantigas e Agarimos recogerá ese testigo emocional justo antes de que, al filo de las once menos cuarto de la noche, estalle el serán. Será de nuevo una gran fiesta colectiva, abierta y sin etiquetas, para celebrar que bajo el asfalto y el cemento de Pontevedra, la tierra sigue pidiendo paso. Y los vecinos de la Boa Vila, afortunadamente, seguimos sabiendo cómo bailarle.
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