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Entrevista | Enrique Banet Presidente de la Fundación Galicia Verde

«La verdadera resistencia empieza en la cesta de la compra»

«Traemos alimentos de fuera bajo el pretexto de que aquí no somos capaces de producir. No interesa que las zonas rurales tengan ventajas»

Enrique Banet, que disertó ayer en la Semana de Filosofía sobre «Soberanía alimentaria e nutrición ayurveda».

Enrique Banet, que disertó ayer en la Semana de Filosofía sobre «Soberanía alimentaria e nutrición ayurveda». / Rafa Vázquez

Pontevedra

El pitido de las cajas registradoras, la luz clínica de los fluorescentes y el aire acondicionado perpetuo marcan hoy el ritmo anestesiado de nuestra supervivencia. En los pasillos del supermercado, rodeados de carros metálicos, despachamos el trámite de la alimentación comprando tomates cultivados a miles de kilómetros, asfixiados en tres capas de plástico, bajo la falsa promesa de ahorrarnos unos céntimos. Lejos de esta desconexión con la tierra, Enrique Banet, presidente de la Fundación Galicia Verde, propuso ayer en la Semana Galega de Filosofía una rebelión que no exige salir a las calles a quemar contenedores, sino mirar con consciencia la cesta de la compra.

—El ciudadano medio oye hablar de nutrición ayurveda, sobra la que diserta en Pontevedra, y se imagina poco menos que un retiro exótico para bolsillos desahogados…

Es un error inmenso al ligar el ayurveda con el alto poder adquisitivo. Es justo lo contrario. Consiste, primero, en conocerse a uno mismo y, en función de la constitución que tienes, aprender a nutrirte. Comer lo adecuado no es caro; de hecho, muchas veces es lo más barato. Lo que ocurre es que esta medicina se ha manipulado intencionadamente para convertirla en un producto elitista, reservado a pequeños grupos.

—Si no se trata de vaciar la cartera en herbolarios exclusivos, ¿dónde reside el puente entre esa filosofía india y nuestra rutina acelerada?

La clave está en entender la diferencia abismal entre consumir alimentos y nutrirse. Nosotros entendemos la alimentación como el simple acto de ingerir comida, pero en el ayurveda la nutrición es la capacidad de transformar lo que asimilamos en nosotros mismos. Y atención: a nosotros nos entran cosas por los cinco sentidos. Nutrirse también es adquirir cultura, respirar aire puro, disfrutar del contacto humano. A través de todo eso nos alimentamos. No es una cuestión de precio, es una actitud vital.

—Sin embargo, la realidad es que vamos al supermercado con prisas y compramos ese producto envuelto en plástico porque sale unos céntimos más barato. ¿Hemos claudicado ante la comodidad de la agroindustria?

Esa es una de las grandes manipulaciones a las que estamos sometidos. Cuando compras en las grandes superficies te llevas productos que, por su sistema de producción, generan mayor cantidad, pero nutren muchísimo menos. Faltan análisis cualitativos porque a la industria no le interesan. A la larga, es más caro un producto barato que te desnutre, porque necesitas consumir más cantidad para obtener los mismos requerimientos. Y ojo también con lo orgánico.

—¿Se ha pervertido también la etiqueta de lo ecológico?

Con demasiada frecuencia se utiliza el término ecológico erróneamente, y yo diría que en la mayoría de los casos intencionadamente. El Ministerio de Agricultura define el producto ecológico como aquel cultivado sin sustancias de síntesis. Pero dejan fuera una parte vital: la semilla. Y la semilla es muy importante. Si usamos semillas tradicionales, tienen más micronutrientes y entran más asimilables. Sin embargo, si utilizamos semillas híbridas, que son las que se están utilizando en la agricultura ecológica en más del 71 por ciento, tienen menos nutrientes. Tienen la adaptación, sí, lo puedes cultivar ecológicamente, ¿pero a partir de qué semillas?

—En esta Semana Galega de Filosofía se ha diseccionado el acto de alimentarnos. Hace un par de generaciones, el ciclo era evidente: se plantaba, se criaba y se comía. ¿Qué se ha roto dentro de nosotros para que necesitemos que un experto nos recuerde de dónde viene lo que nos mantiene vivos?

Se ha roto algo muy sencillo: nos hemos olvidado de que controlar la alimentación es un poder. De ahí viene el problema y nuestra alienación moderna. No estamos viendo, por ejemplo, lo que se está haciendo en Gaza, cómo se mata a la gente de hambre. Podemos prescindir de un coche, de una casa, de muchas cosas, pero de comer y de beber no. Controlar eso es un poder incontrolable sobre la humanidad. De hecho, fíjese en la historia que nos están vendiendo las grandes superficies: traemos alimentos de fuera bajo el pretexto de que aquí no somos capaces de producir. No interesa que las zonas rurales tengan ventajas.

—Entiendo entonces que defender la soberanía alimentaria no es solo un modelo agrícola, sino un acto puro de resistencia.

Y diría que de resiliencia, la verdadera resistencia empieza en la cesta de la compra. Lo estamos viendo ahora mismo: hay un conflicto en el estrecho de Ormuz y automáticamente nos sube la cesta de la compra. Es un contrasentido. Si yo consumo productos de proximidad, generados directamente de la planta a mi mesa, no solo obtengo mejor calidad sin necesidad de cámaras frigoríficas, sino que genero riqueza en mi entorno. La soberanía alimentaria reparte el dinero, impide el monopolio y da vida a las zonas rurales. Hablamos mucho de luchar contra el cambio climático, pero la propia FAO nos alerta de que cada tres segundos, debido a la agroquímica, se esteriliza irreversiblemente una superficie de tierra equivalente a un campo de fútbol.

—Ese modelo de concentración alcanza su máxima expresión en las macrogranjas…

Son una auténtica aberración. Confinar al ganado obliga a medicarlo constantemente, lo que genera una cantidad enorme de residuos y contaminación que luego hay que gestionar. Es la materialización perfecta de lo que hablábamos: concentrar el poder de la alimentación en unas pocas manos. Frente a esto, la ganadería extensiva previene incendios forestales, incentiva el rural y diversifica la economía. Pero el objetivo de la industria es otro. El siguiente paso ya lo estamos viendo: las macrogranjas de insectos. Nos lo venderán como la gran solución para alimentar a las masas. Al final, se trata de crear una gran fábrica para dar de comer a toda la población. Y toda fábrica, no lo olvidemos, tiene un solo dueño y un único beneficiario. Diversificar la producción es repartir la riqueza.

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