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Entrevista | Teresa Aranguren Experta en información del mundo árabe

«Europa va a pagar una factura moral altísima por consentir el genocidio en Gaza»

La periodista desentraña en la Semana de Filosofía la maquinaria del exterminio palestino

Teresa Aranguren Amézola.

Teresa Aranguren Amézola. / Rafa Vázquez

Pontevedra

El sonido del cristal contra la mesa rompe por un instante la pesadez del ambiente. María Teresa Aranguren Amézola pide un trago de agua, casi como un peaje físico antes de verbalizar la asfixia ajena. La veterana corresponsal, que ha pisado el polvo y la pólvora de Oriente Próximo durante décadas, trajo a la Semana Galega de Filosofía una ponencia cruda, desprovista de anestesia: «El hambre como arma de guerra: el caso de Gaza».

En su voz no hay conceptos abstractos de manual, sino la memoria implacable de quien sabe que el borrado de un pueblo se diseña en los despachos, con traje y corbata, mucho antes de que suenen las primeras sirenas.

—Ha documentado cómo la aniquilación de un pueblo se cocina antes de que caiga el primer proyectil, mientras seguimos leyendo en medios internacionales eufemismos como «fallecimientos en enfrentamientos» o «crisis humanitaria». ¿Hasta qué punto los grandes medios actúan como el primer pelotón de fusilamiento en este exterminio?

—No sé si son los grandes medios, pero antes de que caiga el primer misil se desencadena el escenario mediático. Lo vimos muy claro antes de los bombardeos sobre Yugoslavia o en la Primera Guerra de Irak del 91. Siempre se intenta justificar la guerra ante la opinión pública. En época medieval se hacían en el nombre de Dios; ahora se hacen en nombre de la opinión pública. En Yugoslavia tuvieron mucho éxito para justificar una agresión contra un país soberano sin ningún aval de Naciones Unidas. En la invasión de Irak del 2003, la opinión pública estaba en contra y Europa se dividió, pero la decisión ya estaba tomada al margen de la gente. Ahora mismo, creo que estamos en un grado en el que ya ni siquiera hace falta justificar nada. Como tengo el poder —ese es el estilo de Trump—, actúo porque no tengo enfrente a nadie que me lo impida.

—Esa maquinaria bélica necesita logística. ¿Cómo se articula desde la burocracia la matanza sistemática que condena a miles de familias a buscar pienso de pájaros para poder amasar algo parecido al pan?

—Antes de condenar a todo un pueblo al hambre, a la destrucción o a la extinción, tienes que demonizarlo y eliminarlo mentalmente. En todas estas operaciones siempre hay primero una campaña que justifica la mayor atrocidad, como el genocidio en Gaza, basándose en que el otro no cuenta, en que no tiene la misma categoría humana que nosotros. Es lo clásico del pensamiento colonial. En Occidente ya no tenemos colonias, pero mantenemos intactos esa política y ese pensamiento. En el caso de la población palestina, ha habido una larga campaña en la sociedad israelí para deshumanizarlos. Lo han dicho altos funcionarios y ministros: «Son animales y tenemos que tratarlos como animales». Y si no son humanos, no tienen derechos. Hace unos años, bombardear un hospital en Belgrado requería la excusa de un trágico error; ahora han bombardeado todos los hospitales de Gaza y no hay ninguna justificación. Los aplastan como a una cucaracha, una palabra que también ha usado algún dirigente israelí.

—Resulta sobrecogedor asimilar este horror en tiempo real. Vemos a los padres llevar a sus hijos en sudarios en la misma pantalla en la que consumimos redes sociales. ¿Es este el resorte que se ha quebrado en Occidente, el que convierte un genocidio en una asimilación cínica por pura sobreexposición?

—Todo es un proceso, nada pasa de la noche a la mañana. Pero creo que en Occidente hemos afianzado fuertemente los mecanismos del supremacismo. Bajo ese prisma, los otros pueblos, como el palestino, no cuentan, no tienen derechos y podemos hacer con ellos lo que queramos. Si son un obstáculo para nuestros intereses como potencia hegemónica, ¿qué se hace con los obstáculos? Se eliminan. Para desgracia del pueblo palestino, que lleva más de un siglo siendo un obstáculo para los intereses coloniales, la respuesta es el aplastamiento decretado desde despachos occidentales.

Han muerto más periodistas en Gaza que en todas las guerras desde que hay registros

—Habla de un genocidio consentido. ¿Quiénes son los arquitectos que, por acción u omisión, están firmando la autorización para que la sed y el hambre funcionen como armas de destrucción masiva?

—La primera responsabilidad recae sobre los dirigentes israelíes y estadounidenses, que son quienes lo están llevando a cabo. Pero el papel de los dirigentes europeos ha sido vergonzoso e insensato. Su actitud actúa en contra de los propios intereses de Europa. Oriente Próximo es nuestro vecino, no el de Estados Unidos. Y las catástrofes a las que condenas a una parte del mundo son, por definición, expansivas. Miremos al Líbano ahora mismo, siendo invadido y destruido ante los ojos del mundo sin ninguna reacción europea. Siempre pensamos que Europa tenía en sus señas de identidad el respeto al derecho internacional y a las normas que frenan la barbarie, pero hoy asistimos a la desaparición de toda norma. Europa va a pagar una factura moral altísima por consentir el genocidio. No hay que olvidar que Gran Bretaña, y en menor medida Francia, son los principales responsables históricos de la atrocidad cometida con los palestinos en los años 40. Se ha perdido toda credibilidad. ¿Con qué cara va a ir Europa ahora a exigir a ningún país que cumpla los derechos humanos?

Frente al inmenso poderío militar israelí y la hegemonía de Estados Unidos, los palestinos sostienen unas redes de cohesión social interna que en Occidente somos incapaces de concebir. Pese al estrangulamiento atroz, nunca he visto a niños abandonados a su suerte en las calles

—En medio de ese colapso, la verdad tiene un precio de sangre. Más de 200 periodistas palestinos han sido masacrados...

—Han sido asesinados, hay que decirlo así. Y muchas veces no por bombardeos indiscriminados, sino apuntando directamente al domicilio del periodista, matándolo junto a toda su familia. Han muerto más periodistas en Gaza que en todas las guerras desde que hay registros. Israel impide la entrada de prensa occidental porque matar a un periodista francés, alemán o inglés te crea un problema diplomático, pero a los periodistas palestinos puedes matarlos impunemente. Esto demuestra el empeño heroico y la valentía total de esos profesionales para que el mundo conozca lo que pasa. En 2002, cuando el ejército israelí invadió Cisjordania, cerraron los territorios. Yo hablaba por teléfono con familias en Ramala y me contaban cómo los francotiradores disparaban a chicos que se desangraban en la calle, pero no teníamos imágenes. Hoy, gracias a la valentía de los periodistas palestinos y al avance tecnológico, hemos visto el horror de Gaza. El móvil ya no es un aparatito para hablar, es mucho más. Han intentado silenciar las conexiones a internet, pero de momento no lo han conseguido.

—Los datos invitan al derrotismo absoluto. ¿Cómo cree que acabará todo esto?

—Me resulta muy difícil hacer un pronóstico y sé que transmito una sensación terrible, casi de desesperanza, pero no lo es. La historia es larga y hay algo que conozco bien de la sociedad palestina: tienen una capacidad de resistencia asombrosa. Desde nuestra arrogancia occidental pensamos que se les puede machacar y que no tienen capacidad de respuesta. Pero sí la tienen: la primera de ellas es no dejarse destruir del todo. Frente al inmenso poderío militar israelí y la hegemonía de Estados Unidos, los palestinos sostienen unas redes de cohesión social interna que en Occidente somos incapaces de concebir. Pese al estrangulamiento atroz, yo nunca he visto a niños abandonados a su suerte en las calles de Palestina. Si destruyen tu casa, vas a la de los primos; si cae esa, te recogen los vecinos. No hay gente abandonada. Esa red de apoyo es precisamente uno de los objetivos que la estrategia de ocupación ha querido destruir; por eso levantaron muros, para separar a palestinos de palestinos. Así que creo que, mientras ellos aguanten allí, en Occidente no tenemos ningún derecho a decir: «Esto es imposible, me quedo en casa porque no hay nada que hacer».

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