Semana Santa
Una tradición de raíz medieval rehecha por el tiempo
Pontevedra llega a 2026 con una celebración más antigua de lo que durante años se creyó, marcada por una paradoja poco frecuente: una tradición medieval que no avanzó en línea recta, sino que se perdió en parte, se rehízo en el siglo XX y hoy vuelve a ocupar cada primavera las mismas piedras del casco histórico

El coro del instituto interpretando un motete en una procesión en 1958. | MUSEO DE PONTEVEDRA / GRAÑA
La Semana Santa pontevedresa apura este domingo su cierre tras una semana en la que la ciudad volvió a echarse a la calle con diez procesiones repartidas entre el 29 de marzo y el 5 de abril. No ha sido solo la activación de uno de sus calendarios religiosos más reconocibles; ha sido también, en cierto modo, la reedición de una historia de larga duración, en la que conviven referencias medievales, siglos de transformaciones y una decisiva reconstrucción contemporánea. El programa de 2026 confirma, una vez más, la capacidad de esta celebración para seguir ocupando cada primavera el corazón histórico de la ciudad.
Durante mucho tiempo, las referencias divulgativas situaron el origen de la Semana Santa de Pontevedra en la Baja Edad Media, pero las investigaciones recientes han permitido fijar una referencia más precisa: el 2 de abril de 1351, un Domingo de Ramos en el que los dominicos organizaron una procesión de palmas en la ciudad. Más que un dato erudito, esa mención confirma que Pontevedra hunde en época medieval la raíz de una de sus celebraciones religiosas más reconocibles. La Semana Santa actual no es una réplica intacta de aquella, pero sí la heredera de una tradición que ya estaba viva hace casi siete siglos.
La clave para entender esa continuidad está también en la propia ciudad. La Semana Santa actual sigue apoyándose en el casco histórico y en un mapa de templos y plazas que continúa ordenando buena parte de la memoria pontevedresa. La basílica de Santa María, San Bartolomé, San José o A Ferrería siguen siendo espacios esenciales del programa penitencial, aunque hayan cambiado los recorridos, las cofradías o el ceremonial concreto. Lo que permanece es la relación entre rito y ciudad, entre los pasos y unas calles que forman parte inseparable de la identidad de estas celebraciones.

Mujeres con mantilla en Santa María en 1957. / MUSEO DE PONTEVEDRA / RAFA
Pero la historia de la Semana Santa de Pontevedra no es la de una continuidad intacta. Las antiguas celebraciones fueron debilitándose hasta que, desde 1934, solo pervivió la procesión del Santo Entierro, mientras el resto del viejo ceremonial desaparecía de forma progresiva. Ese dato resulta clave para entender el presente: la ciudad no ha conservado una liturgia inmutable durante siglos, sino que ha atravesado etapas de auge, decadencia y casi desaparición antes de su recuperación en el siglo XX.
El gran giro llegó tras la Semana Santa de 1948. Fue entonces cuando el sacerdote y artista pontevedrés Luis Pintos Fonseca impulsó la restauración de las antiguas celebraciones, una iniciativa que cristalizó en 1949 con la vuelta de la Semana Santa a la calle, la reorganización de la Cofradía de la Vera-Cruz y Misericordia y el nacimiento de la de Nuestro Padre Jesús con la Cruz a Cuestas. Aquel mismo proceso obligó a articular un órgano de coordinación común, la Junta Coordinadora de las Cofradías Penitenciales, que desde entonces ha asumido la organización conjunta de las celebraciones.
La llamada Semana Santa moderna de Pontevedra se consolidó muy pronto. En 1952 se fundaron dos nuevas cofradías, la de Nuestro Padre Jesús del Silencio y la del Espíritu Santo, y en 1955 nació la de Nuestra Madre del Mayor Dolor, la primera integrada exclusivamente por mujeres. Ese mismo año comenzó también a participar en las procesiones el Gremio de Mareantes, cuya vinculación con la tradición religiosa pontevedresa está ligada, entre otras expresiones, a la Cofradía do Corpo Santo, fundada en 1924 junto con la parroquia de Santa María la Mayor. Muchas de las imágenes, hábitos y escenas que hoy parecen de siempre pertenecen, en realidad, a esa reconstrucción de mediados del siglo XX que acabó convirtiéndose en tradición.

Paso de la flagelación en una procesión de 1961. / MUSEO DE PONTEVEDRA / RAFA
Sin embargo, el hilo de la historia no se cortó del todo. Un buen ejemplo es el paso de la Santa Cena, fechado en 1693, una de las tallas más antiguas vinculadas a la Semana Santa de Pontevedra. En una celebración rehecha varias veces, estas piezas antiguas funcionan como un puente material entre épocas distintas: no sostienen por sí solas una continuidad lineal de casi siete siglos, pero sí recuerdan que bajo la Semana Santa contemporánea siguen latiendo capas mucho más viejas.
También por eso la historia de la Semana Santa de Pontevedra resulta menos lineal de lo que a veces sugieren las fórmulas conmemorativas. Su fuerza no está en haber llegado intacta desde la Edad Media, sino en haber conservado un poso antiguo a través de siglos de cambios, interrupciones y reconstrucciones. Hay en ella una memoria medieval, una decadencia prolongada y una refundación moderna que terminó por fijar la imagen con la que hoy se identifica la ciudad.
Pocas tradiciones explican tan bien esa mezcla de persistencia y transformación. La Semana Santa pontevedresa no es una reliquia inmóvil, sino una construcción histórica rehecha una y otra vez sobre el mismo escenario urbano. Quizá ahí resida su singularidad, en seguir ocupando cada primavera las calles del casco histórico con una forma de celebración que cambió con el tiempo, pero que nunca llegó a perder del todo su raíz.

Imagen de la oración en los Olivos de 1961. / MUSEO DE PONTEVEDRA / RAFA
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