Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

«A veces, lo realmente sanador es no perdonar a quien te lastimó»

Marta Martínez Novoa, que presentó en la librería Espazo Lector Nobel su nueva obra.

Marta Martínez Novoa, que presentó en la librería Espazo Lector Nobel su nueva obra. / Rafa Vázquez

Pontevedra

Tras diseccionar el amor saludable o el síndrome de la niña buena, ahora pone el foco en el núcleo duro de la sociedad. ¿Qué urgencia la empujó a abrir esta caja de Pandora estructural que a todos nos atraviesa?

Es la primera referencia que tenemos al aterrizar en el mundo. Todos procedemos de una familia y, de un modo u otro, terminamos construyendo una. No hacía falta venir de un entorno de violencia explícita o psicopatía para sufrir el daño; me daba cuenta de que en la inmensa mayoría de los hogares, en esa escala de grises cotidiana, suceden dinámicas que nos condicionan de por vida. Dictan nuestra forma de ser, de relacionarnos y de gestionar nuestras emociones. Era vital poner palabras a esa herencia silenciosa.

Sostiene en su obra que las familias perfectas no están habitadas por seres de luz, sino por personas de carne, hueso y fallas. ¿En qué momento exacto el amor filial muta en una lealtad asfixiante que nos condena a heredar los silencios y terrores de nuestros padres?

Lo descubrimos con el tiempo, al salir de casa y empezar a vincularnos con el exterior. La clave absoluta está en escuchar al cuerpo. Cuando sientes una tensión física, un nudo en la garganta al estar con un familiar concreto o al verte obligado a cumplir con algo que en casa siempre se etiquetó como «lo correcto», salta la alarma. Es ahí donde toca cuestionar lo que siempre se dio por sentado. Suena fácil en la teoría, pero sostener esa disonancia en el momento es tremendamente difícil.

Llegamos a la edad adulta y, de pronto, dudamos al aceptar un ascenso o levantamos muros frente a nuestra pareja. ¿Cómo se desenmascara en la cotidianidad esa red de falsa seguridad tejida en la infancia?

En la consulta lo veo a diario. Alguien repite como un mantra: «no te fíes de nadie» y, en consecuencia, evita comprometerse. O se autoboicotea en lo laboral bajo la premisa de que «no vale la pena arriesgar». Ante eso, siempre lanzo la misma pregunta que hace de espejo: ¿esa voz es verdaderamente tuya o ya la escuchabas en casa? Ese interrogante, en apariencia simple, te obliga a poner la creencia en cuarentena para saber si, a día de hoy, realmente te protege o te está cortando las alas.

No hacía falta venir de un entorno de violencia explícita o psicopatía para sufrir el daño; me daba cuenta de que en la inmensa mayoría de los hogares, en esa escala de grises cotidiana, suceden dinámicas que nos condicionan de por vida

Insiste en no buscar culpables, asumiendo que nuestros padres hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Sin embargo, para muchos la herida sigue escociendo. ¿Cómo se desactiva el rencor hacia quienes nos lastimaron sin ninguna mala intención?

El rencor, como cualquier otra emoción, tiene una función de supervivencia: nos avisa de que hemos sufrido un daño. Se nos ha repetido hasta la saciedad que para limpiar ese resentimiento hay que perdonar, pero yo sostengo lo contrario. Perdonar es liberador solo cuando nace de forma orgánica y natural. Si la otra persona no reconoce el daño, no se disculpa o no hace el más mínimo intento por reparar, forzar la redención es una trampa. A veces, lo verdaderamente sanador es no perdonar, legitimar la herida y darle espacio a tu dolor. Curiosamente, aceptar eso es lo que evita que nos pudramos en el resentimiento.

A su consulta llega gente agotada de sostener el personaje asignado: la cuidadora abnegada, el rebelde, el mediador perfecto. ¿De qué hilo tira primero para descoser esa identidad postiza asumiendo el riesgo de que el ecosistema familiar salte por los aires?

A veces es inevitable que el sistema salte por los aires; es la onda expansiva lógica de empezar a poner límites. Pero nunca lo hacemos todo de golpe. Empezamos explorando qué patrones repite esa persona en todas las esferas de su vida, no solo en la mesa de sus padres, sino con su pareja o sus jefes. Si alguien asume siempre el rol de cuidadora, analizamos qué beneficios le reporta —como sentirse válida a través de la dependencia ajena— y, sobre todo, qué le está restando. El coste suele ser el agotamiento crónico y la invisibilidad total de sus propias necesidades. Empezamos a descoser tirando de ahí.

Antes de educar a una criatura, es imperativo sentarnos a detectar qué patrones nocivos estamos arrastrando

Antes de traer hijos al mundo y perpetuar inercias, ¿debería de ser un imperativo sentarse a revisar las propias cicatrices?

Indudablemente. La literatura clínica ha hablado mucho de entornos narcisistas, pero la realidad de casi todos está en los grises. Hablamos de familias que heredan de sus antepasados formas disfuncionales de estar en el mundo y las replican en piloto automático simplemente porque no conocen otro lenguaje. Antes de educar a una criatura, es imperativo sentarnos a detectar qué patrones nocivos estamos arrastrando.

Pero la inmensa mayoría cría a contrarreloj. ¿Es viable construir una «familia refugio» para la siguiente generación cuando los cimientos de nuestro propio andamiaje emocional todavía tiemblan?

Es un reto mayúsculo. Y lo primero es entender que una «familia refugio» no es una estampa de anuncio perfecta. Es un hogar que intenta validar emocionalmente a los suyos, pero que asume sus enormes limitaciones. No solo arrastramos nuestro equipaje, sino que chocamos de frente contra la vida moderna: jornadas laborales extenuantes de diez horas y madrugones en el transporte público que no dejan margen para la calma. El primer paso es ajustar las expectativas, olvidarnos de la perfección utópica y tratar de ser un poco más empáticos de lo que fueron con nosotros.

El dogma social aprieta con sentencias como «al fin y al cabo, es tu madre», o vemos a padres aguantando desplantes de hijos hasta la extenuación. ¿En qué momento la única forma de ejercer como un adulto libre pasa por la herejía de cortar el vínculo de raíz?

No existen leyes universales, pero hay una línea roja incuestionable: la ausencia de reparación. Si le expresas a un pariente cercano que te está haciendo daño, le marcas tus límites, le sugieres terapia o diálogo, y esa persona ignora todo, ni cambia ni respeta las barreras sabiendo que te lastima... mantener esa dinámica te destruye. Cortar con la familia biológica sigue estando terriblemente estigmatizado. Si una pareja o un amigo te hunde, el entorno te anima a marcharte; con la sangre, en cambio, se exige el aguante infinito. Visibilizar que la ruptura total es una opción real y de pura supervivencia es imprescindible.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents