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Un incentivo a las compras en los pequeños establecimientos

La rápida carrera del Bono Comercio

Las tiendas locales exprimen cada año en apenas tres días los descuentos de la Xunta mientras ayudan a muchos vecinos a sortear la brecha digital

Con cerca de seis décadas de actividad, la Zapatillería Mora es una de las tiendas adscritas al Bono Comercio.

Con cerca de seis décadas de actividad, la Zapatillería Mora es una de las tiendas adscritas al Bono Comercio. / Rafa Vázquez

Pontevedra

El sonido del tráfico y de las conversaciones de los viandantes entra a ráfagas cada vez que se abre la puerta de cristal. Dentro huele al cartón de los desembalajes y a ese papel nuevo que espera para envolver los pedidos. Son días en los que el pequeño comercio, ese que sostiene el andamiaje invisible de los barrios, respira a un ritmo distinto. En estas semanas de valle, donde la cuesta del mes impone su ley y los escaparates ven pasar a la gente a paso ligero, el Bono Comercio que acaba de anunciar la Xunta actúa como un resorte digital sacude la modorra de las cajas registradoras. A pie de acera, los comerciantes constatan que en la mayoría de las entradas es una carrera contrarreloj que dura menos de 72 horas y que transforma los mostradores, llenándolos de renovada actividad.

Cada cliente se descarga en el móvil un código QR que funciona como un monedero virtual con 30 euros de saldo. A la hora de pasar por caja, si el tique oscila entre los 20 y los 30 euros, la factura mengua en 5; si la cuenta se acerca a los 50, el descuento salta a 10 euros; y para cualquier compra que supere esa cifra, el comprador se ahorra 15 euros. Cuando el presupuesto global de la campaña se agota, los bonos no canjeados caducan, lo que explica por qué el público se apura a agotar cuanto antes el bono.

Silvia Magariños conoce al dedillo esta coreografía rápida. Tras el mostrador de Kensingtton Street, una tienda de moda que lleva «doce o trece años» cosiendo su historia a la de sus vecinos desde la esquina de las calles Joaquín Costa y Sagasta, los días del bono se viven con la intensidad de un estreno. «Funciona muy bien, la verdad, tanto para los clientes, para los que es una buena ayuda, como para nosotros, que incentiva la venta» en un periodo entre temporadas, constata.

Silvia Magariños, en la tienda de moda Kensingtton Street.

Silvia Magariños, en la tienda de moda Kensingtton Street. / Rafa Vázquez

También refiere la velocidad a la que se consume el saldo: «Tres días. Tres días, la última vez dos y medio», repite, calculando el tiempo exacto que tarda en volatilizarse el presupuesto. En su local, la atención trasciende la pura compra. Silvia y su equipo se convierten a menudo en traductoras de la brecha digital. Si el cliente duda ante la pantalla de su teléfono o desconoce la campaña, ellas intervienen: «Mira, ¿no tienes el bono? Nosotras ayudamos a descargarlo». Es la radiografía del trato cercano, donde se constata que el cliente en este caso no busca un detalle para terceros, sino un autorregalo en toda regla: «Lo utilizan para comprarse un vestido, una camisa, lo utilizan para ellos, más que para regalar».

El cliente saca cuentas, visualiza el descuento en la pantalla y, casi siempre, decide dar un paso más en su compra

Esa misma cercanía, pero forjada a lo largo de seis décadas, es la que sostiene los cimientos de la Zapatería Mora. Al cruzar el umbral de esta tienda de las galerías Oliva, uno pisa historia viva del comercio local. Carlos, la tercera generación al frente del negocio familiar, asiente ante el mostrador rodeado de cajas. «Es un incentivo que anima a la gente a comprar», resume. Desde que el Bono Comercio arrancó hace años, no han fallado a ninguna convocatoria.

Por lo que respecta a la clientela, en su local conviven perfiles de todas las edades, «desde chavales jóvenes a padres y personas mayores», todos atraídos por el mismo imán. El bono aquí funciona como un resorte perfecto para subir la apuesta en calidad o llevarse ese par extra. El cliente saca cuentas, visualiza el descuento y, casi siempre, decide dar un paso más. «Depende de lo que salga en la cuenta, lo incrementan con el bono. Suelen aprovecharse para comprar algo un poquito más», relata Carlos, rodeado de ese calzado cómodo, zapatillas de lona o de estar por casa, que sigue siendo insustituible.

Seijas cuenta con una clientela militante.

Seijas cuenta con una clientela militante. / Rafa Vázquez

Y si el calzado viste el paso de los vecinos, los libros amueblan sus cabezas. A unas calles de allí, en la Librería Seijas, el tiempo se mide de otra forma tras 45 años de oficio ininterrumpido. Alba Blanco vigila un ecosistema particular donde las reglas del mercado chocan de frente con la norma. «Los libros están protegidos por ley, entonces tienen siempre un precio fijo», explica. Por eso, cuando el bono asoma por el barrio, la librería entra en ebullición y los descuentos desaparecen «a veces en dos días, a veces en uno y medio», refiere.

Los asiduos de los clubes de lectura aprovechan para hacerse con su lista de libros pendientes

La clientela de Seijas es militante, lectores asiduos de los clubes de lectura que pisan el local cada semana. «Para nosotros es una forma de premiar a la clientela y ayudarla a que pueda leer todo lo que quiera», reconoce Alba. Para estos devoradores de páginas, el código QR en la pantalla del móvil es el salvoconducto perfecto para ejecutar su plan maestro: «Aprovechan para vaciar esa lista de pendientes que tienen de todos los libros», de los suplementos culturales, las cosas que van escuchando y aprovechan para hacerse la limpia de libros pendientes.

Pantallas que escanean, bolsas que cambian de manos y mostradores que, durante un par de días frenéticos, volverán a demostrar que el comercio local a mayores de despachar artículos sostiene el pulso vivo de la calle.

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