Arte contemporáneo
El arte de la madera salada
Maderas castigadas por las mareas y metales oxidados componen «O camiño das bateas», la nueva exposición de Kike Ortega en la sede de Policarpo Sanz de Afundación en Vigo. El creador rescata desechos industriales de las rías gallegas para esculpir un homenaje íntimo a nuestra historia, donde el mar y la tierra dialogan sin artificios

Kike Ortega, en la exposición «O camiño das bateas», que puede visitarse hasta el 10 de abril. / FdV
El olor a salitre no es un invitado habitual en las salas de exposiciones. Pero al cruzar las puertas de la sede de Afundación, en la viguesa calle de Policarpo Sanz, lo que recibe al visitante evoca al aliento áspero de la ría. Madera castigada por temporales incontables, metales que sangran largas lágrimas de herrumbre y tablones que guardan en sus vetas la memoria del agua conforman el esqueleto de «O camiño das bateas».
Detrás de esta amalgama de desechos industriales respira el trabajo del artista pontevedrés Kike Ortega, un creador empeñado en revisitar la historia de Galicia a partir de los restos que escupe el mar.
«A mí me gusta dejar hablar con sinceridad a los materiales y aprovechar a ver donde los demás no ven nada», confiesa Ortega. La batea, ese entramado monumental que corona a Galicia como líder en la producción de mejillón, es la protagonista absoluta.
El artista apenas interviene el tablón original; su trabajo es un ejercicio de contención extrema. Juega con su peso visual y aplica cortes de precisión únicamente para asentar una base. «Las elijo, juego con ellas y lo único que hago es cortarlas... pero nunca toco la batea», asevera.

Pieza dedicada al paisaje de la Ribeira Sacra. / FdV
Ese respeto hunde sus raíces en su formación arquitectónica, si bien ahora los planos y las mediciones claudican ante la intuición. «La clave aquí era no hacer maquetas, que la obra quedase muy escultórica», explica. El proceso es un ejercicio de rescate diario donde el material debe interpelarlo, ya sea por el color, la textura o el movimiento de un trozo de metal.
Kike Ortega: Ortega: «Me gusta dejar hablar con sinceridad a los materiales y aprovechar a ver donde los demás no ven nada»
Así, en la sala figuran obras donde los lienzos son desterrados en favor de maderas industriales o tableros teñidos de un azul intenso que es, en sus propias palabras, «un color que en cuanto lo ves dices, ‘más Galicia no puede ser, más nuestra bandera no puede ser’». En su taller transforma un bidón rescatado del monte en un bodegón sin una sola gota de pintura, o engarza una cuña encontrada bajo una puerta en el madrileño parque del Retiro con un cenicero comprado en El Rastro.

Obra que homenajea al Concello de Lugo. / FdV
También se utiliza la batea, un símbolo marítimo, para obligarnos a mirar tierra adentro. El autor la reivindica como un invento sostenible, pero a través de la madera salada recrea también la monumentalidad pétrea de la Ribeira Sacra o la configuración urbana de Lugo. Busca recordar de este modo que nuestro patrimonio también es «un potente barroco civil y una colección de ruinas», como las Torres de Catoira, que bajo el cincel del clima se convierten en pura poesía. Incluso redibuja la ruta jacobea, contraponiendo Fisterra y Muxía: «Mientras el peregrino que llega a Fisterra grita, el que llega a Muxía susurra», explica.
En tiempos donde la sostenibilidad parece vaciarse de significado más allá del uso comercial, Ortega insiste en que el arte debe generar preguntas. Cuestiones que invitan a rastrear los orígenes del artista en el taller de su madre, la recordada pintora Carmen Domínguez. Fue ella quien lo empujó a empaparse de arte contemporáneo sin prejuicios. Esa educación visual y matérica impregna hoy cada corte de esta exposición. Ortega sonríe al imaginarla pasear por la sala: «Ella disfrutaría, esta exposición me la aprobaría».
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