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Entrevista | Javier Crespo Especialista en patología hepática metabólica, director científico de Cohorte Cantabria

«El hígado es mudo, no espere a tener síntomas porque será tarde»

Los fármacos para adelgazar «se han demonizado de forma inadecuada y, a veces, interesada... Son una buena herramienta para quienes ya está enfermos»

Javier Crespo García, este martes en el Hospital Montecelo.

Javier Crespo García, este martes en el Hospital Montecelo. / Rafa Vázquez

Pontevedra

El hígado no duele, y esa es precisamente su mayor trampa. No avisa con pinchazos ni corta la respiración. Cuando este laboratorio químico del cuerpo humano se queja, casi siempre es demasiado tarde. En la consulta de Javier Crespo, uno de los especialistas en aparato digestivo más destacados de España, la tragedia ya no solo entra oliendo a alcohol, como sucedía hace años, sino disfrazada de sedentarismo, de ultraprocesados consumidos a toda prisa y de cinturones que ceden año tras año.

Este martes, el profesional desgranó esta epidemia silenciosa en una nueva jornada del ciclo «Pontevedra, quen pasa? 6 expertos en saúde, 6 meses», que impulsa el servicio de Aparello Dixestivo del CHOP; con una sesión doble, para profesionales y abierta a la ciudadanía.

—El hígado es un órgano mudo que ya no enferma solo por el alcohol, sino por el sedentarismo y la comida rápida. ¿En qué momento exacto de nuestra rutina empezamos a firmar su sentencia metabólica?

El primer concepto que tiene que aprender el público es ese: el hígado es un órgano silente, mudo. Prácticamente no expresa un síntoma hasta las fases avanzadas de la enfermedad. No espere a tener síntomas hepáticos porque entonces será tarde. ¿Cuándo empieza a enfermar? Ya sea por grasa o por alcohol —que son las formas más comunes—, empieza a enfermar desde el momento cero; es decir, desde que tenemos una exposición inadecuada a energía, a grasa o al alcohol. Lo que pasa es que tiene una enorme tolerancia y atraviesa fases muy largas en las que la grasa se va acumulando sin prácticamente causar daño evidente. Con el alcohol el daño es más rápido, pero con la grasa este periodo silente puede durar décadas hasta que aparece una enfermedad avanzada. Lo razonable es detectarlo antes de que pasen todos esos años.

—Dirige la Cohorte Cantabria. ¿Qué es este proyecto?

Una cohorte es, en un concepto muy sencillo, un grupo de personas que comparten alguna característica. En este caso, comparten dos: tener entre 40 y 70 años y residir en Cantabria. Es una plataforma de investigación multipropósito en la que hemos conseguido reclutar a 51.000 personas de la población general (ni sanas ni enfermas, hay de todo) que voluntariamente nos han cedido muestras de sangre, suero, plasma y sus datos clínicos. Sobre esta base podemos plantear preguntas de investigación de todo tipo a nivel universal.

Sabiendo que la obesidad y la esteatosis hepática metabólica afectan a casi un tercio de la sociedad occidental, las herramientas que los servicios de salud pública han puesto a nuestra disposición no son suficientes

—Tiene en sus manos la radiografía en tiempo real de cómo enferma una sociedad entera. Al cruzar los datos de esta población, ¿cuál es la verdad más incómoda que ha revelado este inmenso escáner sobre nuestro futuro?

Hay varias verdades incómodas. La primera, y la más visible, es que cada vez hay más personas que viven con obesidad en nuestra sociedad. La obesidad es una enfermedad crónica, multifactorial, sistémica, con una inflamación de bajo grado asociada que, además de producir trastornos graves por sí misma, se asocia a más de 200 enfermedades. La segunda verdad incómoda es que conocemos los factores que llevan a este trastorno —lo que llamamos determinantes sociales o comerciales de la salud— y podríamos evitarlos. Sabemos que los alimentos ultraprocesados y el alcohol son inadecuados, pero no hacemos casi nada por evitarlo. Y el tercer aspecto es que, sabiendo que la obesidad y la esteatosis hepática metabólica afectan a casi un tercio de la sociedad occidental, las herramientas que los servicios de salud pública han puesto a nuestra disposición no son suficientes.

—Llenar la nevera con pescado fresco o verduras de temporada parece hoy un artículo de lujo para muchas familias, mientras que el pasillo de los ultraprocesados ofrece calorías baratas y rápidas. ¿Hasta qué punto el hígado graso se ha convertido en una enfermedad de clase? Es un problema médico y, claramente, un problema social.

No tenemos duda de que es una enfermedad más prevalente en las clases sociales más vulnerables, asociada a menos ingresos económicos y a un menor nivel educativo. Desde el punto de vista político no se ha apostado de forma definida. No se trata solo de incrementar la tasa impositiva a los ultraprocesados —que creo que hay que hacerlo—, sino de abaratar el coste de los productos naturales. Hay que hacer una apuesta importante por el consumo de proximidad, una filosofía que estamos perdiendo. Es cierto que el pescado blanco es caro, pero el azul, la verdura, la legumbre o la fruta de proximidad no lo son tanto. Los ultraprocesados producen tres cosas horribles: son hiperpalatables (saben bien y producen cierta adicción al incrementar la dopamina), tienen una cantidad enorme de energía por bocado y, además, son muy baratos y accesibles. Es una tríada difícil de combatir.

No se trata solo de incrementar la tasa impositiva a los ultraprocesados —que creo que hay que hacerlo—, sino de abaratar el coste de los productos naturales

—Los patios de los colegios están vacíos, las pantallas dominan las horas de juego y la bollería es la merienda habitual. ¿Corremos el riesgo real de criar a la primera generación que viva menos años que sus padres por culpa de este colapso metabólico?

Sí, sin duda. Es un mensaje catastrofista, pero es un riesgo real si no empezamos a poner remedios. Existen ya fármacos extraordinariamente eficaces para combatirlo, aunque no están implementados ni financiados adecuadamente en España. Aparte de los fármacos, hay que combinar políticas educativas, sociales y fiscales. Es un problema con un coste económico y social gigantesco que, además, se asocia a una disminución de la esperanza de vida de nada menos que diez años. Los gobiernos están para gobernar y hay que tomar decisiones.

—Asistimos a un furor mundial con los nuevos fármacos inyectables para adelgazar. ¿Son la esperanza definitiva o corremos el riesgo de usarlos como un atajo tramposo para no cambiar de hábitos?

No son un atajo tramposo. Se han demonizado de forma inadecuada y, a veces, interesada. No son la única solución, pero son una muy buena herramienta para las personas que ya padecen la enfermedad. Hay que diferenciar dos cosas: la prevención, que se hace con medidas de salud pública y educativas; y el tratamiento para ese tercio de la sociedad que ya vive con obesidad. A esas personas hay que tratarlas con fármacos que son muy eficaces y que lo serán aún más en el futuro. Hay más de 100 moléculas en investigación y tengo la absoluta certeza de que, en cinco u ocho años, el precio de estos fármacos será extraordinariamente más bajo. Dicho esto, tenemos la necesidad actual de que se financien ya, porque las personas enfermas están enfermas ahora.

Corremos el riesgo real de criar a la primera generación que viva diez años menos por culpa de este colapso metabólico

—Si un paciente decide hoy frenar en seco y cambiar de vida, ¿cuánto daño metabólico acumulado es capaz de perdonar el hígado y dónde está la línea roja sin retorno?

Para que se entienda claramente: un hígado sano es como una esponja con agua, una estructura blandita; un hígado muy enfermo es como una piedra pómez. Cuando ya tienes una piedra pómez no es posible revertir el daño. Pero en las primeras fases de la enfermedad —un proceso que no es una urgencia vital y puede durar veinte años—, si somos capaces de disminuir la ingesta energética, cambiar nuestros hábitos alimenticios, no tomar alcohol, hacer un poco de ejercicio y, si es preciso, tomar la medicación adecuada, la reversión es prácticamente completa. El mensaje es claro: hoy se puede revertir la enfermedad en la mayor parte de los pacientes.

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