Entrevista | José Antonio Vega Hidalgo Investigador de la Sociedad Española de Ciencias Forestales
«Éramos los dioses del fuego y ahora le tenemos un miedo que nos paraliza»
«Cada día el índice de peligro de incendios es mayor. Es una bomba que tenemos ahí», constata el profesional tras décadas de investigación en Lourizán

El ingeniero de montes José Antonio Vega Hidalgo.
El fuego no es siempre una emergencia, ni mucho menos el enemigo absoluto; es una herramienta que hemos olvidado cómo usar. Esta es una de las reflexiones que dejó ayer José Antonio Vega Hidalgo durante su participación en la Semana Forestal 2026, organizada por la Escola de Enxeñaría Forestal del campus de Pontevedra.
Jubilado tras décadas de investigación en el Centro Forestal de Lourizán, el integrante de la Sociedad Española de Ciencias Forestales (SECF) huye de las respuestas simplistas. Para él, la crisis incendiaria en Galicia es un puzle donde el cambio climático es solo la chispa que enciende un problema mucho más profundo: el de un territorio que ha dado la espalda a su propio paisaje.
—El comportamiento del fuego ha cambiado drásticamente en las últimas décadas debido al estrés climático. Desde la investigación, ¿cuál diría que es el mayor punto ciego que tenemos hoy en Galicia para anticiparnos a los grandes incendios?
El incendio es un fenómeno de una complejidad extraordinaria, con profundas raíces sociológicas, económicas e implicaciones ecológicas. Por eso es muy difícil señalar un único punto de inflexión. Sí estamos viendo un cambio climático claro; de hecho, en un estudio que hicimos en el año 2000 con otros investigadores gallegos, analizando la variación del índice de peligro desde los años 60, ya constatamos un aumento tremendo. Y esa escalada sigue hoy. Cada día el índice de peligro de incendios es mayor. Es una bomba que tenemos ahí. La sociedad sabe que el clima está cambiando y vemos incendios gigantescos, pero el problema real viene de mucho más atrás: hay un abandono rural absoluto del rural y, por tanto, unas acumulaciones de combustible enormes en el monte. Ese despoblamiento trae consigo la falta de aprovechamiento de un combustible que antes sí se utilizaba. Esos dos factores juntos ya nos desbordan.
—A pesar de esta «bomba» estructural, parece que la estadística oficial nos da un ligero respiro en cuanto al número total de focos...
Nunca podemos perder la perspectiva. Galicia tenía una frecuencia de incendios altísima y ahora, afortunadamente, está disminuyendo un poco. Pero el problema muta y pasa por diferentes etapas. Tenemos el territorio muy poco ordenado y sufrimos un urbanismo difuso. La gente vive donde quiere, a menudo al lado de zonas forestales potencialmente muy peligrosas, lo que mantiene un riesgo crítico siempre de fondo.
—Se habla constantemente de la necesidad de repensar el monte. ¿Qué transformaciones estructurales nos urgen?
Es que las transformaciones del monte no se pueden desligar de la ordenación del territorio. En un lugar con este «sprawl» urbanístico, con casas salpicadas por todas partes y rodeadas de árboles y combustible, tenemos un escenario explosivo. Mientras la sociedad no asuma de verdad que el riesgo, en gran parte, lo provoca ella misma por cómo y dónde vive, seguiremos en la cuerda floja. ¿Está dispuesta la gente a cambiar su hábitat, a modificar su forma de vivir para adaptarse a una planificación territorial segura? Eso es complicadísimo. Necesitamos que la población esté preparada mentalmente para saber cuándo tener precaución, cuándo debe confinarse o cuándo toca huir.
En un lugar con este «sprawl» urbanístico, con casas salpicadas por todas partes y rodeadas de árboles y combustible, tenemos un escenario explosivo
—Ante la virulencia y rapidez de los nuevos mega-incendios, ¿qué margen de maniobra le queda a los equipos de extinción?
No hay panaceas. Estos incendios liberan una energía poderosísima, equivalente a explosiones nucleares en términos de energía (no de potencia, afortunadamente). Cuando se alcanza ese nivel, el ataque directo se hace prácticamente imposible; toca esperar a que las condiciones meteorológicas cambien para poder entrar. En un lugar con nuestro potencial de riesgo, los medios de extinción potentes siguen siendo imprescindibles, pero es la prevención la que tiene que dar un salto cualitativo.
—Para la opinión pública general, el fuego sigue siendo el gran y único enemigo. ¿Esa perspectiva es un error de base?
Es una equivocación absoluta, y a través de los medios tenéis que ayudarnos a transmitir esa idea. Está demostradísimo que es un error, pero seguimos chocando contra una barrera cultural. Paradójicamente, durante milenios Galicia fue una adelantada; la gente de nuestro rural sabía perfectamente cómo usar el fuego. Éramos los dioses del fuego. Sin embargo, esa gente se ha ido, esas generaciones han muerto, y los que quedamos ahora estamos asustados, nos paraliza. Ya no sabemos manejarlo. Hemos perdido una herramienta tradicional que disminuía la intensidad de los incendios que llegaban después. Ahora tenemos acumulaciones de combustible de décadas sin tocar, y cuando salta la chispa, hay una explosión.
—¿Es por eso que cuesta tanto implantar la técnica del fuego prescrito en nuestros montes?
El fuego prescrito es, sencillamente, el uso racional del fuego. Estaba muy imbricado con nuestra tradición: los pastores lo usaban y no se les escapaba. Hoy, incluso alguien con buena intención que intente hacer una quema puede acabar provocando un incendio forestal porque esa tecnología, sencilla pero vital, se ha perdido. También hay que entender que aquel rural histórico no tenía las acumulaciones de biomasa actuales ni sufría este cambio climático. Genera reticencias y miedo en los poderes públicos. Se ha hecho un esfuerzo grande por comprender que el fuego es un elemento natural del paisaje, pero necesitamos consolidar esa «cultura del fuego». La sociedad debe darse cuenta de que no puede seguir viendo cada llama, en todos los casos, única y exclusivamente como una emergencia.
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