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Entrevista | José Enrique de Ayala General de Brigada retirado y miembro de la Fundación Alternativas

«Pensar que Europa está en peligro de una guerra generalizada es demasiado alarmista»

«Lo que propone el presidente Trump es precisamente que Europa acabe con el Estado de bienestar. Va mucho más allá del gasto en defensa»

José Enrique de Ayala.

José Enrique de Ayala.

Pontevedra

Invitado por el Ateneo a su ciclo «Tambores de guerra», el general de Brigada retirado y miembro de la Fundación Alternativas José Enrique de Ayala ofrecerá este jueves una conferencia a partir de las 19.00 horas en el paraninfo del IES Valle-Inclán (entrada libre).

En un contexto global marcado por el enquistamiento del conflicto en Ucrania, la ofensiva de la administración Trump en Venezuela y la escalada en Oriente Medio, Ayala no duda de que, más que enfrentarse a un peligro real, el viejo continente encara un espejismo geopolítico diseñado para desmantelar el Estado de bienestar.

—El título de su conferencia es una pregunta directa: «¿Está Europa en peligro?». ¿La respuesta corta es sí, o estamos ante una alarma deliberadamente sobredimensionada?

Pensar en el momento actual que Europa está en peligro de sufrir una guerra generalizada es demasiado alarmista, no lo está. No creo que existan elementos de juicio para fundamentar un peligro inminente de guerra en nuestro continente.

—¿Hasta qué punto esta psicosis es una consecuencia natural del conflicto en Ucrania o se trata de una narrativa alimentada por los intereses de la industria armamentística?

Ambas cosas. Evidentemente, la guerra en Ucrania ha producido temor en las sociedades europeas ante la posibilidad de que Rusia quisiera seguir atacando a otros países, incluidos los de la UE o la OTAN. Pero eso no es verosímil; Rusia no tiene la capacidad de hacerlo. Reunir esa fuerza le costaría muchos años, e incluso probablemente no llegaría a alcanzarla nunca si hablamos de enfrentarse a toda la OTAN. Esa psicosis no tiene una base real, pero ha sido aprovechada, sobre todo por Estados Unidos, para exigir a los países europeos que gasten un 5% de su presupuesto en defensa. Es paradójico porque el propio presidente estadounidense repite que Rusia no supone ninguna amenaza y que Europa es superior en todo excepto en armas nucleares. Exige ese aumento más por el interés de su industria armamentística —que suministra dos tercios de las armas que compra Europa— que por un peligro real.

—Con los recientes movimientos en Venezuela e Irán, sumados a su abierta hostilidad hacia la UE, ¿ha dejado Estados Unidos de ser el «paraguas protector» de Europa para convertirse en un factor de inestabilidad global?

Sin duda. La actual administración de Estados Unidos está generando inestabilidad mediante acciones unilaterales que no respetan la legalidad internacional ni son consultadas con sus aliados. A Europa le cuesta renunciar a esa protección porque está desunida y se siente débil, incluso para apoyar a Ucrania o posicionarse en otras zonas del mundo. Hay una disfunción evidente: la Administración Trump perjudica a sus aliados y no los tiene en cuenta, pero estos se resisten a romper la relación por pura sensación de debilidad.

Trump promueve que Europa entre en esa ola de libertarismo radical, similar a lo que encarna Milei en Argentina: una liberalización total de la economía sin frenos

—Desde su experiencia en el Consejo de Asuntos Europeos, ¿es viable militar, industrial y políticamente organizar una defensa europea autónoma?

Absolutamente, y además no implicaría gastar más dinero, en contra de lo que muchos repiten. Una defensa autónoma europea no supondría necesariamente una ruptura con EE. UU.; podría establecerse un acuerdo de defensa mutua. No necesitaríamos unas Fuerzas Armadas sobredimensionadas porque la UE no busca estar presente militarmente en todo el mundo, sino defenderse y garantizar sus suministros. Técnicamente no habría problema, pero falta voluntad política. Algunos países están más cómodos bajo el paraguas estadounidense y otros, por razones históricas, se fían más de EE. UU. que de sus propios vecinos europeos.

Una defensa autónoma europea no supondría necesariamente una ruptura con EE. UU.; podría establecerse un acuerdo de defensa mutua

—Se nos exige un rearme masivo que, por pura matemática financiera, significa menos recursos sociales. ¿Corremos el riesgo de blindar las fronteras de Europa a costa de dinamitar nuestro Estado de bienestar?

Es que creo que lo que propone el presidente Trump es precisamente que Europa acabe con el Estado de bienestar. Va mucho más allá del gasto en defensa. En su estrategia de seguridad habla del declive europeo culpando al «intervencionismo y la regulación», cuando es precisamente lo que impide un capitalismo salvaje. Trump promueve que Europa entre en esa ola de libertarismo radical, similar a lo que encarna Milei en Argentina: una liberalización total de la economía sin frenos. Por tanto, este rearme no solo iría en detrimento de los gastos sociales, sino que esa destrucción del sistema social europeo sería muy bien recibida por la actual administración estadounidense.

La guerra en Ucrania ha producido temor en las sociedades europeas ante la posibilidad de que Rusia quisiera seguir atacando a otros países. Pero eso no es verosímil; Rusia no tiene la capacidad de hacerlo

—Mirando hacia Oriente Medio y el conflicto entre Israel, EE. UU. e Irán, ¿cuál considera que será la salida más realista?

Lo que no veo es que puedan acabar con el régimen de los ayatolás desde el aire. Para derribar un régimen hay que poner tropas sobre el terreno. Las minorías étnicas internas no tienen ahora mismo la capacidad de tumbar al Gobierno; si logran dividir el país, lo que habrá será una guerra civil caótica. Podría darse el caso de que la destrucción petrolífera e infraestructural sea tan masiva que fuercen un acuerdo con algún dirigente dócil «al modo venezolano», pero creo que es más probable que esto termine causando una enorme destrucción durante años, tras los cuales el país volverá a rearmarse. Políticamente, el régimen iraní sigue siendo muy fuerte en el interior gracias a la represión de la Guardia Revolucionaria.

—El debate sobre la recuperación del servicio militar vuelve a estar sobre la mesa

Ese debate es otra consecuencia de esta psicosis infundada sobre una invasión rusa, que Putin no puede llevar a cabo porque, en cuatro años, ni siquiera ha sido capaz de conquistar las provincias ucranianas que se anexionó. Recuperar la mili no tiene sentido. Las guerras de desgaste y frentes fijos tienden a desaparecer. Vamos hacia guerras híbridas, con ciberterrorismo, disrupción de comunicaciones, sabotajes y guerra de drones dirigidos por IA y satélites. Para eso se necesitan ejércitos reducidos, muy tecnificados y con un altísimo grado de especialización. Un recluta que solo ha aprendido a manejar un fusil o a desfilar detrás de otro no tiene cabida en este escenario.

—¿Qué papel debe jugar España en este nuevo diseño de la seguridad europea?

España, con el Gobierno actual, está tomando una posición de vanguardia al oponerse a que el mundo se rija por la ley de la jungla, donde el más fuerte ataca sin justificación ni amparo legal. Aunque no todos los países europeos nos siguen, sí tenemos una cierta influencia que se ha notado en matices de la posición de líderes como Macron, Meloni o Starmer. España representa una posición profundamente europeísta, alineada con la legalidad internacional y las Naciones Unidas. Promover ese respeto a los tratados es el camino, aunque será difícil por la enorme división interna en una Europa donde muchos siguen apostando por Trump a pesar de su actitud hostil.

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