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Gastronomía

Cientos de personas se rinden al rico caldo gallego

La Festa do Caldo une tradición, identidad local y orgullo gastronómico y reafirma su tirón con miles de comensales

Un grupo, disfrutando del caldo y el cocido ayer en Mourente. | GUSTAVO SANTOS

Un grupo, disfrutando del caldo y el cocido ayer en Mourente. | GUSTAVO SANTOS

Pontevedra

Mourente volvió a hacer ayer lo que mejor sabe: convertir un plato humilde en una gran celebración colectiva. La 34ª edición de la Festa do Caldo Galego reunió de nuevo en Os Areais a cientos de personas alrededor de una receta que se vive no solo como seña de identidad, sino casi como un patrimonio sentimental. Desde media mañana, la fiesta fue cogiendo temperatura entre autoridades, cofradías, vecinos y visitantes hasta desembocar en esa estampa ya clásica de mesas llenas, cuncas de barro en las manos y largas conversaciones compartidas al calor del caldo. La cita llegaba, además, precedida por una programación de dos días y por un dispositivo alimentario de gran envergadura, señal inequívoca de que Mourente no entiende esta fiesta como una degustación más, sino como uno de los grandes rituales gastronómicos de su calendario.

La fiesta volvió a tener un marcado carácter familiar y contó con un grupo de voluntarios imprescindible. | GUSTAVO SANTOS

La fiesta volvió a tener un marcado carácter familiar y contó con un grupo de voluntarios imprescindible. | GUSTAVO SANTOS

La jornada de ayer fue la culminación de un fin de semana diseñado para mezclar ceremonia, música popular y exaltación culinaria. El sábado había arrancado con la recepción oficial en el Pazo Provincial, la imposición de capas a nuevos cofrades, la entrega de diplomas y el posterior desfile por el centro de Pontevedra antes del traslado a Mourente. Ayer tomó el relevo la parte más abierta y concurrida de la fiesta: la recepción de autoridades y cofradías, el pregón del presentador Fran Cañotas Rego, el homenaje con la imposición del Pote de Prata a Carlos Riveiro Pazos y las actuaciones musicales y folclóricas de Galicia y Portugal. Ese armazón protocolario, lejos de restar espontaneidad, volvió a reforzar una de las claves del éxito de la cita: su capacidad para combinar solemnidad y ambiente popular sin perder autenticidad.

Cientos de personas se rinden al rico caldo gallego

Cientos de personas se rinden al rico caldo gallego

Pero si algo sostiene de verdad la dimensión de esta fiesta es la cocina. La organización anunció para esta edición un despliegue de más de una tonelada de productos, con 290 kilos de ternera, 84 de lacón, 160 de panceta, 210 de oreja, 120 de morro, 60 de cacheira, 70 de chorizo, 60 de gallina, 100 de espinazo de pollo, 390 kilos de patatas, 10 de habas, 2 de unto, 920 manojos de grelos y nabizas y 90 repollos. Las cifras, por sí solas, explican la magnitud de una elaboración que cada año requiere planificación, manos expertas y una logística casi milimétrica para que el resultado conserve el sabor de siempre pese al volumen. Mourente vuelve así a reivindicar un caldo sin atajos, hecho con producto reconocible, con fondo campesino y con esa vocación de abundancia que forma parte del imaginario de la fiesta.

A la hora de servir, la fórmula mantiene intacto su atractivo. La cunca de caldo gallego costó este año tres euros, con repetición ilimitada, mientras que la cazola de barro con cocido gallego se despachó por siete. En ambos casos, el recipiente podía conservarse como recuerdo, un detalle que ya es parte inseparable de la experiencia y que ayuda a explicar la fidelidad del público. También se mantuvo el gesto de hospitalidad con los peregrinos acreditados del Camino de Santiago, invitados a una consumición gratuita. No es un simple reclamo, es una manera de presentar la fiesta como un espacio hospitalario, reconocible y muy consciente de su vínculo con el territorio. Las grandes carpas instaladas en el recinto de Os Areais permitieron, además, que la jornada discurriese con comodidad y con ese aire de romería organizada que distingue a las grandes citas populares.

En ese equilibrio entre cocina y símbolo juega un papel decisivo la Orde do Caldo, que da a la fiesta una liturgia propia y una proyección que va más allá de la parroquia. La entidad supera ya los 140 cofrades y actúa como embajadora de este plato dentro y fuera de Galicia, reforzando la idea de que el caldo de Mourente no es solo un producto festivo, sino también una marca cultural. A ello se suma el homenaje anual del Pote de Prata, que vuelve a poner el foco en personas vinculadas a la vida local, y la visita al monumento al caldo, uno de los elementos más singulares de la celebración. Todo ello ayuda a que la fiesta conserve un fuerte anclaje vecinal incluso cuando su eco rebasa ya con claridad el marco estrictamente parroquial.

Ese crecimiento se percibe también en la dimensión pública del evento, una cita emblemática para la ciudad y el resultado de un esfuerzo colectivo sostenido durante décadas. La organización corre a cargo de la Asociación de Vecinos O Castro y detrás de cada edición hay una maquinaria vecinal y voluntaria sin la que sería imposible alimentar a miles de personas y mantener vivo el formato. El año pasado la fiesta rondó, según los organizadores, los 4.000 comensales y movilizó a una treintena de voluntarios, una cifra que calculan que se ha superado este 2026 y que ayuda a medir el peso adquirido por un encuentro que ha trascendido lo local para instalarse entre las citas gastronómicas de referencia en Pontevedra.

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