80 aniversario
«Si no lo tienen en la Gallega, no existe»
En la calle Real de Pontevedra, la Ferretería Gallega cumple 80 años entre manillas, retranca y preguntas en un oficio que adivina «cositos» y resiste ante Amazon

El equipo que mantiene a flote la Ferretería Gallega después de ochenta inviernos detrás del mostrador. / RAFA VAZQUEZ
En la calle Real de Pontevedra, la Ferretería Gallega se prepara para un aniversario poco habitual en los tiempos que corren. En poco más de un mes cumplirá 80 años desde su apertura en 1946. Si el calendario llega con la persiana levantada, la celebración será a su manera: «trabajando, como casi siempre», apuntan los primos Benito «Koki» y Miguel Araújo. «Para nosotros es un orgullo poder haber continuado lo que nuestros padres nos dejaron y seguir a pie de cañón todavía», resume el mayor de los primos, Miguel, ya «medio jubilado».
Esa pasión viene de una forma de entender el oficio que se ha transmitido desde el mostrador, sin ningún manual. «Nos enseñaron a no tratar mal a la gente y a partir de ahí, tirar para adelante», recuerda el veterano.
En una época en la que casi todo se puede pedir con un clic, ellos presumen de lo que internet no tiene, el trato. «Aquí hay mucha gente que viene casi a diario… los veo más veces que a mis propios hermanos», asegura Miguel. Hay clientes que entran a por una bisagra y salen con una conversación, y vecinos que pasan a saludar como quien va a por el pan.
Por eso, aunque formalmente ya esté fuera, continúa al pie del cañón. «Estoy en la jubilación activa por gusto, porque el trabajo es de toda la vida». Entró con 16 años y ahora tiene 68. La alternativa, volver a casa, no le seduce. «Me hablas de jubilarme y quedarme en casa, pero si lo hago, la parienta va a reventar», confiesa entre risas. Reconoce que la ferretería también funciona a modo de desconexión, como antídoto contra «el vacío del retiro».

El histórico local de la calle Real con su colección «casi infinita» de manillas, bisagras y otros útiles. | RAFA VÁZQUEZ
En los últimos años, el negocio ha tenido que pelear contra un rival silencioso: la compra online. «La llegada de internet para el comercio fue un freno», admiten. Cuentan que a diario el cliente llega, identifica el modelo, se lleva la caja y después compara precios. «Marcha con ella para casa, se pone delante de la maquinita, busca y ve que aquí le cuesta tres y medio y allí solo tres», explica.
Ahí llega el golpe: «Yo pongo la tienda, el material y hago de comodín para que puedan llevar las piezas a casa y después, en vez de venderlo yo, lo vende el otro». Aun así, cerrar «nunca fue una opción» a corto plazo. «Tener la tienda abierta, con los tiempos que corren, es un orgullo para mí y para mi primo», exclama.
Menos manos y sin relevo
La Ferretería Gallega ha sobrevivido a cambios de hábitos, a épocas mejores y peores e incluso a la transformación del oficio. «Antes éramos ocho aquí trabajando, ahora somos tres», lamenta, asumiendo que la ciudad cambió y el comercio de barrio tuvo que encogerse para poder seguir respirando. Aunque la gran sombra que acompaña al 80 aniversario es el relevo. «No tengo nadie que vaya a venir y a la novia de mi primo no la conozco», confiesa Miguel junto al «¡Yo tampoco!», que exclama Benito entre carcajadas.
Mientras tanto, la Gallega sigue ejerciendo el papel de mitad solución y mitad «adivinación». Porque no siempre llega un cliente con el nombre exacto de lo que busca. «Quería un cosito para...», le dicen, a lo que él contesta con retranca: «Señora, tengo una bola de cristal, si quiere». Estas escenas definen el oficio que traduce lo impreciso, adivinando la forma del «chirimbolo» que el cliente necesita en una colección que contiene «manillas de cuando yo era un niño», sostiene Miguel.
Quizá esto sea lo que ha hecho sobrevivir al negocio sobre el que circula el mito que cuenta que «si no está en la Gallega, no existe», convirtiéndose así en un icono comercial al que todo pontevedrés ha acudido alguna vez.
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