Cuando el Entroido desembarcó como una opereta
En 1900, Pontevedra vivió uno de sus carnavales más sonados
Una comitiva «del año 1600» desembarcó en once barcas en el puente del Burgo para unirse al Carnaval moderno
Carrozas diseñadas por Demetrio Durán y un cierre teatral de Enrique Labarta Pose quedaron inmortalizados

Comparsas de los Carnavales antiguo y moderno, posando ante la reja de las Ruinas de Santo Domingo. / Museo de Pontevedra
Domingo 24 de febrero de 1900. A las once de la mañana, el puente del Burgo dejó de ser un paso cotidiano y se transformó en un embarcadero de teatro. Once barcas, «ricamente engalanadas», avanzaban por el Lérez con la comitiva del Carnaval antiguo mientras, en los muelles, aguardaba la del Carnaval moderno. Hubo desembarco con música, estruendo de baterías navales y un gentío a rebosar. La escena terminó en los salones del Liceo Gimnasio, con una recepción oficial que parecía decirlo todo sobre la Pontevedra fin de siglo, esa que quería respirar como ciudad grande y se miraba en el espejo del progreso.
El argumento del Entroido era una fantasía perfectamente local. Los pontevedreses de tres siglos atrás volvían para visitar a los de 1900 y, ya puestos, salir de fiesta con ellos. La ocurrencia se cocinó entre el poeta Enrique Labarta Pose y el artista Demetrio Durán Hermida, y Labarta la coronó con un «apropósito» teatral que cerró el programa. En esa pieza, el propio Carnaval de 1600 presume con retranca de haber conseguido permiso para regresar cuatro días después de presentar una instancia «en papel de a peseta». El siglo XX empezaba con aires de modernidad y también con sentido del humor.
Durán fue el motor silencioso y extenuante de todo aquello. Labarta lo pinta como imprescindible en cualquier sarao, un hombre capaz de lo imposible. En poco más de 15 días ideó y construyó carrozas, diseñó trajes, dirigió la comparsa, pintó decoraciones y aún se reservó fuerzas para vestirse de máscara e ir a lanzar serpentinas en la batalla de flores del Casino. La exageración, en Entroido, funciona como documento. Si Dios hizo el mundo en seis días, venía a sugerirse que Durán lo habría despachado en cinco.

Carroza del Carnaval Moderno. / Museo de Pontevedra
La gran cabalgata arrancó por fin a las dos y media de la tarde, con un cielo que ya insinuaba ganas de arruinar la crónica. Abrían trompetas, timbales y heraldos. No tardó en aparecer el primer golpe de efecto, un carro naval que representaba una carabela con marineros «a la moda del 1600» y un coro cantando barcarola. Después llegaban el coche de gala para «SS.MM. el Carnaval antiguo y moderno», la corte ecuestre y una carroza gótica. El desfile fue encadenando imágenes que mezclaban fantasía, alegoría y sátira, desde la Carroza de las Artes, con cisne y diosa Poesía, hasta la del Carnaval moderno, coronada por un globo terráqueo y escoltada por Pierrots montados en burras. También pasó la Carroza de la moda, con parejas bailando un minué, y la de los vicios, presidida por el Rey de Copas y rodeada de bebedores, glotones y jugadores.

Carroza del Carnaval Antiguo. / Museo de Pontevedra
Mientras tanto, la Pontevedra de siempre se colaba en la fiesta como quien se mete en una foto. El imaginario local asomaba con Urco y Teucro y su corte de guerreros, compartiendo calle con el disfraz y la burla. Era una forma de recordar sin ponerse solemne y, de paso, de afirmar una identidad propia dentro de un espectáculo cada vez más urbano.
Entonces llegó el chaparrón. Aquel día llovió, y mucho, con viento invernal, y el fastuoso cortejo tuvo que regresar a la sede del Gimnasio en apenas media hora. Pero la ciudad no se dio por vencida. A las diez de la noche se organizó un baile de máscaras con participación de tunas de Porto y Santiago. Al día siguiente, el Liceo Casino intentó salvar la función con una Batalla de Flores en la avenida de Montero Ríos, entre serpentinas, flores, palcos laterales y globos. El martes, el tiempo volvió a torcerse y la comparsa quedó otra vez en promesa, aunque la música encontró refugio en un nuevo baile con bandas invitadas.

Bocetos de Demetrio Durán Hermida de las carrozas del Entroido conservados en el Museo de Pontevedra. / Museo de Pontevedra
La revancha la trajo, caprichoso, el Miércoles de Ceniza. Amaneció soleado y el Liceo Gimnasio decidió sacar a la calle aquello que el temporal había dejado a medias. Lo anunció con bombas de palenque y Pontevedra salió en masa. Por fin las carrozas recorrieron calles y plazas, cantaron los coros ante los edificios oficiales y volvió el minué, mientras desde la Alameda subían globos de colores.
La última escena fue un clásico con escenografía nueva. A las nueve de la noche se celebró el Entierro de la Sardina. La carroza del Carnaval moderno se transformó para acomodar una sardina colosal escoltada por cuatro besugos enormes y el cortejo avanzó iluminado con vasos de colores «artísticos». Con ese cierre, el Entroido de 1900 se volvió eterno y dejó claro su tono: ganas de lucirse, humor y una Pontevedra decidida a vivir el carnaval como gran espectáculo de ciudad.
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