Patrimonio
Historia en ruinas: la Granja de los Jesuitas
Construida en el siglo XVII por la intensa actividad de las Salinas do Ulló, en Vilaboa, en plena ría de Vigo, la Granja de los Jesuitas sigue siendo un testigo visible de la historia e importancia de la sal en Galicia. Todavía se pueden admirar la casa de los caseros, la principal y elementos en el exterior como el pozo. Todos, eso sí, en estado de ruina.

El «lar» de la casa principal / A. López
A poco más de diez kilómetros de distancia de Pontevedra, en plena ría de Vigo, se esconde un tesoro del patrimonio gallego: la Granja de los Jesuitas de las Salinas do Ulló, en Vilaboa. Estas ruinas, en un bellísimo paraje natural, sirven para entender el valor histórico de la sal, un recurso clave para conservar alimentos y un motor económico desde la Baja Edad Media.

Escaleras de entrada a la casa principal / A López
Tal y como explica el arqueólogo Alberte Reboreda en el trabajo «As Salinas e o sal», realizado para el Concello de Vilaboa, en 1564 la Corona convirtió la sal en producto estancado, controlando su comercio y exportación. La sal ibérica alimentaba rutas marítimas hacia el norte de Europa y, en la vida cotidiana, era indispensable para curar carne y pescado —como la sardina—, la panadería y para el consumo doméstico.

Vista de las salinas desde la Granja de los Jesuitas . / A. López
El origen de las salinas de Ulló, ya en el siglo XVII, se vincula a un contexto de crisis de abastecimiento y subidas extremas de precios tras los años del hambre de 1574 y 1575 y nuevas carestías posteriores. En ese marco, Antonio Mosquera Villar y Pimentel, administrador general de la fábrica de salinas, tomó tierras junto al mar en Vilaboa para impulsar la producción. En 1655, él y su esposa donaron bienes para sostener la fundación de un colegio jesuita en Pontevedra, incluyendo terrenos destinados a salinas. Su hijo, Melchor Mosquera, avanzó el proyecto amparado por una Real Cédula de 1679, pero en 1694 traspasó los derechos al Colegio de Jesuitas.

Horno en la casa de los caseros. / A López
A partir de ahí, los jesuitas consolidaron en O Ulló una explotación agroganadera, la granja, con infraestructuras (cuadras, caballerizas, corral y palomar), casa del administrador y viviendas de caseros, al tiempo que mejoraban las salinas.
Entre 1694 y 1709 se invirtió en dividir y optimizar el conjunto en varias salinas: San Xosé do Ulloó, A Cruz y San Ignacio, conocida esta como Salina Vella, probablemente la más antigua creada por Mosquera Pimentel. Sin embargo, el crecimiento trajo conflictos por límites, compras y canjes de tierras (1710-1712) y pleitos por caminos, zanjas y desagües (1726-1727), lo que empeoró las relaciones con los vecinos de Vilaboa.
El declive llegó a mediados del siglo XVIII: las salinas se describen como «del todo destruidas» y con beneficios escasos, según narra Alberte Reboreda en su trabajo. En 1736 la producción cayó a unas 200 fanegas, lejos de las 600–800 de épocas anteriores, y parte del terreno empezó a arrendarse para juncos y pastos a los vecinos.
La expulsión de los jesuitas en 1767 por el rey Carlos III, acusándolos de instigar el Motín de Esquilache, y el paso de sus bienes a la Real Hacienda agravaron el abandono. La climatología adversa fue poco a poco arruinando la explotación salinera. En 1789 la arrendataria, Manuela Pérez, viuda del casero de O Ulló, abandonó el lugar y nadie quiso hacerse cargo de la granja; los vecinos empezaron a trabajar las tierras. Tras pasar por varias manos privadas más, la granja quedó dividida entre varias familias de Vilaboa, que habitaron el lugar hasta 1960, momento en que queda totalmente abandonada.
Actualmente, el espacio en el que se enmarca la granja, las Salinas do Ullló, es público protegido integrado en la Red Natura 2000.
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