La generosidad de una madre de leche
Dolores Buceta: manantial de vida
Más allá de los apellidos ilustres que rotulan las calles de Pontevedra, existió una resistencia silenciosa y vital. La encarna Dolores Buceta: lavandera en Os Gafos, madre de trece hijos y nodriza altruista de los desamparados del sanatorio Marescot. Su generosidad fue el escudo de muchos bebés frente a la posguerra

Dolores Buceta, con uno de sus nietos frente al lavadero de O Pailán, a unos metros de su casa familiar. / ARCHIVO AUGUSTO FONTÁN
En la memoria colectiva de Pontevedra, los nombres de los grandes cartógrafos o los directores de sanatorios ocupan los primeros pedestales. Pero a su lado, anónimas e imprescindibles, existieron figuras cuya labor, tejida con hilos de leche y agua de río, sostuvo la supervivencia de toda una generación. Dolores Buceta Villar fue una de ellas: una mujer que no solo fue madre de trece hijos, sino que se convirtió en la «madre de leche» de los desamparados del desaparecido sanatorio Marescot.
Nacida en Caldas de Reis en la década de los 30, Dolores provenía de una familia de arrieiros, un linaje de transportistas que gozaba de cierta solvencia económica en la época. Su casa matriz, situada en el corazón de Caldas y hoy desaparecida bajo la promesa de un jardín público, reflejaba ese estatus con sus columnas de piedra.
Su destino se unió al de José Manuel Fontán da Pena, un hombre cuya estirpe estaba ligada a la ciencia y la historia: era pariente directo del ilustre geógrafo y matemático Domingo Fontán, mientras que Dolores pertenecía a la familia del militar liberal Manuel Buceta del Villar, que fue gobernador de Melilla y Samaná, en Santo Domingo. Pese a este vínculo con la élite intelectual de Galicia, la vida del matrimonio fue de una sencillez espartana y un trabajo incansable. La pareja se trasladó a Pontevedra de forma primitiva, en un carro de bueyes donde cargaron todos sus enseres, para instalarse en una casa cerca de la desembocadura del río de Os Gafos.
La zona donde vivían, el Monte do Taco, limitaba con el sanatorio Marescot, un centro que albergaba a niños huérfanos o cuyas madres, debilitadas por la posguerra o la enfermedad, no podían amamantar. Es aquí donde la figura de Dolores adquiere una dimensión heroica.
"Madre de 13 hijos, acudía al sanatorio Marescot de forma totalmente altruista para alimentar a los huérfaos"
En una época donde la leche materna era la única frontera entre la vida y la muerte para un recién nacido, Dolores, que «tenía leche para dar y tomar» debido a sus constantes embarazos acudía al sanatorio de forma totalmente altruista. No era una nodriza de pago; era una madre solidaria, compadecida del duro horizonte que afrontaban numerosos bebés.
Su nieto, el poeta y cineasta Augusto Fontán, relata una anécdota que ilustra la profundidad de este vínculo, lo que se llamaba antiguamente el «vínculo de leche»: «Uno de aquellos niños amamantados por mi abuela terminó siendo el mejor amigo de mi padre. Se criaron como hermanos, un lazo que perduró hasta el día de su muerte. Ese es el poder de lo que ella hacía».
Dolores no solo alimentaba bocas ajenas; también contribuía a la economía familiar lavando ropa en el río de Os Gafos. En el lavadero de O Pailán que aún se mantiene en pie, aunque hoy en ruinas, Dolores frotaba la ropa de las familias acomodadas de Pontevedra, compaginando esta dura labor con la crianza de sus propios hijos y el cuidado de una huerta y cerdos, manteniendo una economía de subsistencia rural a apenas 500 metros del centro urbano.
De su numerosa prole, los nombres de sus hijos quedaron grabados en la historia comercial y social de la ciudad. A finales de los años 40 y en los 50 destacaría especialmente Rita Catoira, cuya panadería en el centro histórico se convirtió en un punto de referencia. Su horno no solo alimentaba a las familias pontevedresas, sino que era el proveedor oficial de los militares, haciendo del apellido un sinónimo de tradición y buen hacer.
"Contribuía a la economía familiar lavando ropa en el río de Os Gafos, en O Pailán, al lado de su casa"
Mientras su marido, José Manuel, se convertía en una figura clave de la modernización técnica de la ciudad como jefe de baja tensión en Ulla Blanca (precursora de Fenosa), siendo responsable de los primeros registros eléctricos que aún se ven en las calles de Pontevedra, el destino de sus hijos fue diverso.
A finales de los años 50, la emigración llamó a su puerta. Parte de la descendencia de Dolores puso rumbo a Venezuela y Brasil, donde aún hoy reside parte de esa herencia gallega.
La biografía de esta mujer encarna, de algún modo, la otra cara del progreso. Mientras su marido tejía la red eléctrica que traería la luz artificial a las calles, Dolores sostenía la red vital que impedía que la ciudad se apagase por dentro. En esa Pontevedra de marcados contrastes, ella funcionaba como un vaso comunicante entre dos mundos: sus manos limpiaban los linos y ajuares de la burguesía en las aguas del Gafos, mientras su propio cuerpo nutría a los olvidados del sistema en el Marescot.
Dolores Buceta Villar falleció dejando tras de sí una red invisible pero enormemente poderosa de afectos y supervivencias. Fue la estructura silenciosa que, con generosidad, calor y amor, sostuvo a muchos que no tenían nada. Hoy, su historia sale de las sombras del lavadero de O Pailán para recordarnos que la verdadera nobleza y sabiduría no estaba solo en los mapas de su pariente Domingo Fontán, sino en la generosidad de su pecho y la fuerza de sus manos en las aguas heladas del río. Galega tiña que ser.
Suscríbete para seguir leyendo
- Dos policías locales salen ilesos tras caer con su coche por un desnivel en una persecución nocturna en Pontevedra
- El mayor parque urbano de Pontevedra se estrenará a finales de 2026
- Un coche colisiona con un tractor en Cuntis y acaba golpeando a una mujer en la acera
- Empieza el despliegue de los contenedores grises en Pontevedra con un llamamiento al reciclaje
- El pleno de la Diputación de Pontevedra solicita la dimisión de Óscar Puente por su «castigo» a la provincia
- «Mi vida está dividida en dos, una parte aquí, en Pontevedra y, la otra, en Brasil»
- «Ha bajado hasta doce euros el kilo»
- Pontevedra adjudica por 3,1 millones el vial de Mollavao y la humanización de Rosalía de Castro