Historia
La segunda vida del Gónviz: cómo llenar una sala apagada
Veinticinco años después del último pase, el edificio del antiguo cine, entre las calles Frei Xoán de Navarrete y Castelao, vuelve al foco de la ciudad al debatirse su posible reapertura con dos proyectos sobre la mesa: uno para instalar un centro sociosanitario y otro para darle un uso cultural

Estado actual de la sala del cine Gónviz. / RAFA VAZQUEZ
Hubo un tiempo en que entrar en el Gónviz era entrar en una oscuridad compartida: un murmullo que se apagaba, la luz de la pantalla abriéndose paso y, después, el regreso a la calle con la película todavía puesta en la cabeza. Hoy, años después de su cierre, el nombre del cine vuelve a pronunciarse porque el edificio afronta un giro: el de encontrar un uso nuevo para un espacio diseñado para sentarse juntos, mirar y callar.
Ese dilema —qué uso darle a un espacio que fue ritual— ha vuelto a primer plano en 2026. Por un lado, una consulta urbanística plantea convertir el viejo patio de butacas en un consultorio médico con unas 20 consultas y capacidad para 105 personas, resolviendo una de las losas históricas del inmueble, el acceso y la seguridad, mediante una entrada directa por la rúa Castelao. Por otro, el PSOE ha anunciado que llevará al Pleno una propuesta para estudiar la compra del edificio por parte del Concello para transformarlo en un centro sociocultural, argumentando que Pontevedra carece de una sala «media» (en torno a 300 localidades) para programación cultural.

Publicación en FARO de la inauguración del cine Gónviz en 1970. / FDV
Esta discusión sobre el futuro –o más bien sobre el presente– obliga, casi sin querer, a echar la vista atrás.
El Gónviz abrió el 1 de febrero de 1970, y no lo hizo como una sala cualquiera, pues su capacidad —1.283 espectadores— lo situaba por encima de otras grandes pantallas locales de la época. Ir al Gónviz no era solo ir al cine, era ocupar un lugar compartido, entrar con el ruido de la calle y salir, horas después, a una ciudad distinta, aunque fuese la misma.
A principios de 2001, cuando ya se notaba el desplazamiento del público hacia nuevos modelos de cine, se llegó a estudiar la conversión del Gónviz en minisalas, pero la idea no prosperó, ya que a finales de ese mismo año se llevó a cabo la venta del cine por parte de la empresa Fraga, en el contexto de su transformación hacia usos comerciales.
"Se inauguró en 1970 con espacio para 1.283 espectadores, lo que lo convirtió en todo un referente"
La sombra de los multicines fue determinante. En Pontevedra, como en tantas otras ciudades, la apertura de complejos con varias pantallas cambió los hábitos y el mapa cultural. La apertura, en el año 2000, de los multicines de Vialia fue clave en el cierre de las salas tradicionales.
El propio relato posterior sobre el final del Gónviz subraya el desgaste económico. Se habló de pérdidas anuales de tres millones de pesetas (18.000 euros) y de la dificultad de sostener el negocio en aquel nuevo escenario. Así, el Gónviz se despidió con la proyección de «Amélie» en diciembre de 2001. No fue un final estridente, sino más bien un adiós en silencio.

Cartelera de cine publicada en FARO en la que se hace referencia al Gónviz. / FDV
A partir de ahí, el edificio se fragmentó como se fragmentan los recuerdos: una parte visible, otra clausurada, una zona con uso y otra, sin relato. La entrada y el sótano acabaron ocupados primero por Zara Home (Inditex) y actualmente por Juguettos, mientras el patio de butacas y el anfiteatro permanecieron sin actividad, al fondo, fuera del escaparate.
Hubo un intento por devolverlo a la cultura en 2013, pero el Concello lo frenó por cuestiones técnicas: accesibilidad, seguridad y salidas, con un problema recurrente, la falta de un acceso adecuado a la calle, que convertía cualquier idea en una carrera de obstáculos. Ese bloqueo explica por qué el proyecto sociosanitario incide justamente en añadir un acceso directo desde Castelao como pieza clave para hacerlo viable.
En 2022, Zara Home dejó el local y se trasladó a Benito Corbal y volvió la pregunta de qué ocurriría con aquel bajo ligado, en el imaginario colectivo, al viejo cine. Poco después, el espacio comercial encontró continuidad con la llegada de Juguettos. Pero lo que en su día fue la sala de butacas sigue siendo hoy un lugar inactivo y sin un uso definido, descrito incluso como parte del paisaje sentimental de varias generaciones de pontevedreses.
"La última proyección en la clásica sala fue la película francesa Amèlie, en diciembre de 2001"
Con ese telón de fondo, 2026 ha devuelto el Gónviz a la conversación pública. La consulta para el consultorio médico avanza con informes favorables sobre la compatibilidad urbanística del uso y la moción socialista, por su parte, apela a una necesidad cultural y a un valor simbólico, recordando que el Gónviz no está protegido patrimonialmente, pero sí ocupa un lugar emocional en la ciudad.
Al final, la pregunta es menos inmobiliaria de lo que parece: qué se hace con una sala cuando deja de proyectar. Sea cual sea el desenlace, el Gónviz cumple ahora la curiosa función de hacer que Pontevedra vuelva a mirarse en su propia historia justo en aquel punto donde antes empezaba la película.
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