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ENTREVISTA

«Aquí no cubrimos solo necesidades básicas, también cumplimos deseos»

«Estas puertas están siempre abiertas a todo el mundo», asegura el director de la residencia pública de mayores de Campolongo, que este año puede llegar a los 130 usuarios

Juan José López Peña, en uno de los nuevos espacios creados en la residencia de mayores de Campolongo.

Juan José López Peña, en uno de los nuevos espacios creados en la residencia de mayores de Campolongo. / RAFA VAZQUEZ

Pontevedra

De Madrid a Pontevedra por una oposición, de menores a mayores por vocación, y del despacho al pasillo de los «buenos días». Juan José López Peña (Madrid, 1961), Juanjo para su entorno personal y laboral, dirige desde julio de 2021 la residencia pública de mayores de Campolongo, gestionada por la Consellería de Política Social de la Xunta de Galicia. Este centro acaba de estrenar cara tras unas importantes obras realizadas para mejorar la vida de los usuarios, lo que permitirá alcanzar la cifra de 130 quizá ya este año. Pero, además, la fama de estas instalaciones y, sobre todo, su equipo humano, traspasó las fronteras en la Navidad de 2022, a raíz de una iniciativa casual con la que los residentes terminaron recibiendo 65.000 felicitaciones «antisoledad» de 37 países. El factor humano marca el día a día de esta casa.

Conoce Pontevedra al dedillo, pero no es natural de aquí, aunque le duele que se lo recuerden...

Sí, porque yo nací en Madrid pero me siento gallego. Viví allí hasta los veintitantos y aprobé las oposiciones para el Ministerio de Justicia en 1984. Empecé a trabajar en 1985 en el ámbito de menores y, al año siguiente, el director general de Protección Jurídica del Menor me propuso venir a Pontevedra como director del Centro Piloto Nacional de Castro Senín. Tenía 26 años recién cumplidos. Me dije: «¿Por qué no?». Cuando este centro cierra, y resumiendo un poco, tras un período en la empresa privada, me propusieron dirigir una escuela infantil en Vigo, la de Coia, ya pública. Estuve tres años y fueron de los mejores de mi vida. Lo recuerdo con un cariño enorme.

Y tras varios años en Menores de nuevo y otros puestos da el salto «generacional». ¿Cómo llega a la residencia de Campolongo?

Hace cinco años me llama María José Pérez-Izaguirre, que entonces era jefa territorial, y me dice: «Te necesito». Le dije que no estaba seguro, porque era mi primera vez en mayores. Me animó un compañero, muy amigo, que me conoce bien: «Inténtalo». Vine, miré y me quedé. En julio hará cinco años de eso.

"Los ambientes laborales no hay que vivirlos, hay que construirlos"

En aquel momento había un importante malestar laboral entre la plantilla. ¿Cómo la afronta?

Yo creo que los ambientes laborales no hay que vivirlos, hay que construirlos. Para coordinar un equipo hay que ser poco egoísta y tener claras las ideas, pero, sobre todo, escuchar. Uno es tan fuerte como su equipo. No vale un paracaidista que venga siendo funcionario y no quiera ni estudiar ni valorar ni entender. Hay cosas que no nos corresponden a nosotros, sino a los sindicatos, y yo lo respeto muchísimo; esa es su función, no la mía. Todo el mundo tiene que sentirse libre y yo no sentirme ofendido porque señalen cosas con las que no están de acuerdo. Siempre manteniendo el diálogo y las formas, claro.

Por cierto, siempre que puede presume de equipo.

Lo único que puedo es dar gracias al sobreesfuerzo cotidiano que hace mi equipo. Y digo mío no porque sea mío, eh, sino porque siento que somos un grupo cada vez más compactado con nuestras diferencias. Sí, yo seré muy caprichoso, dirán algunos, mientras que otros dirán que soy exigente y otros que tontorrón.

¿Tuvo claro desde el principio que la libertad marcaría el día a día de los mayores en Campolongo?

Yo te voy a responder con otra pregunta: ¿Tú crees que nosotros tenemos que atender sus necesidades, verdad? Pues yo creo que no. Yo creo que tenemos que atender sus deseos. Lo cual no quiere decir que no tengamos que atender sus necesidades. Resulta que una persona que llega aquí lo hace terriblemente triste porque tiene que dejar su vida entera y tiene que caberle en una maleta. Y esa primera noche a mí a mí se me ponen los pelos de punta pensando cómo la pasará alguien que después de 80 años sale de su pueblo y de su casa con una maleta para no volver. Y encima le ponemos un horario cuartelero donde les decimos a qué hora hay que levantarse, a qué hora hay que comer, a qué hora hay que tal, etcétera... Francamente, creo que tenemos que traspasar eso porque nadie quiere ir a una residencia, ni siquiera yo. Sus necesidades las voy a cubrir, pero quiero llegar siempre que pueda a cubrir sus deseos.

"Llevo muy mal las pérdidas porque aquí vivimos de una forma muy intensa el día a día y siempre te quedan recuerdos, detalles buenos, malos, regulares... "

Aún así, el trabajo en una residencia es más duro de lo que se ve...

A nivel laboral supone un sobreesfuerzo, porque el trabajo de las auxiliares es físicamente muy duro, pero psicológicamente también. Que nadie se olvide que aquí gestionamos los últimos días y eso es durísimo.

¿Cómo se llevan las pérdidas?

Yo las llevo todas mal, fatal. Porque, bueno, porque soy así. Pero aquí todo el mundo, no solo yo. No te puedes olvidar porque aquí vivimos de una forma muy intensa el día a día y siempre te quedan recuerdos, detalles buenos, malos, regulares... Esto es un poco un Gran Hermano. Cuando alguien te falta, bueno, pues te queda ese pellizquito, ¿no? Una de las cosas que más me duelen a mí, y sé que no es posible hacerlo, es que cuando mandamos a una persona al hospital no podemos estar con ella allí si fallece. Intentamos dentro de lo que se pueda y vamos a mejorar en eso mucho, porque lo que queremos siempre es que en cuanto puedan vuelvan.

Pero la reforma de la residencia ha incluido una sala de «últimos días» en Enfermería.

Hay casos en los que los pacientes se ponen muy malitos y se derivan del hospital con cuidados paliativos al domicilio. Con la pauta médica correspondiente, si vemos que se va acercando al final podremos utilizar esa habitación, un espacio reservado. Para que nadie tenga que pasar al otro lado sin tener la mano de alguien que se la coja. Este sería un entorno más cálido, más humano y más protegido.

En más de una ocasión ha dicho que «sobra soledad» .

Cuando llegué a esta residencia quise pasar la Nochebuena con los mayores. Nadie me obligó. Para mí siempre ha sido una fiesta en familia, con risas, cantos... Cuando vi este silencio sepulcral para mí fue un shock. No entendía nada. Después de varias Navidades viendo esa soledad surgió lo de las cartas. Fue un whatsapp que mandé a mis contactos sobre felicitaciones navideñas y lo solos que están los mayores. Nunca imaginé tal impacto: recibimos 65.000 cartas de 37 países.

"Mi abuelo materno, Pepe Peña, era payaso del Circo Price; el 80% de lo que soy lo aprendí de él"

Y eso abrió aún más la residencia a la ciudad y su comarca....

Sí, porque estas puertas están siempre abiertas a todo el mundo, damos muchas facilidades para las visitas. Esto es una casa abierta. Tenemos proyectos con institutos, colegios, asociaciones...

¿Se conoce el nombre de todos los residentes?

Pues sí, e intento saber algo de todos, conocer a las familias. Me gusta pasar al desayuno a desear los buenos días. Sea el día que sea les doy un «feliz año nuevo», cualquier día del año. Eso les hace reír.

¿Siempre está de buen humor?

Es algo que aprendí de pequeño. Mi abuelo materno, Pepe Peña, de origen portugués, era payaso en el Circo Price de Madrid. Mi infancia estuvo muy ligada a las locuras, malabares, piruetas y chanzas de mi abuelo. Yo crecí en ese ambiente. El 80% de lo que soy lo aprendí de él. Y una cosa que aprendí es que yo puedo estar triste, pero tú no debes notarlo.

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