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«El trasplante llegó rápido, pero el riñón no funcionó hasta pasadas dos semanas»

«La donación es algo bueno, salva vidas. Deberíamos concienciarnos más para ser más solidarios», asegura Manuel Martínez Pérez, trasplantado de riñón

Vigués y colaborador de la asociación Adrovi, estuvo en Pontevedra para celebrar el Día Nacional del Trasplante en un acto ante el Hospital Provincial

Manuel Martínez Pérez, ante el Hospital Provincial de Pontevedra.

Manuel Martínez Pérez, ante el Hospital Provincial de Pontevedra. / RAFA VAZQUEZ

Pontevedra

A Manuel Martínez Pérez, de 72 años y vecino de Vigo, no se le olvidará nunca la fecha del 11 de diciembre de 2011, cuando recibió un riñón a través de un trasplante. «Además de ser una fecha capicúa, te queda grabada en el cuerpo a fuego. Es una vida nueva y un sueño nuevo. La esperanza de que, una vez realizado el trasplante, todo salga bien, es como empezar la vida de cero», afirma. El vigués estuvo ayer en Pontevedra con la asociación Adrovi, de la que forma parte, para celebrar el Día Nacional del Trasplante.

En el Día Nacional del Trasplante, ¿qué significa recibir el órgano de otra persona?

Además de una ilusión, la esperanza y la comunicación con la familia y los amigos, se adquiere una cierta responsabilidad, por lo menos en mi caso, hacia la sociedad, quedando, de alguna forma, sujeto a la concienciación de que la donación es algo bueno, que salva vidas. Deberíamos concienciarnos más para ser más solidarios.

Remitiéndonos al inicio de su caso, ¿cómo comenzó el proceso por el que necesitó un riñón?

Realmente, yo no me encontraba nunca mal. Empecé a trabajar con 22 años en el sector naval, en el astillero de Barreras. El trabajo era muy duro. Eran muchísimas horas. Eran los años 70 y la vida era totalmente diferente a la de hoy. Todo era trabajar, trabajar, trabajar y nada más. Llegó el momento en el que en una revisión para el carné de conducir el médico del psicotécnico me dijo que tenía la tensión alta, que hablara con mi médico de cabecera. Este me derivó a una sección que se acababa de abrir en el Hospital Xeral de Vigo, una unidad de hipertensión, con los doctores González y Sobrado Eiján. Aguanté bastantes años con la tensión en tratamiento y, por decirlo de alguna forma, en una prediálisis. Así aguanté desde los veintipico hasta los 59 años, más o menos, cuando me trasplantaron el riñón.

"La donación es algo bueno, que salva vidas. Deberíamos concienciarnos más para ser más solidarios"

¿Tuvo que retirarse de trabajar?

No, estaba en activo, pero por circunstancias de una reestructuración laboral en la empresa fuimos al paro y, a continuación hicieron jubilaciones anticipadas. Primero recibí diálisis peritoneal, que es menos invasiva y a través de un catéter en la parte baja del estómago. Cuando llevaba un año con ella, me encontré muy mal, que casi me asfixiaba. El peritoneo se había roto y me habían pasado tres litros de líquido a los pulmones. Inmediatamente me quitaron los líquidos y me pusieron un catéter provisional en la parte izquierda del hombro para empezar la hemodiálisis. Fueron casi tres años con los distintos tipos de diálisis.

Y llegó el momento del trasplante. ¿Fue bien desde el principio?

El trasplante vino rápido y a una hora intempestiva, a las dos de la madrugada. Me fui a A Coruña un sábado y el domingo por la tarde me trasplantaron. El lunes ya pasé a planta, pero el riñón no iba, estaba absolutamente parado. Tuve que volver a empezar en el propio hospital de A Coruña unas sesiones de hemodiálisis y, además, me hicieron una biopsia. Me aplicaron una medicación varios días. Me empezó a funcionar al cabo de unos 15 días.

"Cuando mi familia se iba al hotel yo me venía abajo en la habitación del hospital y lloraba: me metía debajo de las sábanas y no hacía otra cosa"

Es decir, que la oportunidad de su vida se convirtió en un susto enorme.

Fue un susto muy grande. Yo siempre he sido una persona muy sensible y como veía que la cosa no avanzaba, cuando mi familia se iba al hotel yo me venía abajo en la habitación del hospital y lloraba: me metía debajo de las sábanas y no hacía otra cosa. Me desahogaba. Por suerte, a las dos semanas empezó a funcionar perfectamente hasta el día de hoy, con la salvedad de una infección por un virus al mes, que superé.

¿Cómo entró en contacto con la asociación de donantes y receptores de órganos de Vigo, Adrovi?

Porque no me salía de la cabeza que tenía que hacer algo para pagar lo que debía. Yo ya tenía relación con Alcer durante la hemodiálisis, pero con ellos no tenía opción de colaborar en la calle. Un día me encontré con Celso García, el presidente de Adrovi, en un centro comercial, y le comenté el caso. Rápidamente me dijo que podía colaborar con él y congeniamos muy bien. Seguimos siendo pocos, pero colaboramos con charlas, salidas a la calle. Para mí es una alegría, una satisfacción y me voy contento. A veces vuelvo con dolor de piernas a casa, pero con la satisfacción se me pasa. Hemos hecho muchos miles de carnés de donantes, porque trabajamos mucho, sobre todo antes de la pandemia, cuando recorríamos muchísimo la provincia.

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