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Faro de Vigo

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Una serie de agresiones atemoriza al vecindario de Cantodarea y obliga a reforzar la presencia policial

Vecinos de Cruceiros, en el municipio de Marín, denuncian el “tormento” causado desde hace unos meses por una familia, con ataques de todo tipo | Se han presentado ya varias denuncias pero “no nos dan una solución”

Grupo de vecinos afectados en el barrio de Cruceiros, en Cantodarea. | // RAFA VÁZQUEZ

“Infierno” y “desolación” son algunas de las palabras más utilizadas los últimos meses en la calle Cruceiros, en pleno corazón del barrio marinense de Cantodarea, tras la sucesión de agresiones verbales y físicas propinadas a los vecinos por parte de una familia instalada allí desde hace meses. Aunque se apuntó inicialmente que podrían ser unos okupas, lo cierto es que esta familia está alquilada en una casa, pero desde su llegada la convivencia en el barrio se ha visto muy afectada.

La situación, según los propios afectados, ha escalado hasta ir más allá de un conflicto vecinal, en una espiral del miedo que ha sustituido la convivencia pacífica por un calvario para los que hacían vida normal en las viviendas de esta calle de Cantodarea. Sin embargo, nadie tiene conocimiento del origen y la causa de estos comportamientos violentos con cualquiera que cruce por la calle donde está situada la casa. Los afectados denuncian puertas y cristales rotos, agresiones con armas caseras, desperfectos de todo tipo en los vehículos y vejaciones reiteradas hasta rozar el acoso en algunos casos.

Calle en la que se produjeron los altercados. GUSTAVO SANTOS

Esto ha provocado una oleada de denuncias y una movilización vecinal por parte de asociaciones del barrio como A Fonte, pero también ha generado el silencio y el pavor de una parte amplia de la comunidad, aterrada por el simple hecho de salir de sus casas y obligada, en ocasiones, a dar toda la vuelta por otros caminos para llegar a sus domicilios ante las amenazas.

Así lo explica Mari Tarrida, miembro de la asociación de vecinos, que denuncia que llevan meses trasladando el asunto a las autoridades sin mucho éxito, con el temor de que tenga que ocurrir una desgracia mayor para que se tomen cartas en el asunto. “Hace siete meses que empezaron las agresiones, una tras otra, verbales y físicas, y ya ha pasado de castaño a oscuro. El Partido Socialista lo llevó a pleno, pero no vemos soluciones, porque en las reuniones que tuvimos hace tres meses con la Policía Nacional y el Concello nos dicen que no las hay, que tenemos que aguantar. Es una resignación, porque esto va a peor”, señala Tarrida, que critica la falta de empatía que hay por parte de las instituciones.

“Hace siete meses que empezaron las agresiones, una tras otra, verbales y físicas, y ya ha pasado de castaño a oscuro".

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Por parte de la Policía Nacional se ha intensificado la vigilancia en la zona con patrullas a pie, mientras que la Policía Local, por su parte, aboga porque los vecinos sigan denunciando estas conductas y confíen en los cauces legales, aunque reconocen que ya no es un simple conflicto vecinal.

Sin embargo, los residentes se sienten indignados ante una protección que consideran insuficiente y los motivos que se les han dado para ello. “La Policía pasa por aquí, pero nos dijeron que no pueden pasar mucho, porque los pueden denunciar por acoso”, comenta Geni, agredida en varias ocasiones y asustada por el daño que puedan sufrir sus hijos. “Yo nací en esta casa. Me crié aquí y mis hijos igual. Yo no me tengo que marchar de aquí y no me va a echar nadie”, asegura.

Alberto y Geni, matrimonio afectado. GUSTAVO SANTOS

Alberto ya presentó ocho denuncias: “Nunca pasé por un infierno como este”

Para Alberto y Geni, matrimonio afectado por las agresiones, Cantodarea era un paraíso hasta hace unos pocos meses, el lugar en el que se querían retirar, él tras más de tres décadas trabajando en Suiza y ella, en el barrio en el que se había criado, en la casa en la que había nacido.

Sin embargo, la irrupción de esta familia que atemoriza al barrio ha convertido esa vida apacible en un calvario.

En el caso de Alberto, que califica la situación como “el mayor infierno que he pasado” en los 31 años que lleva en el barrio, las agresiones físicas llegaron tras un aporreo incesante de la puerta de su casa. Su hijo, que había visto desde la ventana como uno de los vecinos traía un hacha y otra arma blanca, salió a la puerta y recibió, junto a su padre, varios golpes en las piernas y el rostro.

La situación tras la primera agresión fue todavía más dantesca para esta familia, ya que, después del incidente, llegaron al centro de salud de Marín para recibir atención médica y se reencontraron con el grupo que los había asaltado, que argumentó que habían sido atacados y golpeados en una muñeca y un tobillo.

“En el centro de salud estaban a mi lado, insultándome. Y mi hijo pidió al celador que llamara al 091, pero este le dijo que no pasaba nada. Tuvo que encerrarse mi hijo en el baño para llamar al 091”, recuerda Geni.

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“En el centro de salud estaban a mi lado, insultándome. Y mi hijo pidió al celador que llamara al 091, pero este le dijo que no pasaba nada. Tuvo que encerrarse mi hijo en el baño para llamar al 091”, recuerda Geni.

Esta pareja también recuerda otros incidentes muy graves que ya han llevado a la justicia hasta en ocho ocasiones, como disparos con escopetas de balines, atropellos, palizas, amenazas y persecuciones a pie y en coche, llegando a desplazar en marcha su vehículo fuera de la vía.

“El otro día, timbraron varias veces. Me asomé y no había nadie. En otro momento que volvieron a timbrar, abrí la puerta. No piensas que puedan entrar en tu casa y te puedan agredir, pero pasó y me golpeó en el torso y en las costillas. Y cuando bajó mi marido le dieron en el ojo”, asegura la mujer, que vuelve ahora todos los días a casa con el vídeo del teléfono activado por precaución. Su hijo, golpeado y perseguido en varias ocasiones, recibe atención psicológica.

“No queremos una indemnización, queremos vivir tranquilos y que se nos respete. Que podamos abrir la puerta de casa sin miedo. Es un sinvivir”, explica Alberto, al mismo tiempo que pide que la vecindad de Cantodarea se mantenga unida para evitar que el miedo siga propagándose por sus calles.

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