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Ramón Iglesias, un maitre de lujo

Empezó como botones en un hotel de Oporto, estuvo al frente del Universal y el Europa, de Vigo, y alcanzó la excelencia con el Restaurant de la Estación

Ramón Iglesias Alonso, un maitre tres estrellas. // FOTO: Archivo familiar.

Ramón Iglesias Alonso adquirió en su tiempo, al frente del Restaurant de la Estación, un enorme prestigio social en esta ciudad por su buen hacer y saber estar. En suma, un maitre de lujo, entendido como la persona que lo supervisa todo y responde del buen funcionamiento del local. Tan codiciado estatus llegó no sin merecimiento, tras media vida de largo caminar y duro trabajo, aquí y allá, desde su más tierna adolescencia.

Con apenas doce años, Ramón dejó su casa natal en Soutomaior y marchó a Oporto con la intención de convertirse en un hombre de provecho, bajo el tutelaje providencial de un matrimonio sin hijos, doña María y don Emiliano, que poseían una enorme fortuna. Ellos se encariñaron con el niño y en su hotel Vidal Constantino de aquella ciudad portuguesa empezó como botones o chico de los recados. Esta circunstancia marcó el rumbo de su vida.

Allí aprendió el oficio, que al volver a Galicia desarrolló con brillantez en los hoteles Universal y Europa, entre los mejores de Vigo, propiedad de Joaquín Rodríguez Lourido, otro hombre rico que por azar del destino pronto se convirtió en su suegro, al casarse Ramón con su hija Soledad. El matrimonio buscó su independencia sin tutelaje y se trasladó a vivir en Pontevedra, donde ya estaba su hermano mayor Pedro al frente del Hotel Madrid.

Ramón asumió en 1922 la dirección del Restaurant de la Estación del ferrocarril, una concesión obtenida por su suegro, de quien obtuvo el traspaso. Este local alcanzó pronto un notable prestigio (tal y como contamos el pasado domingo), que se personificó en Ramón como propietario. Precisamente ese renombre obtenido de buen grado lo llevó a formar parte de la corporación municipal a mediados de 1924.

Ramón asumió en 1922 la dirección del Restaurant de la Estación del ferrocarril, una concesión obtenida por su suegro, de quien obtuvo el traspaso

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La Dictadura de Primo de Rivera promovió una amplia renovación de los ayuntamientos a base de gente no significada con el anterior Régimen, de honestidad probada y buena reputación. Él encajó en ese perfil a la perfección.

Ramón Iglesias entró en el Concello cuando Eusebio Lerones resultó elegido alcalde, y formó parte de la comisión de Policía Urbana. Amigo del ordeno y mando como general retirado, don Eusebio trató de manejar a su corporación a golpe de corneta, una actuación errada que pronto se volvió en su contra. Al cabo de tres meses no tuvo otro remedio que presentar su dimisión tras el rechazo general observado.

Ramón no dispuso de tiempo aquellos días para hacerse notar en el Ayuntamiento. Sin embargo, el gobernador civil, Saz de Orozco, lo incluyó otra vez en la nueva corporación presidida por Mariano Hinojal. En esta ocasión, Ramón ganó mucho pesó, porque resultó elegido quinto teniente de alcalde, miembro de la Comisión de Gobierno -núcleo duro de la política municipal-, y delegado de Abastos, Jardines, Incendios y Cementerios.

Un informe suyo avaló una solicitud del Ayuntamiento para la puesta en marcha de un segundo tren correo entre Pontevedra y Madrid, con salida a las ocho de la mañana y llegada a las siete de la tarde. Y como delegado del cuerpo de bomberos, influyó cuanto pudo sobre el alcalde para mejorar el servicio y adquirir su primer coche-bomba de verdad.

Además de preparar los banquetes de la visita de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, así como del jefe del Gobierno, Primo de Rivera, hizo lo propio Ramón Iglesias con otro almuerzo de tronío al vicepresidente del consejo de ministros, Severiano Martínez Anido, un hombre de mucho peso en la corte madrileña, al que Pontevedra rindió interesados honores.

El Restaurant de la Estación convirtió a Ramón Iglesias en un hombre enormemente popular, que supo cultivar muchas y buenas amistades

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Para una ocasión tan especial, Casimiro Gómez cedió el balneario de Monteporreiro, donde Martínez Anido desembarcó tras un paseo por el río Lérez, la forma que tenían los pontevedreses de agasajar a sus visitantes más ilustres. A los postres de aquel opíparo banquete, el alcalde Hinojal trasladó al súper ministro los anhelos de este pueblo: el primero de todos, la subasta de las obras del tren Pontevedra-Marín, tramo inicial del llamado Ferrocarril Central Gallego. Aquel macro proyecto que conectaba Galicia de Norte a Sur estuvo durante mucho tiempo en boca de todos, pero nunca llegó a realizarse.

Aprovechando su doble condición de concejal y hostelero, Ramón arrimó la ascua a su sardina y jugó un papel destacado en la fundación de la primera sociedad de Hoteleros, Fondistas y Similares. Una reunión en el Concello sirvió de marco a la aprobación de su reglamento de funcionamiento. Tras recibir su autorización, la primera actividad de la nueva entidad fue rendirle un homenaje de gratitud por todos sus desvelos.

Lamentablemente, el doctor Enrique Marescot, otro buen amigo suyo, fue quien no tuvo más remedio que darle la peor noticia sobre su estado de salud, un diagnóstico fatal: Ramón tenía un cáncer incurable

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La elaboración del presupuesto del Ayuntamiento para 1929, encomiable trabajo que compartió con Manuel Lesteiro y Lino Corbal, constituyó su último servicio público como teniente de alcalde. El presupuesto rondó el millón de pesetas (exactamente 952.040,93), luego ajustado al alza por la nueva corporación de Remigio Hevia.

El Restaurant de la Estación convirtió a Ramón Iglesias en un hombre enormemente popular, que supo cultivar muchas y buenas amistades. Aquí podría decirse aquello de que del Rey abajo, todos. Para botón de muestra, el magnífico venado que le regaló en cierta ocasión don Casimiro Gómez. Ni corto ni perezoso, él lo exhibió en su escaparate y anunció su preparación al día siguiente para servirlo como plato especial. Mejor publicidad, imposible.

Lamentablemente, el doctor Enrique Marescot, otro buen amigo suyo, fue quien no tuvo más remedio que darle la peor noticia sobre su estado de salud, un diagnóstico fatal: Ramón tenía un cáncer incurable y la medicina no podía hacer nada por salvarle la vida.

A falta de un tratamiento para aquel mal, el buen médico le recomendó tranquilidad y reposo en su casa de Soutomaior, rodeado de familiares y amigos, y alejado del trajín diario del Restaurant de la Estación, que quedó a cargo de su fiel Ramón Lorenzo.

Así recuerda hoy su nieta, Teté Hernández -que goza de una asombrosa memoria-, los últimos días de su abuelo Ramón, departiendo con sus amigos galenos, de Crescencio González a Nuño Gallas, pasando por Gastañaduy o el propio Marescot. Nunca dejaron de visitarlo con cierta frecuencia hasta su fallecimiento a principios de 1941.

Con Soutomaior en el corazón

Ramón Iglesias Alonso nunca renegó de su origen humilde y llevó siempre en el corazón a su Soutomaior natal. A pesar de vivir y trabajar principalmente en Oporto, Vigo y Pontevedra, jamás perdió de vista ni se desligó de su tierra natal. Cada vez que tuvo oportunidad volvió a su casa de Romariz, no muy lejos de las preciadas aguas -entonces, no tanto ahora- del río Verdugo. Él fue uno de los impulsores de la Escuela de Soutomaior, de donde salieron y se forjaron tantos y tantos buenos cocineros y camareros a lo largo de todo el siglo pasado. Muchos de ellos siguieron en su juventud el mismo camino que el propio Ramón hacia Portugal, sobre todo a Oporto y Lisboa, cunas del buen servir y mejor comer. Medio en broma, medio en serio, podría decirse que en su Resturant de la Estación solo hubo lugar, tanto en la cocina como en el comedor, para el personal de Soutomaior. Allí se sintieron unos y otros como en su propia casa. Cuando se lanzó el proyecto del gran matadero rural de Porriño, que contó con el apoyo explícito del general Primo de Rivera, consideró Ramón que ofrecía una buena oportunidad para mejorar la maltrecha economía de sus queridos paisanos. Por esa razón, ayudó en su promoción y se volcó después en la creación del Sindicato Agrícola de Arcade, con la finalidad de conformar un núcleo de referencia para el abastecimiento de dicho matadero. Por otra parte, Ramón Iglesias realizó en su pueblo, al igual que su hermano Pedro, una meritoria labor filantrópica. Precisamente de una donación suya nació la primera escuela infantil que tuvo Soutomaior en el lugar de Romariz y que llevó su nombre en señal de gratitud. Igualmente cedió un gran terreno que luego se acondicionó como campo de la feria. Ramón ejerció como gran conseguidor de cuantas peticiones recibió de la gente más humilde y necesitada en aquel tiempo, merced a sus buenos amigos y a sus notorias influencias entre los distintos estamentos políticos.

El homenaje de los hosteleros

Solo unos días después de finalizar su mandato como teniente de alcalde, la sociedad de Hoteleros, Fondistas y Similares, anunció la celebración de un banquete en honor a Ramón Iglesias Alonso, en señal de reconocimiento a la labor realizada durante su estancia en el Ayuntamiento. La convocatoria produjo una doble satisfacción al homenajeado, al provenir de su propio gremio; es decir, de sus innumerables amigos, pero obviamente también de sus competidores directos en algunos casos. Para la realización del banquete se eligió el Hotel Antigua Estrella, ubicado al comienzo de la calle Andrés Muruais, casi haciendo esquina con Andrés Mellado, y frente a la Estación del Ferrocarril, donde estaba el afamado restaurante de Ramón Iglesias. El almuerzo se fijó para el domingo 9 de diciembre de 1928 y el precio del cubierto ascendió a diez pesetas. Llegado el día del homenaje, unas bombas de palenque anunciaron la llegada al comedor de Ramón en medio del jolgorio general y al son de la Banda Popular, que hizo acto de presencia y amenizó todo el almuerzo. A la hora de los parlamentos, intervino en primer lugar Ángel Salgado, propietario del Hotel Comercio, quien ofreció el agasajo en nombre de la sociedad, y habló luego José Viñas del Monte, propietario del Hotel Progreso, para resaltar los méritos contraídos por el homenajeado. La nota entrañable del almuerzo corrió a cargo de su amigo de por vida y concejal en la misma corporación, Tomás Fernández, que regentó el Hotel Europa y luego el Hotel Moderno. Y cerró las intervenciones Nicanor Ruibal, concejal de Soutomaior en representación del alcalde, cuyo Ayuntamiento quiso sumarse también a aquel cariñoso acto de reconocimiento a su ilustre paisano.

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