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La diversión ya no es rentable

Los centros de ocio infantil reabren este mes entre estrictas medidas de seguridad y con gran incertidumbre sobre su futuro

Una niña tirándose por uno de loslos toboganes del centro de ocio Mountain House. Gustavo Santos

Después de un año y medio de incertidumbre, el ocio infantil empieza a ver la luz al final del túnel. El alivio de las restricciones sanitarias por la pandemia de COVID está facilitando la reactivación del sector, que este mes de octubre lo empezó con varias reaperturas de locales en la ciudad. Aún así, sin la repercusión mediática que sí han logrado otros sectores y con los exigentes protocolos de seguridad que tienen que asumir, un gran número de parques infantiles se han visto obligados a cerrar y, en el mejor de los casos, a sobrevivir gracias a la ayuda de los propietarios de los locales en los que desarrollan su actividad.

Planet Azul Park, en Eduardo Pondal, y Flipo Park, en Echegaray, son dos de los centros de ocio que reabrieron el pasado 1 de octubre en Pontevedra. Aforos limitados al 75%, grupos burbuja y una sola fiesta de cumpleaños al día son, además de las constantes desifecciones que tienen que llevar a cabo, algunas de las medidas que deben cumplir para poder llevar a cabo su actividad. “El protocolo es muy estricto y por ahora todavía no compensa abrir”, lamenta Raquel Outeda, propietaria de Planet Azul, que en los últimos meses ha tenido que encadenar diferentes trabajos temporales ante la incerteza de cuándo podría reabrir para poder salir adelante.

“Cerramos el 12 de marzo, ahí ya dejamos todo cancelado. Las pérdidas han sido terribles, porque no tuvimos ingresos, pero seguimos teniendo gastos, como el alquiler del local, autónomos e impuestos, y no recibimos ninguna ayuda. Nuestro sector ha sido totalmente olvidado en la pandemia. Tuve que optar por otros trabajos y tirar de ahorros para sobrevivir”, relata.

Entre semana, el negocio permanece principalmente cerrado al no tener reservas, una situación que cambia el fin de semana, pero aún así, al no poder celebrar más que una fiesta al día, no es rentable. “Los niños tienen ganas de volver, pero los padres todavía son algo reacios, aún no se fían y tenemos pocas reservas”, comenta.

Desde el inicio de la pandemia se calcula que el sector ha sufrido una fuerte bajada en su facturación, alcanzándose hasta un 90% de pérdidas en muchos casos. Las condiciones en las que se produce ahora la reapertura de muchos locales no permiten a los empresarios ser demasiado optimistas, pero confían en que se vayan adaptando poco a poco las medidas de seguridad para que la actividad sea algo más rentable.

El otro mal contra el que tienen que luchar es con la desconfianza de muchas personas que todavía son reacias a compartir espacios cerrados con demasiada gente. En este sentido, Outeda recalca que en sus instalaciones se cumplen estrictamente todas las medidas de seguridad, como “la desinfección de todas las superficies cuando terminan los cumpleaños y la distancia de seguridad entre personas, porque no se juntan grupos”. Además, también se desinfectan los zapatos de todos los niños y niñas, se vigila que utilicen mascarilla y hay ventilación constante en el local. Por todo esto, la propietaria de Planet Azul Park pide “un voto de confianza” a los padres.

En plena pandemia, el 11 de diciembre de 2020, Jandri Fernández abrió Mountain House, en la N-550 a la altura de Bértola. Su ambicioso proyecto se acabó convirtiendo en toda una aventura. “Abrimos cuando estaba todo el ocio cerrado solo con la parte de hostelería, con encargos a domicilio. En abril pudimos abrir la zona de ocio con grupos burbuja y un cumple por turno o día”, explica la propietaria de esta nave de alrededor de 2.000 metros cuadrados en la que hay toboganes –”creo que son los más grandes que hay por aquí bajo techo, tienen 5 metros de alto”–, pista americana de tres pisos, un hinchable de 15 metros cuadrados, pista de fútbol, zona pedagógica, zona de lectura, comedor y pista de karts.

Fue muy difícil sobrevivir, porque tuvimos que seguir pagando el alquiler, que para un local tan grande es elevado, y también al personal; pasamos de ser tres personas a 13, el gasto en sueldos también es grande. Tuve que hacer un gran esfuerzo personal, pero fuimos creciendo poco a poco”, comenta Jandri, que reconoce que “en el verano tuvimos un bajón por culpa de la quinta ola, con la que no contábamos”.

Por las dimensiones de su local, puede albergar dos cumpleaños a la vez, separados en grupos burbuja, con un aforo máximo de 100 niños. “Por ahora no barajo esa cantidad. En las dos últimas semanas hemos tenido un máximo de 50 niños por día”, comenta la propietaria de Mountain House, que lamenta que “la incertidumbre sigue siendo total. Por las restricciones que tenemos, por ahora no es rentable abrir, pero tenemos que ir recuperando poco a poco nuestra vida y la confianza”.

Niños jugando ayer en una zona pedagógica.

El gran reto: recuperar la confianza de los padres

Además de las estrictas medidas de seguridad, especialmente en lo referido a aforos y cantidad de fiestas que se pueden realizar a la vez, el gran problema al que se enfrentan los centros de ocio infantil es a la desconfianza que todavía hay entre algunos padres, reacios a compartir espacios cerrados con mucha gente ajena a su círculo familiar.

“Notamos que todavía hay miedo al COVID entre la gente”, admite Jandri Fernández, propietaria de Mountain House. “Algunos padres nos piden exclusividad para los cumpleaños de sus hijos, que solo se celebre el suyo cuando en nuestro local, por aforo, podemos celebrar dos fiestas a la vez. También notamos que hay invitados que no vienen, por esa duda que hay todavía en las familias”.

Por ahora, los fines de semana están “completos” en este centro de ocio y entre semana tienen reservas, aunque algunas menos.


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