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Anxo Lugilde | Periodista, ensayista

“La depresión me ha humanizado cuando salí del armario y vi que eso ayudaba”

“Se conocen más las enfermedades raras que esta enfermedad de millones”

El periodista, analista político y ensayista Anxo Lugilde. | // G. SANTOS

La vieja compañera. Anxo Lugilde pidió prestada la metáfora a Xosé Manuel Beiras para abordar la durísima travesía de la depresión en este libro que presentó ayer en el Teatro Principal, otra “salida del armario” (como le gusta bromear) en la que estuvo acompañado por la psiquiatra y divulgadora Iria Veiga. Intentos de suicidio, ingresos hospitalarios, estigma social, falta de recursos públicos y general incomprensión son algunas paradas de esta obra que, como explica su autor, “es un escándalo: que se interese una editorial como Planeta puede que sea porque está bien escrito, no diré yo que no, pero en realidad es porque hay un vacío brutal en el conocimiento. Es una vergüenza que la sociedad desconozca todo de la depresión”.

–Le diagnosticaron la depresión hace 33 años ¿nunca desaparece?

–Quién sabe. He tenido periodos en los que no la sentía, seguramente estaba aparcada, pero como a mi siempre me ha vuelto (sonríe) hay que pesar que estaba al acecho, “á espreita”, que diríamos en gallego. Hay dos grandes líneas de interpretación sobre el futuro de un depresivo en un estadío avanzado como el mío, depresión mayor resistente al tratamiento conocido: la psiquiátrica, que tienes que estar medicado para siempre; y la de los psicólogos, que el futuro no está escrito, que con un buen manejo de las emociones, bueno (sonríe) sabiendo afrontar lo que te pase y con psicoterapia, puedes llegar a superarla.

La superé en 2019 con un ensayo clínico muy puntero en el Hospital del Mar de Barcelona... Con un fármaco experimental, la psilocibina, que es el principio de las setas mágicas.

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–¿Usted la superó?

–Sí, la superé en 2019 con un ensayo clínico muy puntero en el Hospital del Mar de Barcelona en el que fui seleccionado como cobaya (sonríe) porque con mi historial cumplía todos los criterios. Éramos como 200 en todo el mundo y con un fármaco experimental, la psilocibina, que es el principio de las setas mágicas.

–Es lo que se denomina la psiquiatría psicodélica…

–Si. Claro, no es que te tomes una seta mágica y te cures (sonríe), no, es con todo un trabajo médico psicológico anterior y posterior. Es una sola toma, tuve un viaje, estuve en el Titicaca, vi a mis troles casi hundirse en una barca, y yo iba en un barco grande que se iba llenando de gente y me iba dando consejos. Entre ellos, Castelao sobre todo. Yo hablé con Castelao (risas) y Castelao me leyó la cartilla. Salí de allí bastante transformado, luego con trabajo posterior (esa noche tuve que escribir una crónica para la sesión del día siguiente e ir haciendo el trabajo de integrar la experiencia) logré en noviembre de 2019 tenía un papel que hablaba de la remisión total, no tomaba pastillas y tenía una fuerza física tremenda, hice el Camino desde Ponferrada a Santiago en 7 días, cuando unos meses antes tomaba 11 pastillas al día.

Volví a caer como un rayo fulminante. Además no lo esperaba, porque el que estuvieses triste, poco animado y comunicativo en el verano de 2020, pues tampoco era tan raro, le pasaba a todos, y no lo noté

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–Y llegó la pandemia

–Antes había empezado a trabajar, caminaba entre 8 y 10 kilómetros al día y la pandemia lo paró todo. Como me dijo la fisio de Barcelona, caminar era mi prozac y me lo quitaron, y entre eso, la angustia que tuvo todo el mundo y algo que decía mi madre cuando yo era pequeño y me ponía enfermo, y es que “mi hijo es propenso”, pues entre todo eso y siendo propenso a la depresión, volví a caer como un rayo fulminante. Además no lo esperaba, porque el que estuvieses triste, poco animado y comunicativo en el verano de 2020, pues tampoco era tan raro, le pasaba a todos, y no lo noté.

la felicidad cesante es eso, todo lo que no disfrutas, porque es un tiempo absolutamente perdido, parado, detenido, en el que todo lo ocupa la depresión, es todo lo que habrías amado, viajado, disfrutado, leído, comido, bebido, o dormido sin pastillas

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–Es conmovedor su concepto de la felicidad cesante: ya no es lo que la depresión nos provoca, sino lo que nos roba

–Le agradezco eso. Yo diría que la vida del depresivo es la suma de lo que sufre y lo que deja de disfrutar. Lo que sufre es atroz, es muy difícil de explicar para quien no lo haya vivido y también ha habido durante mucho tiempo en la sociedad una total falta de ganas de conocerlo. Se conocen más las enfermedades raras que esta enfermedad de millones. La depresión tiene efectos físicos, a través de las somatizaciones, que es la materialización del dolor psíquico en el cuerpo en forma de contracturas, bloqueos cerebrales etc. El dolor es atroz, en una fase sentía como que tenía un cristal roto clavado en el pecho, y luego está la felicidad cesante. Es un concepto que se me ocurrió por analogía al lucro cesante (lo que dejó de cerrar un negocio que estuvo cerrado por la pandemia) y la felicidad cesante es eso, todo lo que no disfrutas, porque es un tiempo absolutamente perdido, parado, detenido en el tiempo, en el que todo lo ocupa la depresión, es todo lo que habrías amado, viajado, disfrutado, leído, comido, bebido, o dormido sin pastillas.

La psiquiatría es la “maría” de la sanidad pública, tiene un enfoque medicalizado muy nocivo y es un escándalo los pocos psicólogos que hay

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–En el libro identifica la depresión con el Tercer Reich

–Es un juego que hice: la depresión es una enfermedad totalitaria y el mayor ejemplo del totalitarismo era el régimen de Hitler. Eso me permitió construir el relato, que hay gente que le gusta más y otros que dicen que les sobra lo de la guerra. Yo creo mucho en la teoría del lector modelo de Umberto Eco, que dice que el texto es un mecanismo perezoso que vive de la plusvalía que el lector le da. Y esto del Tercer Reich es lo que me permite hilar el relato con acontecimientos de la II Guerra Mundial y me entretuvo muchísimo, pensando cada episodio, me sirvió para arrinconar a La vieja compañera y creo que aligera el relato. Porque el relato a palo de la depresión es muy duro.

–La pandemia ha situado la salud mental en el debate público ¿Tenemos ya que decir bien alto que la enfermedad mental nos atenaza masivamente?

–Sí, totalmente. Lo primero que tenemos que decir que la enfermedad mental es como cualquier otra, es una enfermedad que se da en el cerebro como otras se dan en el riñón o el hígado. Hablo de la depresión, porque es lo conozco, y hablo como usuario, porque siempre me negué a estudiar la depresión, lo siento mucho. Y lo siguiente que la psiquiatría es la “maría” de la sanidad pública, tiene un enfoque medicalizado muy nocivo y es un escándalo los pocos psicólogos que hay.

No compensa para nada el sufrimiento atroz y la felicidad cesante... Pero a mi ver un solo mensaje de una persona que dice que oírme le reconforta me causa una satisfacción enorme

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–¿Por qué se siente culpa?

–Es la educación cristiana, en mi caso mi padre fue cura, dejó los hábitos cuando lo mandaban al Vaticano. Fui a colegios de curas y monjas y eso pesa muchísimo. Y es que además creo que es un síntoma más de la enfermedad mental en sí. Hay también una hipersensibilidad, se suele decir que son personas altamente sensibles, lo que te lleva también a sentirte responsable (sonríe) de cosas que te superan, muchas veces generales. Y ver una sociedad injusta, que no puedes cambiar pero que también crees que no has hecho lo suficiente.

“Es un escándalo: que se interese una editorial como Planeta puede que sea porque está bien escrito, no diré yo que no, pero en realidad es porque hay un vacío brutal en el conocimiento. Es una vergüenza que la sociedad desconozca todo de la depresión”

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–¿Ha sacado alguna cosa buena de esa enemiga brutal?

–He de decir que no compensa para nada el sufrimiento atroz y la felicidad cesante, pero alguna cosa buena he sacado, sí. Soy bastante cartesiano númerico, hermano, primo, sobrino, hermano de economistas o de profesores de matemáticas, y en el colegio me llamaban computadora, y por una parte la depresión me ha humanizado. Y es lo más importante: me ha humanizado cuando he salido del armario y he visto que ayudaba a la gente. No era el objetivo principal, pensé que ayudaría a mucha gente, y al contrario, mucha gente dice que le ayudé. Y a mi ver un solo mensaje de una persona que dice que oírme le reconforta me causa una satisfacción enorme, compensa la exposición de parte de mi vida privada. Yo siempre había ido a lo mío, y fraternidad es eso, ayudar a los demás.

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