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El sonado desfalco que Lorenzo González perpetró en el Banco de España

El auxiliar de Caja en la sucursal de la entidad en Pontevedra se fugó en 1908 tras causar un agujero estimado en 200.000 pesetas

La sucursal del Banco de España en Pontevedra 
a principios del siglo XX en la calle Michelena.   | // PINTOS

La sucursal del Banco de España en Pontevedra a principios del siglo XX en la calle Michelena. | // PINTOS

A mediados de junio de 1908, algunos clientes y amigos comenzaron a echar en falta a Lorenzo González Fernández. Ni se dejaba ver en sus lugares más habituales de esta ciudad, ni tampoco estaba en su mesa de ayudante de Caja en la sucursal del Banco de España, en la calle Michelena.

Entonces se supo que había obtenido un permiso para desplazarse a Cea por enfermedad de su padre. Pero como los días pasaban y no regresaba, ni justificaba su retraso, alguien se desplazó hasta la villa orensana y se topó con una sorpresa mayúscula: ni su padre estuvo enfermo, ni Lorenzo viajó allí.

FARO despejó en exclusiva aquel misterio el día 27 al anunciar en su portada lo que pocos sabían, pero muchos temían: la confirmación de la fuga de Lorenzo tras cometer un desfalco inicialmente estimado en 200.000 pesetas; toda una fortuna. El periódico corrió aquel día de mano en mano y durante las dos semanas siguientes no se habló de otra cosa.

El desencadenante de la huida se atribuyó a un requerimiento del director recién llegado, Rafael Lenard y Larrea, quien solicitó a su empleado el ingreso en caja de 20.000 pesetas contabilizadas y no entregadas. Al día siguiente, Lorenzo adujo para ausentarse del banco una enfermedad grave de su padre y pies para que os quiero. Nadie volvió a verle el pelo.

"La persona más atribulada de Pontevedra por aquella malversación no fue otro que Camilo Lourido, popular camarero del restaurante de la Estación"

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“Lorenzo -contó FARO- era una institución en la casa. Lorenzo hacía paquetes de billetes por cuantía de mil duros o más, sin que nadie osase comprobar la cifra. Lorenzo recibía encargos de compra de papel del Estado en cifras de consideración por los comerciantes de Pontevedra y por los establecidos en pueblos de esta provincia, sin que ninguno pensase siquiera en requerirle un recibo. Los que entregaban las sumas, recibían el honor de que Lorenzo se encargase de hacer la operación que le encomendaban”.

Curiosamente, el primer descubierto constatado apuntó a fondos procedentes de una quiebra sonada en 1904 de J.M. Bofill Sociedad en Comandita, de Marín. El dinero resultante de varias subastas de bienes embargados había sido depositado en la sucursal bancaria, pero el síndico de la quiebra, Celestino Reguera, había firmado algunos cheques en blanco a nombre de Lorenzo para realizar pagos a acreedores aún pendientes y satisfacer determinados gastos. Otra muestra más de la confianza sin límite que despertaba aquel servicial empleado. Inicialmente se echaron en falta 21.000 pesetas sin justificar en dicha cuenta.

La persona más atribulada de Pontevedra por aquella malversación no fue otro que Camilo Lourido, popular camarero del restaurante de la Estación. Además de birlar su dinero, hizo lo mismo a varios de sus parientes.

El bueno de Camilo entregó siempre sus pequeños ahorros a Lorenzo con el fin de establecerse algún día por su cuenta o procurarse una tranquila jubilación. Y cuando en 1904 ganó 7.500 pesetas en un premio de la Lotería, igualmente delegó en Lorenzo para su cobro y posterior inversión en papel del Estado. En este caso, aseguró que el funcionario le había mostrado un resguardo de la operación, cuya falsedad se comprobó después.

Camilo Lourido cifró sus pérdidas globales en 9.000 pesetas. Una cantidad pequeña frente a las 65.500 pesetas de José Amoedo, un pariente suyo emigrado a Brasil desde donde había realizado envíos periódicos al camarero para comprar Deuda Pública. Y otro descalabro sufrieron sus cuñados Ramón y José Sobral, quienes entregaron a Camilo 5.500 pesetas con idéntica finalidad.

"Beato León, el sereno del barrio de San José, cuyo ámbito de actuación englobaba el último tramo de la calle de la Oliva, confirmó que había coincidido con Lorenzo la noche del día 13"

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En aquellos días negros, el goteo de víctimas de Lorenzo, tanto en la ciudad como en pueblos de los alrededores, creció y creció ante el asombro general: Benito Piñeiro Noya, de Marín, 25.000 pesetas; Camilo Vaqueira, de Pontecaldelas, 12.500 pesetas; el guardia municipal, Jesús Codina, 5.000 pesetas y los conocidos corredores de comercio Manuel Corbal y Francisco R. Arruñada también le habían confiado para su custodia bancaria el importe de las últimas recaudaciones, otra cantidad nada despreciable.

El camarero también fue el primero que presentó una denuncia contra Lorenzo González Fernández ante el Juzgado de Primera Instancia de Pontevedra. Su titular, Adolfo Riaza Grimaud, enseguida reconstruyó con bastante verosimilitud la escapada del fugitivo, después de tomar declaración a las últimas personas que hablaron y vieron a Lorenzo por última vez.

Beato León, el sereno del barrio de San José, cuyo ámbito de actuación englobaba el último tramo de la calle de la Oliva, confirmó que había coincidido con Lorenzo la noche del día 13. Incluso le invitó a tomar una copa de ginebra en su domicilio y allí pidió al sereno que lo despertase a las cuatro de la madrugada a fin de coger el tren con destino a Cea para visitar a su padre enfermo. A todos con quienes habló antes de marchase, contó la misma historia con absoluta naturalidad.

"Pero enseguida surgió el testimonio de un revisor, quien no solo vio al fugitivo, sino que charló con él durante algunos minutos en la estación de Monforte de Lemos"

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El sereno cumplió su encargo y acompañó a Lorenzo hasta que enfiló hacía la estación férrea. Beato León confirmó un detalle significativo: Lorenzo no portaba maleta ni equipaje alguno.

Inicialmente se creyó que Lorenzo había cogido el tren hasta Guillarei para luego dirigirse a Portugal y tomar después un barco en Oporto o Lisboa. Pero enseguida surgió el testimonio de un revisor, quien no solo vio al fugitivo, sino que charló con él durante algunos minutos en la estación de Monforte de Lemos. Desde allí, ambos siguieron distintos itinerarios. Y el revisor aseguró que Lorenzo había tomado el tren hacia A Coruña.

Al juez Riaza le faltó tiempo para dirigirse a las consignatarias de aquella ciudad y preguntar si habían despachado algún pasaje a nombre de Lorenzo González Fernández desde el día 15 de julio en algún barco rumbo a Sudamérica. Mientras tanto, la autoridad gubernativa cursó la correspondiente orden de la busca y captura del huido, sin ningún resultado positivo.

Por su parte, los hijos de Lorenzo contaron al juez la misma versión sobre el viaje de su padre a Cea, y juraron que desconocían su paradero real envueltos en lágrimas por su futuro incierto. Fue como si se lo tragara la tierra.

Aquel desfalco sonado resultó el primero registrado en la historia bancaria de esta ciudad.

Un hombre honrado a carta cabal

Hasta que hizo lo que hizo, Lorenzo González fue un probo empleado, que generó sobre su labor en el Banco de España una confianza sin límite. Además de efectuar las operaciones encomendadas sin el menor fallo o error en su ejecución; incluso cobrar luego los intereses correspondientes, que abonaba puntualmente. De ahí su crédito personal bien ganado en treinta años. A esa reputación intachable como empleado, sumó su buena imagen como padre ejemplar de familia numerosa con siete hijos. La muerte prematura de su esposa Carmen Rey Torres solo un año antes de su fuga, posiblemente tuvo mucho que ver con esa posterior deriva; con ella viva, quizá Lorenzo no habría caído en semejante deshonor después de tantos años sin la menor tacha. Eso barajaron o quisieron imaginar algunos de sus incontables amigos que no dieron pábulo a tan radical transformación. Otras personas cayeron en la cuenta de que fue desde la muerte de Carmen cuando Lorenzo comenzó a gastar “sin cuenta ni razón” y a vivir por encima de sus posibilidades. Después de empezar como ordenanza y subir algún peldaño en la sucursal bancaria, su sueldo como ayudante de Caja solo ascendía entonces a 125 pesetas mensuales, y percibía otra cantidad indeterminada como agente de La Unión y el Fenix. Lorenzo González pertenecía a diversas sociedades recreativa y en todas ellas había ocupado cargos directivos, como tesorero o como contador, que era lo suyo. Cuando se esfumó inopinadamente, formaba parte de las directivas de Recreo de Artesanos, Sociedad Artística Musical y Gremio de Santa Catalina. En fin, cualquier pontevedrés habría puesto por él la mano en el fuego. Lamentablemente, algunos terminaron chamuscados o quemados sin remedio.

Una entidad en boca de todos

El mal funcionamiento del Banco de España en Pontevedra estuvo en boca de todos desde que trascendió el desfalco cometido por Lorenzo González. La confianza ciega hasta entonces en una institución muy respetada sufrió un duro varapalo y todo fueron recelos y suspicacias en aquellos días negros. Un periódico se hizo eco del mosqueo entre alguna clientela por la práctica irregular de no aportar resguardo alguno en el momento de efectuar ingresos en cuentas a primera hora de la mañana, y retrasar su entrega hasta la tarde o incluso hasta el día siguiente, aduciendo la escasez de personal. “Este argumento -señaló el diario con mucha razón- no debe ser nunca un motivo para que a quien ingresa una cantidad se le deje de dar el recibo en el acto”. Entonces solo hacia un mes y medio que Jesús Lenard y Larrea había sustituido en la dirección de la entidad a Francisco Riestra López. Igualmente hacía quince días que el secretario Ángel Noriega había marchado a Ciudad Real para desempeñar allí la misma función. Al año siguiente, el interventor Vicente Pita se fue como director a Cuenca. De modo que entre su cúpula directiva solo Gregorio González Sánchez permaneció en su puesto de cajero. La Memoria del Banco de España de 1908 no hizo ninguna alusión al desfalco de Pontevedra, porque únicamente recogía sus pautas generales y sus cifras macroeconómicas, pero no entraba en detalles sobre sucursal alguna. Aquel quebranto económico hizo bueno el conocido refrán de “no hay mal que por bien no venga”, porque el nuevo director tuvo las manos libres para acabar con las malas prácticas. Luego Jesús Lenard marcó una época en el Banco de España en Pontevedra y gozó de una gran impronta social.

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