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Faro de Vigo

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La Alameda, forja ciclista

Las carreras empezaron a programarse en Pontevedra desde 1910, pero la afición fue tardía por falta de un club aglutinador y un corredor de referencia (2)

Una de las imágenes más antiguas que se conservan de carreras ciclistas en la Alameda. | // FOTO JOAQUÍN PINTOS.

El tránsito entre los siglos XIX y XX, con el fuerte impacto de la derrota en la guerra de Cuba, no resultó nada favorable al velocipedismo, ni de recreo, ni mucho menos de competición. Aquí vendría a cuento aquello de que el horno no estaba para bollos. No obstante, ese decaimiento en Galicia se dejó sentir de forma distinta en unos lugares más que en otros.

Pontevedra se quedó atrás, muy rezagada con respecto a las principales ciudades gallegas. Desde aquellos concursos de velocípedos en verano de 1889, aún tuvieron que pasar casi dos décadas para su repetición, ya como carreras de bicicletas, en el programa de las Fiestas de la Peregrina de 1906.

Ese retraso pudo deberse a la falta de un club o entidad que aglutinase a los aficionados al ciclismo y fomentase su práctica, tal y como sucedió en Vigo, Santiago, A Coruña y Ferrol. A causa de esa carencia, Pontevedra tampoco contó con un ciclista triunfador, capaz de hacer afición.

"Lo más curioso y significativo desde la perspectiva actual no resulta tanto quien venció en aquellas carreras, sino los nombres de los ciclistas inscritos para la prueba local, todos en edad de merecer"

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El primer signo de recuperación se produjo con la llegada del verano del referido año 1906, por iniciativa de la Sociedad Económica de Amigos del País, presidida por Ernesto Caballero, un hombre de ciencia, de gran talento y enorme prestigio. La asociación recreativa lanzó una llamada a todos los aficionados al ciclismo para acudir a una reunión el día 4 de junio, a primera hora de la noche, en su local social de la plaza del Teucro. Y de aquel encuentro salió nombrada una comisión representativa de las principales entidades locales, con el compromiso de organizar un critérium durante las próximas fiestas.

Por fin, la prueba ciclista se fijó para la tarde del 17 de agosto, sobre la pista de tierra que rodeaba la Alameda. Dos filas de palcos engalanados se levantaron para tan anhelada ocasión, que ocuparon las principales autoridades, junto a elegantes señoritas de las mejores familias. La Banda Municipal amenizó el evento con su mejor repertorio, bajo la dirección del maestro Quílez. Y el buen tiempo se sumó también al festejo deportivo.

Si en aquel certamen pionero de 1889 se formó un jurado inocente y animoso, que presidió Dolores Montero, señora de Eduardo Vincenti, al frente de distinguidas señoritas, en esta ocasión se optó por la competencia técnica de los señores Quiroga, Lescaille, Ruísuarez, Agra y Buceta que, además, contaron con el apoyo de diversos jueces: de salida, Evaristo Vázquez Lescaille; de llegada, César García Solís; de ruta, Francisco Riestra, Miguel Mon, Carlos Sanmartín y Antonio Varela, y de pista, Ozores, Carrillo y Castilla. Todos conocidos sportman y aficionados al ciclismo.

Lo más curioso y significativo desde la perspectiva actual no resulta tanto quien venció en aquellas carreras, sino los nombres de los ciclistas inscritos para la prueba local, todos en edad de merecer. A saber: Salvador Foronda, Bernardo Aboal, Víctor Lago, Fernando Sánchez, Rafael Varela, Celso Sánchez, Enrique Pérez, Félix Rojas, Rafael Saenz y José Lozano. Este último se alzó con el triunfo final por delante de Rafael Varela y Rafael Saenz, ganadores de las otras eliminatorias previas.

"Todo salió a pedir de boca, en suma; sin embargo, las pruebas ciclistas no tuvieron continuidad en Pontevedra hasta 1910"

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Tras dejar atrás aquella bendita adolescencia, la mayoría de ellos se convirtieron en hombres de provecho: Aboal llegó a alcalde; Varela tuvo un comercio muy próspero y Fontán ocupó un alto puesto en el Gobierno Civil.

Aquella carrera regional contó con la participación de ocho ciclistas vigueses, mucho más experimentados, mientras que Salvador Foronda y Enrique Pérez defendieron el pabellón pontevedrés sin la menor opción. Eduardo Posada, Guillermo Curbera y Rogelio Rivas, ocuparon los tres primeros lugares.

Todo salió a pedir de boca, en suma; sin embargo, las pruebas ciclistas no tuvieron continuidad en Pontevedra hasta 1910. Entonces se organizaron de nuevo por medio del periódico local El Progreso, que promovió un critérium en las Fiestas de la Peregrina, con un total de cinco carreras: dos regionales y dos locales, unas de resistencia de diez y seis vueltas a la Alameda, respectivamente, y otras de velocidad, de dos vueltas en ambas categorías, para concluir con el divertido juego de cintas como broche final.

El diario publicitó cuanto pudo en sus páginas el evento deportivo, con la finalidad de animar a la concurrencia y despertar una afición dormida. Muy comentada fue la publicación en sus páginas del listado de señoritas que donaron sus cintas para la prueba de habilidad, por su minuciosa descripción de adornos y bordados. Una soterrada competencia se abrió entre ellas por efectuar al concurso la aportación más vistosa.

"La afición al ciclismo en Pontevedra no llegó a consolidarse plenamente hasta la década siguiente, como contaremos el próximo domingo para cerrar esta miniserie"

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La convocatoria resultó un éxito puesto que reunió a un total de 43 corredores: 19 de Pontevedra; 7 de Vigo y 7 de Vilagarcía; 3 de O Grove y 3 de Tui; 2 de Ourense, y 1 de Santiago y otro de Marín. Un número pocas veces alcanzado en otras carreras.

Eugenio Montero Ríos, entonces presidente del Senado, encabezó la tribuna de autoridades, junto al gobernador civil, José Boente Sequeiros y el alcalde pontevedrés, Javier Puig Llamas. Las sillas se alquilaron por una peseta y se formaron hasta tres filas entre el público asistente. Y al frente del jurado estuvo Joaquín Segado, un portugués afincado en esta ciudad, presidente del Liceo Casino y delegado del Touring Club Hispano-Portugués, dedicado al fomento del turismo internacional. Evaristo Vázquez Lescaille y Marcelino Vázquez Giménez, completaron su composición como expertos.

El santiagués Honorio Méndez mostró su clase y fue el corredor más destacado del certamen regional, al ganar la carrera de resistencia y quedar en segundo lugar en la prueba de velocidad, por detrás del pontevedrés Raymundo Novás, muy aplaudido por su inesperado triunfo en casa y ante su público. En cuanto al ámbito local, Antonio Pérez venció en la carrera de velocidad, mientras que Jesús Martínez hizo lo propio en la carrera de resistencia. Por último, Miguel Fernández se alzó con el triunfo en el juego de cintas al reunir el número mayor.

A grandes rasgos, así comenzó a escribirse la historia de las carreras de bicicletas en el circuito de la Alameda durante las fiestas de la Peregrina, aunque tuvieron que superar no pocas vicisitudes en su inmediato devenir. El mal tiempo forzó su suspensión en 1912 y no pudieron reprogramarse otro día, y al año siguiente tuvieron que suspenderse por falta de participantes.

La afición al ciclismo en Pontevedra no llegó a consolidarse plenamente hasta la década siguiente, como contaremos el próximo domingo para cerrar esta miniserie.

El juego de cintas de colores

Los juegos de cintas de colores constituyeron el broche habitual de los critériums ciclistas pontevedreses, puesto que aportaban un toque de distensión y humor a la competición propiamente dicha, a modo de fin de fiesta. Además, su celebración requirió la implicación del sexo femenino que así contribuyó mucho a la popularización de las carreras. Mezcla de equilibrio y habilidad, el juego consistía en hacerse con el mayor número posible de unas bonitas cintas bordadas y terminadas en una pequeña anilla, que se colgaban sobre la pista, de lado a lado, a una altura conveniente. La falta de experiencia suscitó entre la prensa de la época una pequeña controversia sobre las características de las cintas, sobre todo en cuanto a la anchura debida. Pero el lío enseguida quedó zanjado al establecerse entre dos y tres centímetros en las bases fijadas por la propia organización. En síntesis, los participantes tenían que coger las cintas desde sus bicicletas, con una mano en el manillar y con un puntero en la otra, que introducían en las argollas de las cintas, por supuesto que sin pararse ni caerse. Los organizadores del primer critérium que en 1889 se celebró en la Alameda obtuvieron una magnífica respuesta entre las señoritas pontevedresas. La prensa local reseñó previamente los nombres de las donantes, una treintena al menos, que prestaron su entusiasta colaboración. Luego celebró el desarrollo del divertido colofón, aunque no recogió el nombre del ganador. Posteriormente, las carreras celebradas en 1906 incluyeron también un juego de cintas como punto final y el triunfador en este caso fue el vigués Guillermo Cubera, que sumó nueve en su haber.

Julio Senn, un mecánico pionero

El Anuario Riera, la guía comercial más completa de España, a principios del siglo XX, incluyó en Pontevedra solo dos establecimientos de bicicletas: uno de Josefa Iglesias, en la calle Real, y otro de Julio Senn, en la calle Andrés Mellado. La primera no tuvo mucha historia y se difuminó muy pronto; todo lo contrario que el segundo, bien conocido en esta ciudad como mecánico-electricista, seguramente el más competente de aquel tiempo. La venta y reparación de bicicletas por parte de Senn parece que fue algo ocasional, porque lo suyo de verdad fueron los coches, los motores y cualquier artilugio mecánico o eléctrico, tanto su venta como su alquiler o reparación. Solo en 1911 publicitó la venta de bicicletas y accesorios, además de motores y bombas eléctricas, así como la representación del automóvil suizo Turicum en el mentado garaje o en su local ubicado del número 12 de la calle Peregrina. Pero ni antes ni después insistió en la comercialización de bicicletas, que resultó en su ascendente trayectoria un negocio secundario. Precisamente su garaje-taller en el número 7 de Andrés Mellado, frente a los muelles de la Estación del ferrocarril, resultaba totalmente destruido por un incendio en 1915. El cuerpo de bomberos de aquel tiempo poco o nada podía hacer en casos semejantes, con material inflamable por medio. Pero Senn, hombre precavido, había asegurado sus pertenencias un año antes en La Unión y el Fénix Español con una valoración estimada nada menos que en 20.000 pesetas; una verdadera fortuna entonces. Esa circunstancia le permitió retomar una intensa actividad, incluida la representación de turismos y camiones Panhard franceses y Englebert belgas.


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