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Faro de Vigo

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Deberían ser eternos

Este año el Día de los Abuelos conmemora el reencuento con los niestos, tras del duro aislamento social forzado por la pandemia

José y Carmen juegan en el parque de Barcelos con sus nietas Sofía y Carla. | // RAFA VÁZQUEZ

Cuidan; protegen; lo comparten todo sin pedir nada a cambio; culturizan; regalan consejos y experiencia; hacen reír; y, por supuesto, deberían ser eternos. Son los abuelos, esas personas que lo dieron todo por sus hijos y ahora lo dan por los que vienen: sus nietos.

Ayer, 26 de julio, se celebró el Día de los Abuelos, una fecha ya de por sí especial en cualquier año, pero más aún este 2021, después de las restricciones al afecto y las distancias interpuestas por la cruel pandemia del coronavirus. Los abuelos, el colectivo más afectado por el virus, no sólo tuvieron que soportar el miedo a una enfermedad desconocida, sino que, además, tuvieron que hacerlo solos. Fueron condenados al aislamiento social, a un injusto confinamiento total del sentimiento de amor, ese que más se merecen y que, precisamente, ahora resurge en forma de abrazos, besos y paseos con sus nietos. El avance en la vacunación abrió la esperanza para ellos. Es momento de recuperar el tiempo perdido.

"Nosotros los criamos y pasamos la mayor parte del tiempo juntos"

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Un paseo por el centro de Pontevedra es suficiente para constatar que la felicidad ha vuelto al rostro de los mayores. Las mascarillas siguen haciendo invisibles las sonrisas, pero el amor es algo que traspasa fronteras y no hay forma de ocultar el brillo en los ojos de quien siente en su mano el cálido contacto de la persona a la que quiere. Este es el caso de José y Carmen, que acompañan de la mano, y paso a paso, a las pequeñas Sofía, de cinco años, y Carla, de dos, hasta la entrada del parque infantil de Barcelos. En su caso, julio es el primer mes que pasan con sus nietas desde el estallido de la pandemia. “Viven en Londres, porque sus padres trabajan allí. Solíamos viajar cada mes y poco para visitarlas, pero el COVID y las restricciones en los desplazamientos hicieron imposible que el pasado año nos reencontramos”, explicó José. Un periodo que recuerdan con tristeza ya que la distancia hizo “más duro” un año muy complicado para los mayores, y en el que la tecnología se erigió como la clave para mantener los contactos.

Así, tras más de un año solos, Carmen y José no quieren perder la oportunidad de celebrar este Día de los Abuelos disfrutando al máximo de las dos pequeñas. “Pasarán con nosotros tres meses, gracias a que los padres teletrabajan, y, aunque nosotros todavía seguimos en activo, tratamos de adaptar horarios para disfrutar de ellas”, contó Carmen. Y es que la agenda de Sofía y Carla nunca es más divertida que cuando están con sus abuelos. “Las llevamos al parque, a la piscina, de excursión por las fincas... queremos que se diviertan y disfruten cada momento”. Una dedicación que, además, va más allá de compartir experiencias, pues la cultura y la lengua son también parte del legado que estos abuelos tratan de dejar a sus nietas. “Ellas van a la escuela y hablan en inglés con sus profesores y compañeros, pero saben expresarse perfectamente en castellano. Cuando vienen a vernos tratamos de enseñarles costumbres y también la importancia del gallego”, declararon.

Rosa Filgueira con su nieto Manuel. Rafa Vázquez

Cerca de allí, frente al colegio de Barcelos, Rosa vigila atentamente a sus nietos mientras éstos se entretienen jugando bajo el sol del verano. Su caso es similar al de muchos abuelos y abuelas que cuidan de los pequeños de la familia mientras los padres trabajan. “Le hago la comida, los llevo al colegio o jugamos en el parque”, indica. Rosa tiene dos nietos: Manuel, de nueve, y Lara, de doce. Ella es una abuela todoterreno que incluso en los meses más duros de la pandemia estuvo siempre dispuesta a cuidar y ayudar a los pequeños. “Alguien tienen que cuidar de los niños, porque no se puede dejar de trabajar y eso nos ocupamos los abuelos”, explicó. La casa en la aldea, concretamente en Caldas de Reis, fue la formula que emplearon para aislarse de los brotes de coronavirus que se registraban en las ciudades. “Ellos viven en Vilagarcía, pero nosotros los criamos y pasamos la mayor parte del tiempo juntos”. Con responsabilidad y prudencia durante año y medio convivieron y ahora Rosa desea “que todo pase definitivamente y podamos volver a la normalidad”.

Carmen Carragal pasea a su nieta. Rafa Vázquez

Jugando con las palomas, en la Plaza de A Ferrería, Carmen pasea en su cochecito a su nieta Inés, de apenas nueve meses. “Esta es la primera vez que la veo desde que nació, en plena pandemia”, confesó. Y es que la pequeña vive con sus padres y su hermana mayor, llamada Carmen en honor a su abuela, en Vigo. “Solo la pude ver en el hospital, nada más nacer y es ahora cuando puedo disfrutar de ella”. Además, la abuela fue una segunda madre para su nieta mayor, de 19, “que ahora comienza la universidad”, y a la que espera, junto a la pequeña, “poder ver más a menudo”.

Un deseo compartido por todos los mayores. Poder disfrutar de sus nietos y de un amor sin limites, a la espera de tiempos mejores.

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