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Los pontevedreses, ejemplo de prudencia con la mascarilla

La mayoría de ciudadanos hizo gala de responsabilidad y optó por no sacarse el tapabocas el primer día sin uso obligatorio en exterior

Gente caminando por el centro de Pontevedra.  // RAFA VÁZQUEZ

Gente caminando por el centro de Pontevedra. // RAFA VÁZQUEZ

Pocas sonrisas se vieron ayer en Pontevedra, a pesar de ser el primer día sin uso obligatorio de la mascarilla en los espacios al aire libre. Parece que después de un año y medio conviviendo con el tapabocas, la costumbre, o la precaución, apartó a los pontevedreses de la idea de desprenderse de ellas. Y es que la situación epidemiológica se complica cada vez más en el área sanitaria de Pontevedra-O Salnés, que registra 176 casos activos, de los cuales 75 pertenecen a la Boa Vila, 16 más que la jornada anterior.

La nueva norma estatal dicta que sólo se puede prescindir de la mascarilla en espacios al aire libre y siempre que se pueda mantener la distancia de seguridad de metro y medio. Esto implica que en las calles y plazas más concurridas de la ciudad, como lo son Benito Corbal, Michelena o la Plaza de la Peregrina, la regla general siga siendo ver rostros semicubiertos.

Gente circulando correctamente en la dirección obligatoria en el Puente de A Barca. // R. V.

Uno de los puntos urbanos más delicados en cuanto al tránsito peatonal por su estrechez es el Puente de A Barca, que une al municipio pontevedrés con el de Poio. La responsabilidad fue con rotundidad protagonista en la pasarela, ya que la mayoría de la población respetó el circuito de paso de dirección única (que el Concello y la Policía Local de Poio han señalizado insistentemente con cartelería durante el último año para evitar cruces de personas en la misma acera) e hizo uso del tapabocas. Este municipio, con 30 casos activos, es la localidad que más incidencia acumula.

En las terrazas de hostelería fue donde peor se cumplió la normativa sobre el uso de mascarilla. // R. VÁZQUEZ

En las terrazas de la hostelería, pese a ser obligatorio su uso, fue donde más rostros descubiertos se vieron. Fueron numerosos los grupos de amigos disfrutando y compartiendo risas y aperitivos sin preocuparse en exceso de tener bien o mal colocado el cubrebocas.

También se vieron pocas bocas cubiertas en espacios amplios y naturales como la Illa das Esculturas. Muchos deportistas que acostumbran a entrenar por los senderos del pequeño islote optaron por prescindir de su uso, en un intento de evitar el incómodo sudor que provoca el calor del verano y la sensación de fatiga que dicen puede hacerse más acentuada con la mascarilla. En cuanto a los paseantes, aquellos que tomaban asiento a las sombra de algún árbol aprovecharon la distancia para deshacerse del cubrebocas, mientras que otros caminaban enfundados en ellas para evitar cruzarse con otras personas desprotegidos.

En la playa y en los parques infantiles

Las playas son otro de los enclaves más importantes en esta desescalada de mascarillas. En la playa fluvial del Lérez, bastante llena en la mañana de ayer a causa de las altas temperaturas, la imagen era la de un arenal en el verano del 2019. Como si la pandemia sólo fuese un mal sueño que se disipa con el sol del amanecer, pequeños y mayores, disfrutaron del sol y los baños sin rastro de mascarillas. Eso sí, con la correspondiente distancia de seguridad entre las toallas. Nadie podría llegar a explicar cómo tan sólo unas horas antes esa estampa sería impensable.

En el caso de los parques infantiles, los padres fueron más precavidos. Las personas jóvenes y los niños permanecen sin vacunar, lo que deriva en un llamamiento a la prudencia para desprenderse del cubrebocas en este sector social. Además, la variante delta del virus, más contagiosa y resistente a las vacunas, repunta en la ciudad del Lérez, asociada al brote de los estudiantes contagiados en las excursiones a Mallorca y fiestas de fin de curso.

Esta es la crónica del principio del fin de las mascarillas en Pontevedra. El verano de 2021 será un proceso de rehabilitación para muchos que ya se han acostumbrado a la incertidumbre y esa despreocupación, que ahora parece como de otra vida, no va a llegar de un día para otro.

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