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La huella del pasado en la fábrica del alumbrado

La casona fue primero matadero y carnicería, y después tuvo muchos usos hasta la Guerra Civil, de juzgado municipal a baile de tranca (1)

El mercado de la plaza de A Verdura, 
con la central eléctrica al fondo.  | // ZAGALA

El mercado de la plaza de A Verdura, con la central eléctrica al fondo. | // ZAGALA

“Reinando en España el rey católico Felipe II, nuestro señor, a los 69 años mandó hacer esta obra el señor licenciado don Melchor de Teves, del consejo oidor de su Real Audiencia, alcalde mayor del Reino de Galicia. Año 1595”.

Esta singular inscripción data la edificación de la casona que luego albergó la fábrica del alumbrado. Melchor de Teves fue un personaje muy notable en su tiempo, autor de un Proyecto de Ordenanzas Generales de la Villa en aquel mismo año, que desempolvó Casto Sampedro. Un amplio dintel con la citada leyenda permaneció encima de su puerta principal, hasta que la Dirección General de Arquitectura acometió su rehabilitación en los años 70.

El caserón ubicado entre las calles San Román y San Sebastián, acogió en su origen un matadero y una carnicería; es decir que se convirtió en el centro de comercialización de la carne. De ahí su doble significado histórico.

El cronista de la ciudad por excelencia, Prudencio Landín, contó para la posteridad con mucho detalle la puesta en marcha en aquel lugar de la nueva fábrica del alumbrado eléctrico en 1888 por iniciativa del marqués de Riestra. Pontevedra se convirtió en la primera ciudad de Galicia y la segunda de España que dispuso de tan maravilloso adelanto.

La Sociedad del Alumbrado Eléctrico de Pontevedra obtuvo del Ayuntamiento la concesión de la casona por un plazo de veinte años. Allí instaló el ingeniero gijonés Victoriano Alvargonzález su gran invento: “un sistema especial -explicaba- de montaje de máquinas de vapor y de dinamos para la instalación de alumbrado eléctrico”, y de allí partió el cableado de toda la ciudad.

Transcurrido ese período inicial con muchas quejas de los usuarios por los apagones frecuentes y devenidos de su carácter pionero, La Hulla Blanca tomó el relevo y firmó un nuevo contrato para el suministro eléctrico de la ciudad en 1909. Pero la nueva empresa instaló su central de referencia en la calle Sagasta, donde luego estuvo Fenosa mucho tiempo.

El alcalde Hevia reclamó a la eléctrica en 1929 la devolución del local en desuso

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El caserón permaneció cerrado y en desuso, hasta que el nuevo alcalde, Remigio Hevia, reclamó su devolución. La nueva corporación municipal acarició la idea de establecer un mercado cubierto para la venta de legumbres y frutas -hasta entonces al aire libre-, tanto por razones de higiene como de confort. Y Hevia pensó en la idoneidad de aquel local desaprovechado.

La Hulla Blanca no solo no puso ninguna objeción, sino que también dejó constancia escrita de su gratitud al Ayuntamiento por la cesión de la casona durante aquellos cuarenta años transcurridos desde el establecimiento de la fábrica eléctrica. Tras una diligente retirada de sus viejos enseres, la compañía entregó la dependencia municipal a su legítimo dueño el 8 de abril de 1929.

Con la llave en el bolsillo, el alcalde encargó un proyecto de rehabilitación al arquitecto municipal, Emilio Salgado, de cuya ejecución no existe constancia documental. Al parecer, enseguida se optó para agilizar su uso mediante un simple acondicionamiento, que efectuó por concierto directo Ángel García Arosa, un contratista pontevedrés bien conocido.

Al igual que ocurrió antes y después en otras muchas ocasiones, el cambio de corporación dejó la instalación de aquel mercado en tierra de nadie durante varios meses, hasta que finalmente se inauguró en una fecha muy señalada: el 24 de diciembre de 1930. Sin embargo, su actividad resultó efímera.

Desde el advenimiento de la República, hasta el estallido de la Guerra Civil, la antigua fábrica tuvo otros destinos varios, a caballo entre la necesidad y la improvisación. Los sucesivos munícipes en aquellos años efervescentes disintieron bastante sobre su utilización más adecuada, como si de un cajón de sastre se tratara, para cubrir algunas necesidades perentorias.

Desde 1931, el inquilino de su parte más noble fue el Juzgado Municipal, en tanto que la otra parte pasó por distintas manos. En 1933, el gobernador civil y el presidente de la Diputación plantearon sin éxito al Concello su cesión temporal para el alojamiento de los guardias de asalto recién llegados a esta ciudad. La corporación municipal aprobó poco después su alquiler en precario a Fernando Feijóo Martínez Monje para organizar bailes de tranca los días festivos, que no tuvieron mucho predicamento. Y el inmueble se alquiló luego al Sindicato de Productores de Semillas, una iniciativa singular que impulsó la Misión Biológica y que capitaneó con mucho acierto Daniel de la Sota.

Finalmente, el 30 de mayo de 1936, el alcalde García Filgueira firmó un contrato de arrendamiento de todo el edificio en favor de la Federación Cultural Deportiva Obrera, al precio simbólico de cinco pesetas mensuales. Hasta aquel día, el Sindicato de Productores de Semillas había pagado solamente por una parte 50 pesetas mensuales. Sin duda, la camaradería tenía un precio.

Con toda probabilidad, los asociados y deportistas de aquella entidad nunca llegaron a ocupar el caserón y se quedaron con la miel en los labios, tras el levantamiento militar que puso patas arriba todos sus planes.

El Concello depositó allí los bienes incautados a la sociedad Recreo de Artesanos tras su ocupación por la Jefatura de Falange, parece que no como consecuencia su republicanismo militante de los años anteriores, sino por una gruesa deuda de impuestos municipales. Eso se dijo entonces. La subasta pública de sus muebles y enseres, desde una radiogramola hasta un piano, pasando por la Enciclopedia Espasa, supuso la liquidación pura y dura de la legendaria institución.

La Guerra Civil también marcó un antes y un después para antigua fábrica del alumbrado eléctrico, que contaremos la próxima semana.

El derribo forzado de la chimenea inclinada

José González, un vecino del nº24 de la calle San Román, fue el primero en percatarse de la inclinación que sufría la gran chimenea de la antigua fábrica de la luz eléctrica. Entonces corría el mes de octubre de 1919 y la inquietud se apoderó rápidamente de las casas más próximas. La chimenea en cuestión, de forma abovedada y construida en ladrillo refractario, tenía una altura de 23,5 metros y lucía un pararrayos ya inservible. La corporación presidida por Javier Vieira tomó cartas en el asunto y solicitó un informe del director facultativo de Obras Municipales, Roberto Munaiz. Ingeniero industrial con diez años de experiencia, Munaiz dictaminó que no existía peligro inminente. No obstante, aconsejó por mera prudencia el derribo de la chimenea, puesto que estaba en desuso. Como su pronunciamiento no pareció del todo concluyente, el alcalde remitió el informe técnico al gobernador civil, Ernesto García, al tiempo que solicitó un segundo parecer del arquitecto provincial, Juan Argenti. Además, Vieira Durán se curó en salud y prohibió la circulación de carros pesados por todo el entorno de la vieja fábrica eléctrica como medida preventiva. Argenti constató en su informe “una deformación apreciable a simple vista” y propuso dos soluciones: bien la reparación o bien el derribo de la chimenea, dada su reseñada inoperatividad. Con ese pronunciamiento técnico encima de la mesa, el Ayuntamiento se inclinó por la segunda opción y reclamó a la empresa su demolición a finales del mismo año 1919. El cambio de corporación dilató un poco el asunto, pero enseguida saltó de nuevo a la palestra cuando los vecinos denunciaron la ejecución de obras a puerta cerrada en el interior de la fábrica, quizá con la intención de poner en marcha de nuevo sus viejas calderas por alguna razón desconocida. El pleno municipal presidido por Marcelino Candendo revisó el expediente instruido anteriormente y ante la alarma creada, cada vez más ostensible, acordó el desmontaje de la chimenea por su estado ruinoso. La Hulla Blanca, por medio de su gerente Enrique de Rojas, no negó la aseveración vecinal, pero explicó que solo pretendía garantizar el servicio eléctrico a la ciudad en caso de necesidad. Además, se mostró taxativo sobre la firmeza de la chimenea; en su opinión, ni Munaiz ni Argenti habían cuestionado la estabilidad ni tampoco la solidez en sus respectivos informes. Antes de apremiar a la empresa, la corporación solicitó otro parecer del arquitecto de Hacienda, Antonio López Henares, quien gozaba de un gran prestigio profesional. Henares efectuó un estudio minucioso de la chimenea y su conclusión fue rotunda: un pequeño aumento de la deformación existente provocaría el derribo inevitable. Munaiz se sintió cuestionado por aquella aseveración y enseguida salió a la palestra para defender la firmeza de la chimenea, más allá de su templado pronunciamiento inicial. Sin embargo, el pleno municipal asumió la propuesta de Henares y dirigió a la Hulla Blanca un ultimátum: derribo de la chimenea en un plazo de ocho días o ejecución del Concello por cuenta de la empresa. Ante semejante tesitura y pese a rechazar la existencia de peligro alguno, el consejo de administración de la eléctrica prefirió claudicar y tiró la toalla para no enfrentarse con el Ayuntamiento en un asunto tan delicado. En su nombre, el gerente presentó tal decisión como “una deferencia al vecindario, contra quien la empresa no anida ninguna animosidad”. Finalmente, fijó el inicio del desmontaje de la chimenea para el lunes 17 de mayo de 1920, como así ocurrió para tranquilidad general.

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