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La saga de los Pazó, de tal palo tal astilla

José y Diego siguieron el camino trazado por su padre desde sus estudios en el Instituto y no defraudaron sus altas expectativas profesionales (2)

No dar nunca su brazo a torcer, con motivo o sin él, fue un rasgo muy característico de José Pazó Martínez, heredado luego por su hijo Diego, aunque no tanto por José, de naturaleza cordial e incluso talante diplomático.

Ese atributo ni bueno ni mal en sí mismo, llevó al iniciador de la saga de los Pazó al extremo de cerrar su fundición de por vida antes que plegarse a las demandas de sus obreros, como contamos el pasado domingo. Sin embargo, una circunstancia triste que podría haber derivado en una cerrazón mayor, hizo brotar su sentido paternal hasta el punto de dedicar la mayor parte de su tiempo desde entonces a la forja y el temple de sus hijos adolescentes.

Anticlerical por convicción, según los testimonios familiares que nutrieron de la mejor sabia estas crónicas dedicadas a la saga de los Pazó, José eligió para sus hijos la enseñanza laica de reconocida competencia que ofreció el Instituto de Pontevedra, con Ernesto Caballero Bellido como director.

Diversas circunstancias variaron luego los planes iniciales que había barruntado para sus estudios superiores: José iba a cursar ingeniería en Lieja, en tanto que Diego iba a hacer lo propio en Madrid. Este terminó por entrar en la Escuela de Peritos Industriales de Vigo, aunque con la idea de ampliar después su formación técnica; y aquel ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara por consejo de Daniel de la Sota, allí formado. No obstante, el gusanillo de la aviación ya estaba dentro de José después de observar boquiabierto las acrobacias del legendario José Piñeiro en A Lanzada.

Finalmente, el patriarca de los Pazó apenas pudo disfrutar del prometedor futuro de sus dos hijos, puesto que murió al tiempo que José comenzaba su periplo aéreo y Diego concluía su peritaje industrial.

Los tres compartieron una genialidad innata o quizá una inteligencia natural; por supuesto que un espíritu emprendedor; y una notable facilidad para el diseño, así como mucha habilidad para la mecánica. Todos estos rasgos les fueron comunes, aunque con diferentes matices entre ellos.

La vida estuvo a un tris de dar un vuelco para José en 1927 a causa del accidente sufrido al estrellarse su avión de combate durante un rifirrafe postrero de la guerra de África. Su pronóstico fue gravísimo y declarado intransportable. Hasta Melilla viajó con urgencia Diego, acompañado de su inseparable Alfredo Gallego, pensando que llegaría tarde. José tardó un año y medio en recuperarse, con numerosas operaciones por medio, pero volvió a vivir.

A partir de entonces, José desarrolló una brillante trayectoria, tanto de piloto como de ingeniero, para convertirse en una de las figuras más relevantes de la historia singular de la aviación española. Su hijo Alejandro escribió con cariño filial un libro biográfico solo editado para familiares y amigos: “El vuelo de José Pazó. La trayectoria de un ingeniero y aviador militar en el siglo XX”. La obra resumió así la primera parte de su denso currículum: “el teniente que volaba y combatía en África; el capitán que diseñaba aviones; el comandante que peleaba a los mandos de cazas y bombarderos, y el teniente coronel que fue testigo directo de la tragedia alemana”.

Particularmente 1934 resultó un año crucial para José porque en colaboración con Arturo González Gil ganó el concurso anunciado por el Gobierno de la República para adquirir un prototipo de avioneta de escuela elemental. El premio estuvo dotado con 200.000 pesetas, una fortuna en aquel tiempo, así como un pedido inicial de cien unidades, que después fabricó Aeronáutica Industrial tras firmar con ellos un royalty del 20% del negocio.

1949 enmarcó su despedida del ámbito militar para iniciar otra etapa no menos exitosa en el ámbito civil: primero como director de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Aeronáuticos, y después como presidente y consejero-delegado de Aviaco, en donde realizó una brillante gestión que finalmente condujo al aterrizaje de esta compañía pionera en Iberia.

Al borde de cumplir medio siglo de carrera profesional, pasó a la reserva en 1969 tras sufrir un infarto, y disfrutó cuanto pudo de su espléndida finca del Vicaño en Sanxenxo.

Al margen de Talleres Pazó, etapa que contaremos el próximo domingo, estuvo Diego muy ligado desde su nacimiento a la Escuela del Trabajo -luego de Maestría-, puesto que en 1934 ya formó parte del tribunal que falló dos plazas de profesores. Allí se forjaron a lo largo del tiempo incontables especialistas que más tarde trabajaron como operarios suyos. Y durante muchos años ejerció como vicepresidente de la Junta Provincial de Formación Profesional, Industrial y Obrera, que puso los cimientos de los futuros centros de FP.

Al igual que su padre, Diego representó a su gremio durante muchos años como vocal en la Cámara de Comercio, Industria y Navegación. Allí defendió con firmeza y pasión el desenvolvimiento industrial de Pontevedra como vía de progreso y riqueza. Al respecto, formó parte de una Comisión de Iniciativas creada en su seno interno para el estudio de “vitales problemas locales” junto a Miguel Otero, Gabriel Santos, Manuel Casalderrey y José Luís Olmedo, entre otros. Igualmente fue presidente del Sindicato del Metal en 1972.

Curiosamente, Diego aceptó integrarse en la comisión encargada de organizar las Fiestas de la Peregrina del año 1946, que estuvo presidida por Ramiro Sabell, y él ejerció como contador. Y en su afán por arrimar el hombro en los anhelos locales hasta consintió en formar parte como vicepresidente del Pontevedra CF dentro de una directiva encabezada por Miguel Otero, tras su ascenso a Primera División.

La medalla de oro como socio fundador del Casino Mercantil e Industrial, así como la insignia de oro del Liceo Casino por cumplir medio siglo como socio, acreditaron su vinculación permanente a dichas sociedades recreativas

El defecto más acusado de Diego fue, sin duda, su fuerte egocentrismo, que dificultó mucho la integración de sus hijos en la fábrica de motores industriales y marinos. Todos o casi todos lo intentaron para satisfacer a su padre, pero la convivencia se tornó muchas veces imposible, al igual que ocurrió, ocurre y ocurrirá en tantas y tantas empresas familiares con la segunda o tercera generación. Nadie es perfecto.

PTVs por los cuatro costados

Pazó resulta un apellido PTV a cuenta de los méritos contraídos por los hermanos José y Diego, por supuesto que pontevedreses de nacimiento y también por convicción; sin menospreciar a su hermana Victoria, quien también jugó un importante papel, aunque a la sombra de ambos por imperativo social. Lejos de Pontevedra buena parte de su vida en razón de su trabajo, José mantuvo un vínculo muy estrecho con la Boa Vila y con el espíritu del pontevedresismo en particular. Buena muestra de esa interrelación fue el cálido homenaje que recibió en el verano de 1946 con motivo de su ascenso a coronel, cuando desempeñaba el cargo de Secretario General de Servicios del Ministerio del Aire. José recibió en el Hotel Engracia a manos de Sánchez Cantón un artístico bastón de mando, como correspondía a su nuevo rango, que sufragaron sus buenos amigos pontevedreses y que él agradeció en su justa valía. Por su parte, Diego enraizó en la Boa Vila y estuvo casi omnipresente en las principales actividades de la vida pontevedresa, a saber: política, recreativa, económica, religiosa, educativa y hasta deportiva. En todas ellas se aplicó cuanto pudo, de manera desinteresada unas veces y en otras ocasiones incluso aportando dinero de su bolsillo por una buena causa. Los hijos de Diego juran que a su padre la política le trajo siempre al pairo y tampoco lo recuerdan como un beato de misa y comunión. Sin embargo, fue muchos años teniente de alcalde del Concello de Pontevedra entre 1939 y 1969, formando parte de diversas corporaciones con los alcaldes Remigio Hevia, Argenti Navajas y Filgueira Valverde. Igualmente fue un puntal de la cofradía de San Roque desde 1932 y colaboró mucho con la parroquia de Santa María.

El héroe que sufrió un calvario

La gesta protagonizada por José Pazó Montes al iniciarse la Guerra Civil y pasar de una zona a otra, desde Madrid hasta Pontevedra, resulta bastante conocida. Pazó se ofreció voluntario a mediados de 1937 para transportar a Barcelona para su reparación unas culatas averiadas de los bombarderos franceses Potez., y en cuanto despegó del aeródromo de Cuatro Vientos cambió el rumbo hacia el lado contrario. Descubierto por dos cazas Heinkel 51, logró zafarse a tiempo y se dirigió hacia su ciudad natal. Frustrado un intento de aterrizar en A Xunqueira, acabó en la playa de A Lanzada sano y salvo. Esta fue la parte buena de aquella gran proeza, pero también hubo una parte mala y casi desconocida, que rescató del olvido su hijo Alejandro en “El vuelo de José Pazó”. El libro repasa su trayectoria vital, y cuenta con pelos y señales el calvario sufrido por su padre durante cuatro largos años para hacer frente a una insidiosa acusación de “rojo infiltrado” en la aviación franquista, que atribuye directamente al comandante José Gomá Orduña. Entre 1937 y 1941, Pazó tuvo que responder a tan grave como inverosímil imputación en un juicio sumarísimo instruido por el juez José García de la Peña en Burgos. Por incomprensible que parezca, su actitud valerosa en favor de la llamada Causa Nacional no resultó suficiente para un carpetazo inmediato. Alejandro asegura que ningún gerifalte franquista salió en su defensa con abierta determinación, mientras que los testimonios sesgados de sus detractores cerca estuvieron de lograr su condena. Solo algunos buenos amigos declararon a su favor con arreglo a la verdad histórica y, finalmente, el juez sentenció su absolución tras desmontar una acusación movida por un fuerte resentimiento.

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