Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

“La Constructora” de Pazó

Levantada sobre una antigua curtiduría en San Roque, fue la primera industria primordial que tuvo Pontevedra en el siglo XX (1)

Aspecto interior de la primera fábrica de Pazó 
en San Roque tras su reapertura.  | // FOTO: FAMILIA PAZÓ

Aspecto interior de la primera fábrica de Pazó en San Roque tras su reapertura. | // FOTO: FAMILIA PAZÓ

“La Constructora” de Pazó

José Pazó Martínez abandonó su trabajo en la fundición más importante de Vigo en la década de 1880, tras un desencuentro con el patrón, Antonio Sanjurjo Badía. Un empecinamiento juvenil en asistir con su velocípedo a la Fiesta de la Coca en Redondela en lugar de reunirse con su jefe en domingo, como hacían habitualmente, causó la riña y truncó la confianza entre ambos, muy fuerte hasta entonces. Eso salvó luego su amistad personal.

A sus hijos nunca contó el motivo de la elección de Pontevedra para tratar de abrirse camino, pero quizá tuvo que ver con su deseo de no rivalizar con Sanjurjo, que al fin y al cabo era mucho Sanjurjo. Entre las opciones posibles, esta capital estaba cerca y la competencia resultaba casi inexistente.

El joven José inició su actividad con un local de cerrajería en la travesía de Riestra (ahora calle de la Marquesa) gracias a su gran habilidad manual. La caja de caudales de la Diputación Provincial fue su clienta más distinguida, tanto para desarmar su cerradura como para arreglar su puerta.

Enseguida amplió el negocio a taller de maquinaria y comenzó la construcción de balcones, barandillas, rejas, galerías, vigas o canalones, así como también cocinas, estufas, arcas, bombas, campanas y un largo etcétera.

La magnífica barandilla de lado a lado que tuvo el puente de O Burgo a finales del siglo XIX. La primera cocina benéfica con muchos fuegos que dispuso la Cocina Económica promovida por el doctor Cobián Areal. Los pilares metálicos con preciosos capiteles del inmueble que albergó al Café Moderno, levantado por Bernardo Martínez Bautista, “Barriguitas” padre…Todos estos trabajos salieron de la fundición de Pazó en San Roque, así como también las poderosas y artísticas campanas de iglesias de los alrededores, como San Salvador de Poio, Santa María de Curro y San Martiño de Bueu, según documentó el investigador Fernández de la Cigoña.

La opulencia de “Barriguitas” resultaba pareja a su tacañería, y mandaba de vuelta al cobrador de Pazó una y otra vez sin satisfacer su deuda, aunque no con las manos vacías. Como deferencia personal, le enviaba un par de faisanes de su jardín privado en la trasera del Café Moderno, según contó en vida José a sus hijos sobre tan singular personaje.

Con su gran actividad industrial, Pazó ganó mucho dinero; seguramente reunió una fortuna no pequeña gracias a su carácter ahorrativo y a su visión empresarial. La oportunidad de mejorar el status cotidiano de su familia llegó con la adquisición de un edificio señorial de tres plantas en el número 20 de la calle Alameda. Entonces dejaron la casa anexa a la fábrica en San Roque y ocuparon el último piso y abuhardillado, alquilando el resto de las plantas.

José Pazó Martínez ejerció de patrón recio, incluso muy duro y poco flexible, frente a las reivindicaciones de sus operarios. Las largas huelgas marcaron el devenir de “La Constructora”, nombre elegido para la fundición. Nunca dio su brazo a torcer y siempre prefirió cerrar antes que ceder. A lo largo de treinta años, plantó cara a tres huelgas importantes en los años 1896, 1902 y 1919, la última que resultó definitiva. Horarios interminables y salarios bajos siempre estuvieron detrás de aquellos tensos enfrentamientos.

La primera disputa a mediados de 1896 se centró en una reclamación salarial y desembocó en una huelga de toda la plantilla, salvo dos operarios venidos de Madrid. Y cuando la situación parecía encauzada un mes más tarde, volvió a endurecerse porque Pazó reiteró su intento de rebajar los salarios, incluso a los dos trabajadores foráneos.

Una reducción de media hora en el trabajo diario suscitó la segunda huelga, mucho más larga que la primera, durante la segunda mitad del año 1902. Pazó se negó en redondo a aceptar el nuevo horario exigido: de seis de la mañana a siete de la tarde, con media hora de descanso para desayunar y otras dos horas para almorzar. Y hubo también otra petición razonable: que los chavales menores de 16 años no trabajasen en las máquinas por su peligrosidad.

La plantilla integrada entonces por medio centenar de aguerridos obreros, requirió la mediación del gobernador civil, Juan Sáenz Marquina, quien prometió la búsqueda de un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Sin embargo, él siguió en sus trece con su tozudez característica, genio y figura.

La Federación de Trabajadores, colectivo que agrupaba a todos los gremios, respaldó una campaña de descrédito en su contra, que incluyó la divulgación de una hoja explicativa de las demandas de los operarios. El panfleto, con duras críticas a “los abusos del patrón”, no hizo mella en José.

Cuando se cumplieron cuatro meses de aquella huelga indefinida, Pazó lanzó un órdago a lo grande: optó por contratar una plantilla nueva. Mediante un anuncio en la prensa local, que luego repitió en varias ciudades gallegas, ofreció trabajo para 25 cerrajeros y ajustadores, 20 fundidores, 6 carpinteros, 3 torneros mecánicos y otros 3 herreros o forjadores. Lo nunca visto. Esta oferta permaneció vigente durante varios meses. Y para sentirse arropado en su actividad empresarial, Pazó entró en 1903 como vocal de la Cámara de Comercio, dentro de una directiva presidida por Ángel Limeses Castro.

La tercera y definitiva huelga en “La Constructora” se produjo una vez concluida la Primera Guerra Mundial, cuando la Casa del Pueblo que lideraba Manuel García Filgueira, vivía un clima auténticamente revolucionario. El atentado que sufrió en el camino de vuelta de la fábrica a casa junto a su hijo José fue la gota que colmó el vaso. Al amparo de la noche, al lado de la capilla de San Roque, unos pistoleros del sindicato efectuaron varios disparos que no dieron en el blanco. Pero el intento de asesinato conmocionó a su familia.

Pazó cerró la fábrica y despidió a todo el personal, con excepción de su fiel administrador, Alfredo Gallego Varela, quien permaneció a su lado. Luego hizo lo propio con su hijo Diego tras la reapertura de la fundición.

Casado con Rosalía Montes Peón, una mujer veinte años más joven y oriunda de Salcedo, con quien tuvo tres hijos, Victoria, José y Diego, con ellos se volcó los últimos años de su vida. Curiosamente en 1923, José resultó designado por el Ayuntamiento como alcalde de barrio de San Roque, y con ese rango falleció el 21 de marzo de 1925. Una repentina apoplejía segó su vida de manera fulminante.

La escuela de Sanjurjo

Nacido en la parroquia viguesa de San Juan del Monte en 1858 y huérfano de padre -herrero de profesión- a los siete años, José Pazó Martínez no tuvo más remedio que dejar la escuela muy pronto para ayudar en casa a su madre con tres hijas de corta edad. Así entró a trabajar en la acreditada fundición de Sanjurjo Badia para ocuparse de una labor muy incómoda: la limpieza y el encendido de los hornos. Aquella tarea solo resultaba apta para chavales u obreros menudos y bajitos, y las quemaduras estaban a la orden del día. “La Fundidora”, luego rebautizada como “La Industriosa”, se convirtió en una auténtica escuela de formación profesional o incluso una universidad laboral para muchos trabajadores, porque estaba llena de gente autodidacta con un ingenio o una intuición que causaban asombro. Pazó fue uno de ellos. Él aprendió mucho y deprisa con tanto talento a su alrededor, se ganó la simpatía del patrón y enseguida tuvo a su cargo el taller de carpintería, que resultaba estratégico dentro de aquella gran metalúrgica. A tal respecto, parece que una pequeña fábrica de muebles fue su primer negocio por cuenta propia en Vigo, antes de construir o arreglar velocípedos y bicicletas, algunas de las cuales -auténticas joyas- todavía conserva con mimo su nieto Manuel en Chancelas.

El préstamo de Mon

A Pazó Martínez le fueron bastante bien las cosas desde su instalación en Pontevedra al frente de su taller de cerrajería. Sin embargo, no le fueron tan bien como para disponer enseguida del capital necesario para adquirir la antigua curtiduría en San Roque, con el fin de instalar allí una fábrica de fundición. Los relatos transmitidos de padres a hijos sobre el devenir de los Pazó sirven una vez más para clarificar este arcano nada secreto. Sencillamente José acudió al crédito personal de Alejandro Mon Landa, el personaje más rico de esta ciudad en su tiempo. Ese servicio de intermediación corría entonces a cargo de personas y no de bancos, y la honorabilidad no tenía precio. Una palabra dada por el deudor resultaba garantía más que suficiente para el prestador. Y en este caso, parece verosímil un conocimiento anterior entre Mon y Pazó. La historia familiar de este asunto suma un detalle muy definitorio del protagonista: lo primero que hizo Pazó cuando dispuso de aquel dinero fue reservar un pasaje sin fecha a Buenos Aires, con el fin de embarcase caso de que fracasara su fábrica. El propósito no fue huir, según contó él mismo, sino emigrar para tratar de devolver hasta el último céntimo recibido. Afortunadamente, la cosa salió tan bien que reintegró el préstamo muy pronto.

Un fatídico accidente

Un funesto día, José sufrió un accidente en su fábrica, de terribles consecuencias, porque le causó secuelas duras que mermaron su actividad cotidiana. Cuando observaba el trabajo de una fresadora horizontal, apoyó la mano sobre una pared sin darse cuenta, y la máquina en funcionamiento le aplastó varios huesos. El percance ocurrió a principios de 1901, un tiempo en que la asistencia médica en una capital provinciana dejaba mucho que desear. Al cabo de poco tiempo, la gangrena hizo su aparición y el médico recomendó una amputación de urgencia a la altura del antebrazo. Su hijo mayor, que contaba diez años, nunca olvidó la dramática escena, y explicó luego que el galeno efectuó la mutilación en el domicilio familiar, sin anestesia previa; tan solo un pañuelo en la boca para amortiguar el dolor. Lamentablemente ahí no acabó su sufrimiento, porque la infección siguió adelante y no hubo otro remedio que efectuar una segunda amputación, en este caso por encima del codo. Para aminorar su desdicha, José construyó en su fábrica un bastón de hierro con un pomo a imagen y semejanza de la mano perdida; un arma formidable para su defensa personal que le reportó muy buenos servicios. Una noche salvó al mismísimo Castelao del acoso grupal de unos agresivos mozalbetes.

Compartir el artículo

stats