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Carmen Quinteiro | Cuarto premio a mejor maestra de España

“Mi objetivo es que mis alumnos aprendan a conocerse y a quererse”

Carmen Quinteiro posa frente a su colegio.

Carmen Quinteiro posa frente a su colegio. GUSTAVO SANTOS

Carmen Quinteiro habla de inclusión y diversidad y en sus clases no cuenta niños o niñas, sino personas. La pontevedresa, maestra del CEIP A Xunqueira 1, ha ganado el cuarto premio a mejor docente de España en Educación Primaria de la mano de los premios Educa, “los Goya de la educación”. Algo que le ha venido por sorpresa tras un curso muy complicado y que le da ánimos para continuar apostando en su aula por ir más allá de lo establecido.

FICHA PERSONAL
Carmen Quinetiro (Pontevedra, 1970) es maestra de tercero de Pimaria en el CEIP A Xunquiera 1, donde ha pasado 10 de los 24 años que lleva ejerciendo la profesión.

–¿Cómo recibe este premio?

–Este premio es muy bonito porque viene de la mano de las familias. Toda la clase fue cómplice y yo no me enteré de nada hasta la nominación. Además, estas iniciativas ofrecen la oportunidad de reafirmarnos un poco en que ciertas dinámicas funcionan y tienen apoyo.

–¿Cómo plantea sus clases?

–Yo quiero que aprendan a conocerse y a quererse, ese es mi máximo objetivo. Para eso trabajamos mucho a nivel emocional, tenemos una asamblea donde cuentan cómo se sienten. Hay unos objetivos académicos y lo otro lo se suele perder un poco por el camino. El aprendizaje va unido a una emoción, si aprenden desde la felicidad, si despertamos la curiosidad van a querer seguir aprendiendo. Esa es la base.

Además hacemos muchas actividades, los miércoles los dedicamos al arte, vamos a exposiciones u observamos la arquitectura, los jueves a la naturaleza y salimos a la Illa das Esculturas o a nuestro huerto. El viernes trabajamos el teatro y microrrelato y hacemos comprensión lectora sobre el escenario.

–¿Cómo fue la primera experiencia de los alumnos al dar clase en el museo?

–Tenían tres años. Un museo es muy impactante para ellos. Un espacio muy grande, silencioso y muy bonito. Establecen una empatía al momento con las obras. Recuerdo niños y niñas con problemas emocionales parándose delante de cuadros que transmiten esas emociones más tristes u oscuras, sienten una identificación clara. Menores en situaciones muy complicadas. Eso además te da herramientas para saber que ahí está ocurriendo algo sin necesidad de que te lo cuenten.

–¿Qué ha aprendido de sus alumnos y alumnas?

–Muchas cosas, una gran gratitud. Además trabajamos los estereotipos de género, desmontamos los típicos cuentos, me enseñan que no tienen estereotipos. Todo eso funciona y da resultado. Para mí es un regalo dar clase.

–Este reconocimiento llega después de un curso especialmente complejo con las clases desde casa.

–Sí. Desde marzo trabajamos más que nunca las emociones. Fue un reto enorme. Sabía que las tareas que enviaba cada día tenían que ser un bálsamo y no una bomba de relojería, no podía mandar cosas que fueran un estrés mayor para las familias porque ya estaban desbordadas intentaba hacer lo más natural posible lo que nos estaba pasando, aunque no lo fuera. No podía cargar más a una madre o padre que viene de trabajar fuera y que traía muchos miedos. En ese momento daba igual saber cuáles eran los ríos de España o multiplicar. Había que ayudar a que el estrés fuera menor.

–¿Cómo está siendo este curso?

–Fue difícil porque partimos de que en nuestras aulas hay abrazos, cariño y juegos compartidos. Mi propio método no me servía para nada. Hacíamos los paseos con un paraguas de adulto, para permitir la separación, para que las cosas fueran fluidas... Jugamos al parchís o ajedrez para poder mantener la distancia. Buscamos fórmulas para mantener la naturalidad. Además no nos dejaban entrar en los museos, tuvimos que escribir a ellos, fue frustrante.

–¿Qué le preocupa más de esta situación educativa?

–No pueden ser una generación que tenga miedo a tocarse. Se va a cumplir un año y es complicado. Hay niños y niñas que han entrado en el colegio este curso, con 3 años, y no recuerdan ya un mundo sin mascarillas. Por eso el colegio tiene que hacer una función compensatoria. A nivel emocional están viviendo una situación de la que no conocemos la repercusión. Porque nuestra infancia no ha sido así.

–¿Muestran emociones nuevas ahora sus alumnos?

–Tienen ansiedad. Además, hay casos puntuales de niños o niñas que desarrollan tocs, por ejemplo, con el gel hidroalcohólico, y tienen una necesidad constante de hacerlo. Son muy vulnerables. Intentar compensar todo eso en el colegio ha merecido la pena, pero ha sido una locura.

–¿Hacia dónde cree que debe ir la educación en los tiempos que corren?

–Tenemos que poner encima de la mesa las emociones y trabajar lo mismo que nos está afectando a los adultos. La ansiedad y la tolerancia a la frustración. Además, se nos ofrece la capacidad de aprender de forma autónoma y que se dediquen a hacer ciertas cosas de forma individual, eso puede ser una oportunidad. Por último, lo que hasta ahora nos servía ya no nos vale. Ni los contenidos, ni la forma de abordarlos. Tenemos que gestionar todo lo nuevo que nos llega.

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