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El meollo

El gafe del polígono

El Meollo de la cuestión está en adivinar si 2021 será, por fin, el año de la colocación de la primera piedra simbólica del mil veces anunciado polígono comercial de O Vao, que promueve con escasa fortuna el Grupo Nogar desde los albores del siglo XXI. Ya llovió mucho y también ya escampó desde entonces, sin terminar de concluirse nunca una tramitación dejada de la mano de dios y, por tanto, ciertamente endiablada.

Qué la activación de este proyecto no iba a resultar una cosa fácil, sobre todo por la situación estratégica del citado polígono entre la carretera de Vilagarcía y la AP-9 con un riachuelo por medio, era cuestión bastante previsible. Ni el empresario más optimista pensaría lo contrario. Sin embargo, tampoco el promotor más pesimista imaginaría una dilación tan larga y engorrosa, capaz de embarrancar sin remedio la empresa más entusiasta y solvente.

A través de la última sesión de la Comisión de Urbanismo del Ayuntamiento de Pontevedra ha trascendido que Augas de Galicia fue el último organismo que emitió un informe desfavorable a esta ampliación del polígono de O Vao y, por tanto, obligó a la enésima modificación del proyecto. Una vez realizada la adaptación oportuna, el gobierno municipal ha retomado su tramitación a efectos urbanísticos y especialmente pecuniarios, y ha entendido que la finalización de ese largo caminar debería estar muy cerca. O sea que la ansiada luz verde ya podría encenderse en cualquier momento. Pero visto lo visto, cualquiera sabe que chinita puede surgir todavía.

Un proyecto urbanístico que requiere tanto tiempo para su aprobación administrativa como este polígono comercial resulta, en suma, una aspiración fallida por su propia dinámica. Una cosa es que deba estudiarse y revisarse de manera concienzuda; y otra cosa distinta es que se pierda un tiempo precioso tras su paso por distintos organismos de un lado para otro, tanto de ámbito municipal como de nivel autonómico, y que ni siquiera una sentencia a su favor del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia ponga fin a semejante calvario burocrático. Cuando falla el sentido común, todo se complica.

Tal parece en este caso como si el propio nombre de O Vao haya acabado por convertirse en algo tóxico en sí mismo, que salpica a todo lo que ocurre a su alrededor sin remedio conocido.

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