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La cerería de Paz Vidal

Abierta desde 1899 en la plaza de la Verdura, combinó su oferta religiosa con otra más profana bajo el nombre comercial de El Sagrado Corazón de Jesús

Esquina con la calle Sarmiento, la cerería fue un referente de la plaza de la Verdura hasta su cierre. | // FDV

La Concepción y El Sagrado Corazón de Jesús fueron las cererías por excelencia de esta ciudad durante buena parte del siglo XX; quizá también las únicas que mantuvieron ese negocio durante mucho tiempo con una intachable dignidad. Más antigua la primera, y más reconocida la segunda. A dos pasos una de la otra, entre la calle San Román y la plaza de la Verdura.

Miguel Paz Santos montó La Concepción a finales del siglo XIX, y a su fallecimiento Celestino Abal y Rafael Sobral se hicieron con el traspaso, respetando su buen nombre. Después pasó por otras manos, hasta convertirse en la cerería San Román, la única que hoy permanece abierta.

Por el contrario, El Sagrado Corazón de Jesús de José Enrique Paz Vidal, siempre perteneció a la misma familia y nunca cambió su denominación inicial. Tras su fallecimiento en 1932, su razón social cambió a Viuda de Paz Vidal, y luego a Hijo de Paz Vidal (sucesor) hasta su cierre definitivo.

Probablemente, la cerería de Paz abrió sus puertas en 1899. Al menos ese fue el año en que insertó varios anuncios en la prensa local. En Semana Santa ofreció su cera pura. Y en el Día de Difuntos publicitó sus velas, cirios, hachas y blandones, así como el alquiler de gradas en los cementerios.

Cuando tuvo ocasión, José E. Paz sumó a la cerería que hizo esquina entre la calle Sarmiento y la plaza de la Verdura, las pompas fúnebres, igual que Gabriel Estévez, su competidor directo instalado junto a San Bartolomé. Los vástagos de éste también continuaron el negocio familiar como Hijos de Estévez, marca señera en entierros y funerales con los rituales debidos.

Probablemente el acierto más destacado de Paz Vidal al frente de El Sagrado Corazón de Jesús fue su diversificación comercial según cada época del año. Como cerería, además de su vertiente propiamente religiosa, no descuidó otra parte más profana, dedicada por ejemplo al cuidado y abrillantamiento de suelos y muebles. Inicialmente vendió la pasta Cera Boro, de Burgos, y luego representó la cera Keros, hasta que comercializó sus propios preparados, que garantizaban “una mayor brillantez al precio más económico”.

Desde los años 20 cultivó las palmas de Ramos y las figuritas de los nacimientos por Navidad: de barro las rústicas y de cartón piedra las finas. Cumplimentó bodas y comuniones con ramos y coronitas, amén de puntillas, flecos, borlas y adornos para las iglesias. Las fiestas estivales dispusieron allí de globos aerostáticos y grotescos, guirnaldas y farolillos. Nunca faltaron caretas y máscaras, serpentinas y papeluchos en Carnavales. Y dispuso siempre de trompos, bolas, cromos y otros atractivos infantiles.

La venta de palmas de Ramos a lo largo del tiempo adquirió mucha impronta por su calidad y gusto. Los primeros suministros llegaron de Valencia, pero enseguida vinieron de Elche, cuna por antonomasia de maestros artesanos. Paz hijo mantuvo después los mismos suministradores que tuvo su padre.

Sin descuidar su negocio en ningún momento y quizá por la popularidad adquirida con su tienda, cayó José Enrique Paz Vidal en la tentación de la política, donde saboreó las mieles y sufrió las hieles.

Primero estuvo al frente del Concello entre 1921 y 1923, hasta la implantación de la Dictadura de Primo de Rivera que impuso su destitución como alcalde. Y después fracasó en su vuelta a la política municipal en 1931 con la candidatura monárquica, junto a los Víctor Lis, Tomás Abeigón, Francisco R. Arruñada y Celso López, quienes sí resultaron elegidos como concejales. Entonces ya soplaban fuerte los aires republicanos y tampoco sus convicciones religiosas ayudaban mucho.

Paz Vidal murió en 1932 cuando solo contaba 52 años, pero vivió el tiempo suficiente para enseñar el negocio a su hijo mayor, casado con Adelina Andrade, hija del poeta de Lérez, Juan Bautista Andrade. Entonces recogió el testigo su mujer, Socorro Peón López, y José Enrique estuvo a su lado en la cerería, donde se convirtió en don Pepe con el paso del tiempo.

Pepe Paz Peón se bastó y se sobró para llevar el negocio, aunque Carlos Justo Araujo ejerció como buen ayudante. Lo cierto y verdad fue también qué en el taller de producción de la cera, al fondo del comercio, dispuso de muchos colaboradores y ayudantes ocasionales, entre amigos cercanos y chavales vecinos. Todos disfrutaron un montón -especialmente estos últimos- con el proceso de fundición de la cera y la fabricación de las velas, tanto litúrgicas como decorativas, según recuerdan hoy algunos de ellos con enorme cariño.

Tanto las ceras como los carbones roura y el incienso natural, nunca faltaron en unas dependencias igualmente bien nutridas de imágenes, rosarios, escapularios e insignias de carácter religioso.

Las tradicionales romerías de San Benito y San Blas resultaron siempre platos fuertes de su calendario comercial y, por tanto, días de mucho ajetreo para la cerería de El Sagrado Corazón de Jesús. Al respecto merece resaltarse la práctica más o menos desconocida del reciclado y la reutilización de velas, cirios, exvotos, etcétera, de estos dos santos milagreiros.

Cuando ambas festividades llegaban a su fin y los devotos dejaban atrás sus ruegos, Pirucho Paz Andrade, hijo de don Pepe, al volante de una furgoneta enfilaba hacia Lérez o San Blas para recoger aquellos objetos y devolverlos a la tienda. Los que estaban en buenas condiciones, se retocaban en el taller y se vendían otra vez, y los que estaban más o menos consumidos, volvían a fundirse para hacer otros nuevos. Por supuesto que esas operaciones se desarrollaban de acuerdo con los curas, y el pago consiguiente para actividades parroquiales.

En cierta ocasión, preguntaron al hijo, José E. Paz Peón, cuál era el secreto para hacer una buena vela. Y don Pepe no descubrió nada del otro mundo, porque respondió que la clave estaba en la materia prima, es decir en la pureza de la cera en su proceso de elaboración, y apuntó a una combustión limpia tras su encendido como manera de ratificar esa calidad reconocida.

La casa familiar que acogió la cerería de El Sagrado Corazón de Jesús se encuentra en estado de abandono desde hace bastante tiempo, al igual que la Casa del Arco colindante.

La pureza eclesiástica

A principios del siglo XX, una certificación eclesiástica sobre la pureza de la cera para el culto divino fue el principal anhelo de toda cerería que se preciara de serlo. Es decir, una suerte de bendición celestial para sus productos más característicos, de las velas a los cirios, y de las hachas a los blasones. No resulta difícil imaginar la fuerte indignación que produjo en Paz Vidal una nota sin firma publicada a mediados de 1906 en el Boletín Oficial del Arzobispado de Santiago, que negaba tal sanción a su cerería de El Sagrado Corazón de Jesús. Al bueno de don José le llevaron los demonios por aquella infamia. Pero una vez repuesto, exigió su rectificación con un argumento irrebatible: El mismo boletín eclesiástico había reconocido cuatro años antes, exactamente el 30 de abril de 1902, la pureza de la cera empleada en todas sus elaboraciones; una sanción rubricada por Antonio Vicente Buela, catedrático de Química de la Universidad Eclesiástica. Paz Vidal sugirió en el desmentido que remitió a la prensa local su conocimiento del autor, a quien reprochó una “persecución injustificada”, al tiempo que pidió la reparación debida “aunque en ello no entre más consideración que la de amar al prójimo como a uno mismo”.

Una animada trastienda

La trastienda de la cerería de Paz Vidal no solo acogió su rudimentario taller de fabricación manual, sino que también resguardó de miradas recelosas y oídos ajenos un animado cotarro integrado por los amigos más cercanos al propietario: Celestino Fontoira, Carlos Caramés, Leoncio Feijóo, Celestino Peón, Ramiro Pascual, Fernando López Viaño y el propio José E. Paz Peón. Todos ellos nunca formaron, ni siquiera lo pretendieron, una tertulia propiamente dicha, al menos de carácter literario o cultural; sus preocupaciones y sus anhelos tuvieron más bien un acento religioso, que pastoreó cuanto pudo Luís Pintos Fonseca, coadjutor de San Bartolomé. No por casualidad allí surgió la refundación de la cofradía de la Vera Cruz en 1949, luego prima hermana de la cofradía del Silencio. Allí se organizaron muchas celebraciones del Corpus. Y allí tuvo su sede informal la Junta Coordinadora de la Semana Santa, que se las trajo en algunas ocasiones con el mismísimo Ayuntamiento, porque sus deseos no siempre casaron bien. Tino Peón, el único superviviente de aquel grupo irrepetible, recuerda con nostalgia hoy aquellas bulliciosas reuniones que después pasaron a la trastienda de su imprenta, siempre bien alimentadas de quesos o viandas, y por supuesto que regadas con unas jarras de la Dirección General o de La Navarra.

Los belenes de Núñez

Cuando se aproximaba cada Navidad, tanto las estanterías como los escaparates de la cerería de Paz Vidal perdían su imagen habitual y sufrían una notable transformación para llenarse de figuritas del nacimiento, por supuesto que de todos los tamaños, formas, tipos y calidades. Esa práctica compartida con El Gran Garaje y la librería Luís Martínez, los dos principales competidores en dicho ámbito, se mantuvo durante toda su existencia, año tras año. La viuda primero y después el hijo, respetaron aquella tradición comercial que inició su señor padre desde principios del siglo XX. A mediados de los años 50, la tienda ya regentada por Paz Peón incorporó como gran novedad unos maravillosos portales de Belén hechos a mano por Rafael Núñez, entonces un artista en ciernes que apuntaba muy buenas maneras. En suma, una joya artesanal genuinamente pontevedresa, que llamó la atención de propios y extraños por su delicado gusto y calidad artística. Núñez se convirtió enseguida en un consumado belenista y sus obras contribuyeron a enraizar una afición, que nunca se cansó de alimentar don Celestino Fontoira, fundador de la Asociación de Belenistas de Pontevedra y promotor de los concursos anuales en sus diferentes modalidades.

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