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El Blanco y Negro, de los Fragueiro a los Amoedo

El café se consolidó tras la construcción de un nuevo edificio en los años 80, y la fisonomía del entorno cambió con la peatonalización (y 3)

El parque infantil con sus inolvidables bambanes y el estanque de los patos y las ranitas; así como las jaulas o pajareras que configuraron un entrañable mini zoo avícola, sin olvidar a la mona en todas sus encarnaciones, de la Chita a la Tarsi; todos estos alicientes generaron un enorme flujo hacia el parque de Las Palmeras desde los años 50. Y el café Blanco y Negro, con su magnífica terraza anexa, resultó sin duda muy beneficiado por tales atractivos.

Con Serafín Fragueiro Rodríguez al frente, el Blanco y Negro alcanzó su mayoría de edad en aquella década y entró a formar parte de la flor y la nata de los legendarios cafés pontevedreses: del Moderno, Méndez Núñez y Savoy, que nacieron antes, al Carabela que surgió después.

Entonces Clarimundo Amoedo Barral comenzó a trabajar allí como camarero junto a Fragueiro. A su lado aprendió el oficio. Y como la ocasión la pintan calva, cuando éste optó por montar otro bar, aquel no dejó pasar la oportunidad y negoció el traspaso del Blanco y Negro en 1965.

Alfonso Paredes Pardo, “el hombre del turismo por antonomasia” documentó la historia de Mondariz en un libro imprescindible, y dentro del sector hostelero enmarcó el devenir de Toutón como cantera inagotable de cafés y bares. De allí llegaron a Pontevedra varias familias emprendedoras que estuvieron detrás del Carabela, el Emi, el Lusitania, el Todo y, por supuesto, el Blanco y Negro, entre otros. Ni que decir tiene que los Fragueiro y los Amoedo eran oriundos de aquella parroquia.

Desde hace exactamente 55 años, la familia Amoedo gestiona el Blanco y Negro, primero como arrendataria del café y luego como propietaria del inmueble. Junto a Clarimundo pronto empezaron a trabajar sus hijos Clarimundo-Pepe y Pilar, la segunda generación. Aquél se incorporó formalmente con 15 años, y ésta ya jugó a despachar en la barra subida a una caja de Coca-Cola cuando era una renacuaja. No hace mucho tiempo, asomó la cabeza la tercera generación representada por Pablo, un hijo de Pepe.

La clientela habitual o esporádica durante este medio siglo transcurrido ha tenido mucho que ver, en parte, con la evolución de todo su entorno: el Palacio de Justicia, la Diputación Provincial, el Gobierno Civil, la Normal de Maestros-Delegación de Educación, el Instituto Sánchez Cantón y después el Sánchez Cantón; un personal variopinto de toda condición y pelaje, de magistrados a bohemios, de profesores a funcionarios.

Por supuesto, el café acogió igualmente a viajeros y acompañantes de ida y vuelta de las centrales de automóviles de línea de la plaza de San José y de General Mola, a diario en continua ebullición. Y también ejerció como bar de referencia para oficinas, despachos y negocios de las calles adyacentes, sin olvidar al vecindario propiamente dicho.

Los domingos de partido en Pasarón, el Blanco y Negro era un hervidero. Los clientes habituales se entonaban con la partida de dominó, acompañada del café y la copa de coñac. El bar nunca dejó de ser una escuela de dominó, antes y después, donde las fichas petaban y petaban con fuerza sobre el mármol blanquecino de unas mesas de hierro forjado en sus bases. Si luego el equipo granate ganaba su partido, la jornada festiva salía redonda.

Imposible ponerle nombres y apellidos a tantos y tantos clientes, que primero fueron amigos de Clarimundo (de Victoriano Moldes a Diego Murillo) y después de Pepe y Pilar (de Juan Pazos a Rafael Fontoira), igualmente familiarizados con los camareros que pasaron por allí: desde los más antiguos (Mouriño, Rey, Domingo, Segundo, Aurelio o Chopo), hasta los actuales (Merchy, Juan, Luís-Chepy y Beni), ya veteranos.

A principios de los años 80, el promotor Ruperto Domínguez Cendón, de los “grañudos” de A Graña, construyó sobre el viejo edificio del Blanco y Negro otro nuevo de gran porte, con tres fachadas a las calles Riestra, Enrique Labarta y Alejandro de la Sota, que trajo cola por su altura excesiva. Durante el tiempo que duró la obra, el Blanco y Negro se trasladó en precario a un bajo anexo para evitar el cierre temporal y así mantuvo activa la terraza aprovechando el buen tiempo, a la sombra de sus cedros centenarios.

Lara y su hijo Sutter, los perros de Pilar, habitualmente tumbados en la acera del bar, cuando no hacían de las suyas por su carácter juguetón, fueron un referente exótico del Blanco y Negro. La raza Samoyedo, de origen ruso, no era muy usual por estos pagos y llamaban la atención de propios y extraños.

La última reforma importante se centró en el interior del local para darle un aire más actual y crear sensación de mayor amplitud, aunque sin perder su esencia de siempre, y realizó el proyecto en 1998 la arquitecta Teresa Táboas. Precisamente esa ambientación enmarcada por sus grandes ventanales fue la que encandiló al director cinematográfico Antonio Giménez Rico para rodar allí unas escenas de su película “Hotel Danubio”. “En Madrid -comentó durante su estancia en Pontevedra- ya no queda ahora ningún café así”.

El 17 de octubre del 2002 cerró sus puertas de forma excepcional para acoger un día de rodaje y el hecho en sí adquirió carácter de acontecimiento. Media ciudad anduvo despendolada tras conocerse que la productora necesitaba medio centenar de extras, que luego se redujeron a una treintena.

Las escenas rodadas en el Blanco y Negro consistieron en la salida del teatro Savoy de la protagonista (Carmen Morales), acompañada por una amiga (Mariola Fuentes), y su entrada en un café para hablar por teléfono. La película no resultó gran cosa, pero tuvo un plus comercial por su selección para representar a España en los Oscar de Hollywood del año siguiente.

El Blanco y Negro probablemente fue el café más directamente afectado por la peatonalización de la ciudad, para bien o para mal según se mire, que hasta allí llegó en 2004. Propietarios y camareros prefieren no manifestarse abiertamente hoy para evitar más cuitas con el Ayuntamiento.

Lo bueno fue que desapareció la calzada que separaba el bar de la terraza. Por medio había tráfico e incluso salían los coches de línea con dirección a Sanxenxo o Vilagarcía, que seguían por General Mola y Michelena hacia el puente de A Barca. Y lo malo fue que se perdió aquel bullicio de Las Palmeras, de algunas instituciones cercanas y también de la propia circulación rodada. Ahora todo está más tranquilo, pero menos concurrido que antaño.

La Posada de las Ánimas

Pepe Amoedo barruntó un buen día la idea de abrir un pub, aprovechando el sótano del Blanco y Negro, infrautilizado entonces solo como almacén. Y lo hizo a conciencia para darse el gustazo, supervisando todo el montaje hasta el más pequeño detalle, incluida por supuesto la decoración del local. “Me parecía un buen momento -rememora sin arrepentimiento- para trabajar ese ambiente nocturno en Pontevedra. El pub resultaba de alguna forma complementario del bar. No teníamos que buscar un local porque ya lo teníamos; solo faltaba acondicionarlo”. Así nació La Posada de las Ánimas, nombre sugerente y comercial; un pub típicamente inglés que abrió sus puertas en las Navidades de 1989. El local contó con todos los ingredientes al uso, forrado en madera, con taburetes y dardos para jugar una partida y jugarse las cervezas o los gin-tonic. Entonces reinaban el Universo, de Rafa Trigo, y La Cabaña, de Tinín Alonso. El Albatros estaba cerrado. Y el London y el Nelson, ya eran unas antiguallas del pasado. Maika fue la camarera que inauguró La Posada de las Ánimas. Marga fue la última, también la que estuvo más tiempo, y luego siguió en el propio Blanco y Negro. Entre una y otra, por allí pasaron unas cuantas chicas y algún aprendiz de camarero como Agustín Durán, bien conocido luego como cronista deportivo en FARO. Todos comprobaron lo duro que resultaba el trabajo nocturno. Dieciséis años después, Pepe Amoedo echó en cierre sin desconsuelo en 2015, cuando “la movida” se concentró en la Zona Vieja. Desde entonces, La Posada de las Ánimas solamente abre por encargo en ocasiones puntuales.

La ruidosa tertulia futbolera

Durante sus 75 años de historia, el Blanco y Negro nunca fue un bar conocido por sus tertulias legendarias como el Moderno, el Savoy o el Carabela. Algunas tuvo antaño, aunque no literarias ni jaraneras, sino más discretas y juiciosas, que no estaban en boca de nadie. De un tiempo a esta parte, la tertulia más conocida del Blanco y Negro, que suma algunos trienios, gira en torno al abogado Javier Picallo Búa, también representante de futbolistas modestos. Picallo recuerda que surgió de forma espontánea, como una especie de prolongación de otra tertulia diaria al mediodía en Radio Pontevedra Como ésta acababa tarde, Picallo iba a comer algo rápido al Blanco y Negro, cercano a su despacho profesional, y solía arrastrar consigo a los participantes habituales. “Pero la tertulia buena -recalca- es ésta del café, porque aquí se habla con mayor libertad y sin ninguna atadura”. Así continuaba hasta la llegada del bicho, en la terraza con buen tiempo, y dentro con frio en su esquina favorita. Javier Vázquez, Manolo Piñón y Oswaldo García, conformaron el núcleo duro con Picallo, quien aún lamenta la muerte de “Joto” Puig, su última incorporación que dejó un recuerdo inolvidable. Por ese motivo, está empeñado en potenciar una peña con su nombre. Por su carácter abierto, cualquier amigo que pasa por el Blanco y Negro resulta siempre bien recibido. Esos son los tertulianos discontinuos, de Santiago Mariño a Rafa Córdoba, pasando por Gerardo Lorenzo; nombres bien conocidos en los ambientes deportivos pontevedreses, quienes también se reúnen en variopintos almuerzos más numerosos, dondeopinarse de casi todo con absoluta libertad.

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