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Érguete, un soplo de aire fresco en la prisión

La entidad trabaja en el Centro Penitenciario de A Lama por la reinserción de los jóvenes, mujeres e internos de primer grado

Internos de primer grado de A Lama realizando una dinámica de autocontrol a través del movimiento, en el marco del programa "Auto-t". // Érguete

Internos de primer grado de A Lama realizando una dinámica de autocontrol a través del movimiento, en el marco del programa "Auto-t". // Érguete

La entrada en prisión impresiona. Los controles previos, la apertura automática de las puertas y el ruido que hacen al cerrarse detrás de una no dejan indiferente. Tras cruzar esa barrera inicial, el patio se muestra a la persona visitante como el lugar de recreo de cualquier escuela infantil, y al igual que en los colegios las paredes están decoradas de murales coloridos. Sin embargo, estas finalizan con alambre.

Ya en el interior, las zonas comunes del Centro Penitenciario de A Lama hacen al visitante viajar en el tiempo y situarse en un colegio de los 90, con baldosas de color crema en los pasillos. Una biblioteca, aulas, un pabellón e incluso un pequeño estudio de radio, donde Agareso desarrolla un proyecto de radio con los internos, sirven a la propia institución penitenciaria y a diferentes asociaciones como recurso para trabajar con las personas reclusas sus habilidades sociales de cara a la reinserción.

La Fundación Érguete es una de estas entidades sociales que colabora estrechamente con la dirección del Centro Penitenciario de A Lama, desarrollando en la prisión tres programas específicos dirigidos a jóvenes penitenciarios, a internos de primer y segundo grado y a las mujeres presas, constituyendo los mismos en intervenciones pioneras a nivel estatal.

Es el caso del programa socioeducativo "Auto-t", una intervención basada en el autoconocimiento de la persona interna y que se lleva a cabo con los reclusos de primer grado. Marta Lloves y David Martínez son los responsables del mismo y explican que "puesto que son internos que tan solo disfrutan de cuatro horas de patio y pasan las otras 20 solos, la prisión vio la necesidad de llevar a cabo una iniciativa con ellos. A través de dinámicas grupales, nosotros realizamos una sesión semanal con ellos en la que intentamos realizar actividades participativas, de mejora de las relaciones personales, control emocional, comunicación y resolución de conflictos, pues entendemos que debemos fortalecer estos aspectos para que mejore la convivencia entre ellos".

Otro de los aspectos que trabajan estos dos profesionales de Érguete es el autocrontrol a través del movimiento con música, dramatización y actividades psicomotrices que "funcionan muy bien y generan resultados muy sorprendentes". En este sentido, la terapeuta educativa Marta Lloves hace referencia a situaciones en las que algún recluso se ha acercado a ella al terminar la dinámica para confesarle que "estaba emocionado porque había abrazado a un compañero y se había sentido muy bien, y que a él siempre le habían dicho que los hombres no se daban abrazos".

Tanto Marta como David explican que la mejoría conductual de estos internos "es notable" y que, de hecho, son ellos mismos los que así lo manifiestan: "Esto se hace visible cuando comentan que ante un conflicto se acuerdan de pautas que abordamos y las intentan poner en práctica, lo cual les sirve de entrenamiento para el día que salgan en libertad", comentan.

David Martínez también asegura que otra forma en la que se refleja el trabajo realizado es porque "al principio llegan con una mirada de desconfianza al grupo y con mucha rigidez en el cuerpo. Están acostumbrados a convivir con la rabia que les genera la prisión, los funcionarios, los juicios,... y sus conversaciones versan sobre todo esto y sobre los delitos, drogas, violencia, etc. Por eso que cuando nos dicen que consiguen evadirse de la prisión, que llegan a plantearse metas e incluso a soñar, algo que dicen tener olvidado, para nosotros es un objetivo cumplido".

Realidades invisibilizadas

El equipo de profesionales de la Fundación Érguete que desenvuelve su trabajo en los diferentes módulos del Centro Penitenciario de A Lama no es ajeno a que la realidad de las personas con las que trabajan es una realidad invisible a ojos del resto de la sociedad. De hecho, no en pocas ocasiones, han tenido que escuchar comentarios como: "En la cárcel se vive como Dios, que tienen televisión y piscina" o "no sé para qué trabajáis con ellos, si total no van a cambiar".

La responsable del programa "Mírate", una iniciativa específica para las mujeres internas, Andrea Pérez, tiene claro su opinión al respecto de estos prejuicios y comenta que "hoy en día nadie está libre de acabar en prisión, porque si un día coges el coche borracho y tienes un incidente, puedes ir interno. Al final es una realidad que nos puede tocar, a nosotros, a nuestros hijos o a algún amigo, y quien diga que vivir en prisión es maravilloso, no sabe de lo que habla".

En este sentido, esta profesional de Érguete indica que "a todas esas personas que realizan estos comentarios les diría que pensaran por un momento en lo que supone vivir encerrada: la sensación de agobio, estrés y ansiedad de verte entre cuatro paredes día tras días, tras día".

En su caso, lo que mejor conoce es la realidad de las mujeres internas y asegura que "son unas auténticas campeonas por sobrevivir a esto. El hecho de que haya tantos suicidios en los centros penitenciarios es por algo y es más, muchas enfermedades mentales se desarrollan dentro de prisión".

Otro de los aspectos que destaca es que, en el caso de las mujeres, que son una minoría, "son una minoría para todo". Pérez señala que el programa "Mírate" se creó para dar voz al módulo de 40 internas del centro de A Lama, porque tal y como asegura "no tienen tanto acceso a las actividades como los internos varones, ni gozan de las salidas que ellos realizan. Además son un colectivo vulnerable, pues muchas han sido explotadas sexualmente, y cambiarles el chip y lograr que tengan una buena autoestima es un proceso lento".

Por otra parte, Andrea Pérez también reconoce que existen "casos extremos" de personas que "no saben vivir en libertad", por lo que "una rehabilitación o reinserción en la sociedad no es posible". De todas formas, insiste en que no es el caso de la mayoría de reclusos que, "con apoyo y con diferentes estrategias conductuales, sí pueden llegar a tener una vida normalizada", concluye.

Lucía Pereda es educadora social y responsable de ejecutar el programa de formación e integración social Pfis en la prisión, destinado a jóvenes penitenciarios. Considera que, en la actualidad, el sistema penitenciario debería reforzar los equipos, pues en su opinión "son muy pocos funcionarios para una población penitenciaria enorme; se prima la seguridad, en vez de el tratamiento, y debería haber una apertura de la prisión a la sociedad para que se conozcan las realidades de los internos".

Por otra parte, esta educadora social está convencida de que "además de hacer un trabajo con la sociedad para eliminar los prejuicios, deberían destinarse más recursos para hacer un trabajo de prevención, lo cual reduciría los actos delictivos y evitaría tener que privar a las personas de lo más valioso que tienen, que es la libertad".

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