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El meollo

San Blas y San Martiño

San Blas y San Martiño

San Blas y San Martiño

El Meollo de la cuestión está en vislumbrar con una ayudita celestial si la reciente celebración de San Blas en su capilla de Salcedo, además de la obligada encomienda en favor de todas las gargantas habidas y por haber en mal estado, también ha incluido un ruego encarecido para el pronto inicio de la restauración de la vecina iglesia de San Martiño, que ha entrado en su segundo año de cierre forzado como consecuencia de los achaques estructurales en techos y muros.

Seguramente no sería muy adecuado por la irreverencia que conlleva, decir sin más que el cura párroco, Jesús Niño, ha tenido que bailar con la más fea a cuenta del follón organizado por el pago de las obras necesarias para subsanar las pedreas heridas del citado templo. Más bien debería convenirse que el ínclito sacerdote ha sabido nadar y guardar la ropa en un asunto endemoniado, entre el Arzobispado de Santiago por un lado y por el otro la feligresía de San Martiño. De ahí esta referencia a una posible intermediación a su favor del santo milagreiro sin coste adicional de ningún tipo.

El sufragio de la rehabilitación de la bóveda y el coro de la mentada iglesia se puso de cruz, que no de cara, cuando el presupuesto inicial de 125.000 pesetas se disparó hasta las 300.000 (más del doble) a cuenta de las exigencias de la Dirección Xeral de Patrimonio de la Xunta. Y más que se complicó cuándo el Arzobispado alegó que no estaba dispuesto a soltar ni un euro y trasladó su pago a la feligresía de Salcedo.

Lo que tuvo que oír al respecto el mensajero de un recadito tan envenenado casi entra de lleno en el ámbito del secreto de confesión. Por eso don Jesús nunca dijo en público una sola palabra altisonante.

El caso fue que el buen cura párroco sacó del armario sus magníficas dotes diplomáticas, al más puro estilo vaticanista, y arrancó una solución al gusto de todos o casi todos: 200.000 pesetas por cuenta de dicha institución y 100.000 pesetas por cuenta de la parroquia a través de un préstamo blando del propio Arzobispado, que se devolverá en cómodos plazos con las limosnas y los donativos de la propia feligresía, pero sin derrama vecinal alguna.

Ahí viene a cuento la invocación de San Blas, no solo para que tal ingeniería financiera no se tuerza, sino también para que la obra pueda iniciarse cuanto antes, dentro de este mismo año.

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