La aparición de nuevas herramientas agrícolas, la adopción del cultivo del mijo (que permitía disponer de cosechas de invierno y primavera) y un cambio climático de transición al subatlántico no suficientemente conocido son los principales elementos a los que apuntan los arqueólogos para explicar como a partir del primer milenio antes de Cristo las comunidades humanas del Noroeste peninsular se hacen cada vez más sedentarias.

Para situar esos primeros asentamientos eligen terrenos estratégicos en espacios especialmente fértiles como el valle del Lérez, que proporcionaba a esas comunidades prerromanas abundante suelo apto para cultivos muy primarios y sin apenas tecnología.

Muy al contrario, el actual centro histórico de la ciudad carece de terrenos lo suficientemente aptos para estos cultivos, de ahí que los modernos investigadores hayan descartado en las dos últimas décadas teorías extendidas en siglos precedentes que localizaban castros en Santa María o San Francisco: no había tierras suficientes "como para permitir el asentamiento de una comunidad humana de nivel económico y tecnológico prerromano, esto es, poco menos que de subsistencia", explica el arqueólogo Antonio de la Peña Santos.

Éste recuerda que tampoco se puede pensar en un castro de carácter marítimo (muchas comunidades prerromanas aprovecharon las potencialidades marisqueras), básicamente porque la pleamar estaría unos dos metros más abajo que su actual línea, creando un entorno más fluvial que marítimo, de modo que un grupo que buscase asentarse elegiría un emplazamiento más al exterior, cercano a los bancos marisqueros y alejado de las marismas.

La ausencia de cualquier resto arqueológico anterior a la romanización confirma hasta el momento la teoría del escaso atractivo de las tierras de la ciudad para estas primeras comunidades.

Toda la historia cambia a solo unos kilómetros de la ciudad, espacios en Salcedo, Mourente o Bora de gran capacidad productiva y en los que se han identificado desde mediados del siglo XX numerosos restos que prueban la presencia humana desde hace milenios.

Las investigaciones de Antonio de la Peña sobre este asentamiento humano concluyen que "arranca en un momento temporal muy poco concreto pero que podría establecerse de forma aproximada hace alrededor de 100.000 años, cuando pequeñas bandas de cazadores-recolectores con un nivel de organización social apenas incipiente recorrerían el territorio aprovechando sus recursos naturales. Varios artefactos de piedra tallada y forma bifacial localizados casualmente en Poio y en Lourizán nos hablan de esta arcaica presencia humana en los alrededores de nuestra ciudad".

Los cazadores-recolectores se transforman poco a poco en cultivadores. Su agricultura, muy precaria, se basó en la deforestación y fertilización del terreno mediante quemas controladas, un sistema que agota el suelo y provoca erosión, lo que obliga a abandonar esas zonas.

Estas primeras comunidades agrícolas dejaron una evidencia clara de su presencia, cientos de túmulos funerarios (mámoas) en cuyo interior se encontraba una cámara de losas de piedra (dolmen) donde se enterraban los miembros de una familia con sus ajuares, en los que figuraban herramientas de caza, cerámicas etc.

"Las agrupaciones tumulares más próximas a Pontevedra", señalan el experto, se ubican en el Montecelo de Poio, en la parroquia de Campañó y en el lugar de Os Campiños junto al límite con el municipio de Pontecaldelas".

Apenas se han realizado excavaciones salvo la que se llevó a cabo con carácter de urgencia en Os Campiños. Una excepción es pequeño túmulo del Monte de Mon, en Campelo-Poio, "que cobijaba una interesantísima cámara rectangular enmarcada por un cinturón lítico; esta cámara había sufrido reiteradas profanaciones por buscadores de tesoros, motivo por el que no se pudo localizar resto alguno del ajuar funerario", indica Antonio de la Peña.

La llegada de nuevas semillas, especialmente las leguminosas, y técnicas de barbecho permiten que durante la Edad de Hierro florezca un proceso cultural totalmente propio: los castros.

A día de hoy, los investigadores solo atestiguan la existencia de un asentamiento prerromano en el municipio de Pontevedra: el Castro das Croas, en Salcedo.

Se construyó aproximadamente en el siglo VII antes de Cristo y, en adelante, habría que esperar unos 700 años para que el mundo castrexo, ya en contacto con Roma, alcanzase su momento de mayor esplendor.

Es en esa fase cuando se levanta la corona de castros que rodean a Pontevedra. El arqueólogo Buenaventura Aparicio apunta como principales ejemplos al Monte do Castro, en Mourente; a San Cibrán, en Tomeza, el más importante y que se cristianizó con una ermita; al poco conocido de Matalobos; al identificado en Bora, cerca de O Salgueiral o, con un carácter más dudoso, en Casaldorado- Lérez.

También en Salcedo o Xeve se han localizado castros.

Ninguno de ellos, excepción hecha de una sola campaña de investigación en As Croas, ha sido excavado, datado o documentados sus restos, a pesar de que se han encontrado pruebas (por ejemplo trozos de ánforas) que hablan de un intercambio comercial facilitado por Roma.

No ha corrido mejor suerte el patrimonio rupestre, en el que el municipio es también muy rico. "El mejor ejemplo, de una gran relevancia, es Oureiro da Mina, en Salcedo", explica Buenaventura Aparicio.

Es uno de los expertos que señala a Campañó, Salcedo, Lérez, San Andrés de Xeve o Tenorio como las parroquias en las que se conservan en dudosas condiciones interesantes rocas con grabados rupestres. En las últimas dos décadas hay constancia de que se han destruido varias y los expertos temen que el abandono o el desinterés hagan el resto con las principales joyas del patrimonio pontevedrés.