Muller, vento e ventura, logo mudan, decían los experimentados marineros que trabajaron en la ría de Pontevedra hasta casi el último tercio del siglo XX. Eran desde hacía siglos pescadores de dos o tres especies (especialmente sardina, merluza, congrio...) abundantes en la fértil ensenada del Lérez; y a mayores las huertas cercanas a A Moureira proporcionaban a diario verduras y frutas al barrio.

Como resultado, fue conformándose un espacio autosuficiente hasta tal punto que los pescadores no tuvieron necesidad urgente de desarrollar una flota de altura (si lo hicieron no fue en busca de pesquerías sino para poder comercializar sus productos en los puertos europeos), contaban con una justicia propia y durante años se especializaron en pequeñas embarcaciones, claves en el aprovechamiento de la riqueza pesquera y marisquera del interior de la ría y también en el transporte hacia las islas y los puertos cercanos.

Esas embarcaciones son las grandes protagonistas de la exposición inaugurada por la Asociación de Vecinos San Roque, una muestra dedicada a los últimos 110 años de la actividad pesquera y comercial desde el puerto de A Moureira y que también sirve de retrato del pasado marinero de la ciudad.

La muestra, que se exhibe en el local vecinal, arranca con los barcos "xeiteiros" y continúa con las embarcaciones a vela que acudían a Pontevedra con mercancías como el barro, la leña y la cal. Los principales destinatarios eran la fábrica de tejas de Montero Ríos en A Caeira, pero también los hornos de cal situados en las inmediaciones del río.

Desde A Moureira se exportaba al Mediterráneo y a los puertos del Norte europeo salazón y, especialmente, toneles de vino del Ribeiro, la mercancía por excelencia del puerto pontevedrés.

Siguen los barcos dedicados al comercio exterior, que traían las maderas de importación y también sal o ladrillos.

Para entonces, los trabajos al cerco (la pesca de la sardina, el jurel y el boquerón) se realizaban en barcos a vapor, que todavía recuerdan los más veteranos del barrio, como Sabino Martínez, presidente de la Asociación de Vecinos San Roque.

Era el primer tercio del siglo XX y cada verano llegaban al barrio 15 o 20 dornas procedentes de Ons. "Eran percebeiros, que subastaban los percebes por la tarde en la calle, se los vendía la señora Enriqueta, de la taberna la Rache", explica Sabino Martínez, uno de los que también recuerda el posterior regreso de los percebeiros: volvían a su isla con todo tipo de materiales que pudiesen necesitar (cuerdas, aparejos, herramientas de labranza etc) pero también con ganado.

De hecho los vecinos explican que a la puerta del restaurante Casa Digna había una argolla a la que se ataban las vacas y terneras que horas después embarcarían para Ons.

Por su parte, prácticamente cada familia del barrio contaba con una o dos embarcaciones, bien chalanas para unos cuatro ocupantes o traineras para una tripulación de unos diez o doce hombres.

¿Quién elaboraba las barcas? Generalmente la propia familia, que según los oficios de sus miembros necesitaría una o más embarcaciones, pero también artesanos avezados como el señor Miguel "O Cabrito".

Era encargado de la plaza de toros y carpintero. De sus talleres salieron muchas barcas como las que aparecen registradas en la exposición y cuyo coste (al menos el declarado a efectos de los impuestos) rondaba las cien pesetas.

Estas traineras y chalanas cuentan con un espacio especial en la muestra, que reúne una selección de 76 imágenes, la mayoría de principios del siglo XX y que no sólo da testimonio de la evolución de las embarcaciones sino de la propia fisonomía del barrio, que empezó a cambiar ya en 1905 con la construcción del muelle.

También figuran en la exposición los barcos de hierro que llegaron bien entrado el siglo XX. En plena postguerra y sin medios de transporte, esas embarcaciones eran imprescindibles para el traslado de la madera, tanto con destino a los aserraderos de Mourente y O Burgo (en donde había hasta cuatro pegados al río) como para embalar pescados y mariscos para su venta.

"Entonces ya estaban desaparecidos el remo y la vela y se usaban motores diesel, también para el cerco pero la pesquería era ya más pequeña. Y poco después llegó la desaparición total", recuerda Sabino Martínez.

Éste es uno de los vecinos del barrio que invita a los pontevedreses (muy especialmente a las asociaciones y colegios) a visitar la muestra y participar en las visitas guiadas que permitirán conocer mil y una anécdotas del populoso barrio.

"Hoy apenas queda nada, algunas casas y algunos restos de patines y pavimentos", explica Sabino Martínez, uno de los avezados guías en la historia del barrio que ante las fotografías recuerda a los más jóvenes que el pasado sigue vivo y es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences de recordar. Por eso los pontevedreses están empeñados en no olvidar A Moureira.