Emprendimiento rural y digital
Manuel Ribeiro, el carnicero de Ribadavia que convirtió la pantalla del teléfono móvil «en la vitrina del siglo XXI»
Con más de 14.000 seguidores en Instagram, el veinteañero ourensano ha logrado atraer las miradas nacionales a su carnicería de la plaza de abastos de la villa sin abandonar el municipio y ampliando su mercado

Iñaki Osorio
En la plaza de abastos de Ribadavia, a fecha de este verano, resisten un par de floristerías, un zapatero, una frutería y un par de puestos de venta de carne y pescados. Los comercios que permanecen abiertos hoy son los mismos que lo hacían el verano pasado cuando Manuel Rodríguez Ramos, más conocido como Manuel Ribeiro, se interesó por uno de ellos para «darle una vuelta», al proyecto y a su vida personal. El joven se enteró de un traspaso municipal en una de las carnicerías y la convirtió en su medio de vida con cuchillo en mano, pero también con el móvil. Es en las redes sociales donde acumula seguidores y su mayor mercado: Carnicería Da Vila cuenta con más de 14.000 seguidores solo en Instagram y el ourensano no duda cuál es la clave: «La vitrina del siglo XXI ya no es el expositor, es la pantalla del teléfono».
Con esa filosofía presente, Rodríguez Ramos cuenta una trayectoria laboral que lo llevó desde su Pereiro de Aguiar natal hasta la isla de Formentera siempre dedicándose a lo mismo: la cocina. El conocimiento que lo acompaña desde sus estudios en el centro educativo de Vilamarín hace más de una década. En territorio balear se encargaba de hacer paellas en el mundo de la hostelería, algo que también hizo en el Pirineo Catalán, en la estación de esquí de Baqueira Beret. «Siempre tuve claro que si total vas a tener un trabajo sacrificado, en el que no existen las vacaciones de Navidad o el verano y el tiempo con los tuyos, en consecuencia, es escaso, al menos que sea en sitios donde te paguen bien», resume. Pero todo cambió con la llegada de dos virus, el del covid-19 y el del amor.
La pandemia le obligó a replantearse su existencia en un momento en el que la hostelería no pasaba por sus mejores horas, ni siquiera en los grandes destinos. «Había que comer y ahí fue cuando pensé en volverme a Galicia». Y en Galicia fue también donde conoció a Anaís, que estaba asentada en Ribadavia y se convirtió en la conexión entre el carnicero y la villa.
Sin embargo, antes de llegar a su actual oficio la vida le dio tres años de aprendizaje en supermercados, un paso por un matadero y una enriquecedora experiencia en una carnicería tradicional junto a su mentor, Santos, quien lleva una carnicería homónima en la villa de Ribadavia. «Cuando me enteré del traspaso se lo comenté y en ningún momento me vio como competencia, me lo recomendó casi como un padre y me dijo ‘estás en la edad de intentarlo, te irá bien’».
Santos acertó en la predicción, porque un año más tarde, Manuel Ribeiro es su propio jefe y puede vivir de ello: «La mayor diferencia que encuentro es cómo me reparto las horas, soy autónomo, pero tengo vida propia y sé que ha sido gracias a las redes», dice, porque «la gente ahora no va mirando las vitrinas, va mirando el teléfono. No necesitas una vitrina bonita, necesitas un expositor en internet».
El modelo de negocio
Su propuesta desde el principio fue «generar confianza con el cliente enseñando el oficio, explicando cómo se perfila cada pieza y recomendando el mejor corte para cada ocasión». Datos que lo hicieron «viral» a comienzos de año cuando corrigió al estrella Michelin, Dabiz Muñoz, por llamar entrecot a lo que era «llana o cañón». A partir de ahí, la popularidad de su cuenta se disparó y el trabajo delante y detrás de cámara hizo el resto, llevándolo a desarrollar una plataforma de venta por internet que le reporta los mayores beneficios: «Siempre me pareció que si nosotros podemos comprar a Bilbao, Madrid o Barcelona, ¿por qué no va a haber gente que quiera comprar a Ribadavia?».
La respuesta es que la hay, y en su caso se lo confirma su propio teléfono móvil, donde además de crear el contenido gestiona los pedidos a horas intempestivas. «La tienda física exige una atención lineal de muchas horas detrás del mostrador esperando al cliente, pero lo de la web es la hostia. Me ha pasado de estar a las tres de la mañana de fiesta y de repente ver un pedido online de dos chuletones y una picaña por valor de 300 euros», ilustra.

Dos clientes esperando sus pedidos, este lunes, en la Plaza de Abastos de Ribadavia / Iñaki Osorio
Si se le pregunta por dinero al carnicero dice que lo máximo que ha podido ganar es «en un pico de facturación de un par de días 2.000 euros» de la venta por internet. En físico las cuentas son menores, pero igual de importantes: «El cliente del día a día es una prioridad. Esta era la antigua carnicería Rivas y funcionaba ya bien, ya tenía una cartera de clientes que conseguí mantener y que espero que siga siendo así», comenta.
Así, la transformación digital convive a diario con el pulso tradicional de la plaza, generando un marcado contraste también entre los perfiles de los compradores. «En la tienda física, el público mayoritario sigue respondiendo a un perfil muy clásico: mujeres de entre 65 y 80 años que compran de forma presencial grandes volúmenes de cortes tradicionales, pidiendo habitualmente dos kilos de aguja, dos de jarrete, todo grande y bulto». En el extremo opuesto se sitúa el cliente digital, que a través de la web «busca un producto mucho más especializado, centrándose de forma casi exclusiva en chuletones de vaca y elaborados y rebozados 100% libres de gluten», las últimas incorporaciones de la Carnicería Davila.
Calidad «como para casa»
En el establecimiento, Manuel sostiene que el «éxito» es «la confianza del cliente», algo que logra con su cercanía digital y presencial, pero sobre todo «con la calidad del producto, que es la que yo me llevaría a mi casa. No le vendo a nadie algo que yo no comiese».
Aunque sus inicios fueron con carne de ternera, pollo y cerdo clásicos, en junio decidió dar un salto cualitativo e instalar un armario madurador para apostar por la vaca nacional madurada: «Son piezas espectaculares. El kilo sale a 49,90 euros, lo que para una carnicería de pueblo es caro, pero se está vendiendo muy bien, porque lo que te llega en el papel va perfectamente limpio y perfilado», asegura con orgullo, trasladando que, junto con los elaborados, son a día de hoy «el buque insignia».
La demanda es «alta», tanto que Manuel, que por el momento trabaja solo, desde septiembre tendrá otras dos manos: «Vendrá mi pareja y no solo me ayudará a despachar y preparar, también será un punto más en el marketing». Así que con dos personas en la línea de producción, Carnicería Da Vila se prepara para pisar de nuevo el acelerador digital desde el corazón comercial de la villa del Avia.
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