Solidaridad
El comedor social de Ourense alcanzó máximos históricos de servicio presencial este verano
Setenta personas en situación de sinhogarismo o que residen en infraviviendas acudían diariamente a las instalaciones

Los voluntarios de cocina preparan cada día la comida. / Iñaki Osorio
El comedor social de Ourense recibía a 70 personas diariamente a comienzos de este verano, alcanzando sus máximos históricos de asistencia presencial. Este servicio es mayoritariamente usado por personas en situación de sinhogarismo o que residen en infraviviendas, sin tener agua o luz, aunque también está disponible la opción de llevarse la comida en un tupper.
Para atender a tantas personas, es necesario que haya voluntarios, explica Elena Pérez, educadora social y responsable del programa: «En verano bajan un poquito las cifras, pero tampoco es un cambio muy grande porque se compensan con estudiantes». Durante el curso hay varios colegios que colaboran, por lo que «a veces queda alguna persona interesada en continuar» que se suma a universitarios que regresan a su ciudad en la época estival.
En el último mes han acudido 22 personas a colaborar, repartidas en «una media de 4 o 6 al día», y han pasado por el programa 41 distintas desde inicios de 2026. Para poder sumarse a los voluntarios, se debe pedir «una cita con las compañeras de voluntariado, que les hacen una entrevista y les explican un poco los servicios y los programas que tenemos. En función de la necesidad que haya y de los intereses de cada uno, van encajando en distintos sitios», aclara.

Dos de los voluntarios cortando tomates. / Iñaki Osorio
En cuanto el perfil de voluntario actual, tiene una edad media de aproximadamente 49,5 años, ya que hay gente desde 19 hasta 79 años. También existe diversidad formativa: el 34,5% tiene estudios universitarios, el 27,6% cuenta con estudios básicos (EGB, primarios o equivalente) y el 17,2% tiene formación profesional. Destaca la presencia de perfiles relacionados con el ámbito sanitario y social (enfermería, nutrición, trabajo social...) y perfiles con formación específica en áreas como recursos humanos, derecho, geografía e historia, ciencias de la información y estudios eclesiásticos.
Servicios
Desde enero, el comedor ha ofrecido servicio de desayuno a 210 personas, de comedor a 424, de ducha a 145 y de lavandería a 118. En total, han recibido a 646 personas y unidades familiares, a 498 personas sin hogar y 188 unidades familiares han acudido a la recogida de tupper. Para poder obtener este tipo de ayuda «el requisito principal es encontrarse en una situación de vulnerabilidad», comenta Pérez, «entre otras circunstancias de no tener cubiertas las necesidades básicas de alimentación y de higiene». Para demostrarlo, deben acudir «a una cita de atención social, que también sirve para valorar la situación en general de la persona y hacer un itinerario conjunto». A mayores, a veces se les deriva a programas de empleo o formación o a un servicio de salud que necesiten: «se hace una labor de dar acceso a las personas a los servicios y también de informar de otros recursos».
El comedor no tiene aforo, asegura Pérez, y nadie que lo requiera se queda sin acceder a él: «La pandemia fue un poco la muestra de que pasamos el tope del número total de atenciones y de servicios diarios y siempre se ha atendido al que ha venido y que lo ha necesitado», y aclara que «nunca nadie ha quedado fuera. Esto de que nos quitan las ayudas ciertos colectivos, que a veces se les acusa, no existe, aquí atendemos a toda persona que lo necesita y viene».
Asimismo, hace hincapié en que «existe una clara falta de recursos para atender a las personas en situación de sinhogarismo y con conductas adictivas. Necesitamos una red fuerte que preste una atención integral real. Los recursos asistenciales mejoran sus condiciones diarias de vida, pero no son, por sí solos, la solución definitiva a sus problemáticas». Entre las causas de carácter estructural del sinhogarismo se encuentra la subida del precio de la vivienda, que afecta tanto a alquiler de habitaciones como a pisos, así como las dificultades de acceso a prestaciones como IMV.
Pérez relata que «no se pueden empadronar porque no tienen vivienda, pero no pueden tener vivienda porque no tienen padrón para tramitar una prestación que les permita pagarse una habitación o vivienda. Por otro lado, es muy difícil mantener un trabajo sin un mínimo de condiciones de vida, como es el tener un lugar donde poder descansar adecuadamente, donde guardar sus cosas, donde poder ducharse…», a lo que se suma que «el no disponer de empadronamiento, supone una pérdida de derechos en cuanto a la atención distintos servicios públicos como ciudadano o ciudadana». Finaliza diciendo que hay pocos recursos con equipos multidisciplinares para la «deshabituación y desintoxicación de personas que presentan conductas adictivas».
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