Vínculo de sangre y ceniza
La familia Rodríguez, la saga ourensana que convirtió la lucha contra el fuego en una misión personal
Agentes territoriales, bomberos forestales y emisoristas comparten profesión y vocación en una familia de Trasmiras que lleva décadas vinculada al cuidado de los montes y a una misma forma de entenderlos: «Son a nosa casa»

Isidro, Felisindo, Mónica, Mari y Manuel; la dinastía que protege el monte ourensano desde el Distrito XV / Brevebretema
En los pueblos ourensanos, el monte no es un elemento pasivo del paisaje, es un vecino exigente, un organismo vivo que respira, ruge y, no en pocas fechas, arde. Para la familia Rodríguez es todavía más, ellos aprendieron desde niños a verlo como «un mundo especial, un mundo de hadas e un mundo marabilloso que hai que coidar». La frase la traslada Mari, pero es el recuerdo de lo que les inculcó la matriarca de la familia a tres hermanos que hicieron de las palabras de su madre sobre el monte «a cousa máis bonita que podíamos facer», dedicarse a protegerlo.
Con los años, aquella visión infantil terminó convirtiéndose en una vocación compartida. En el Distrito Forestal XV, el apellido Rodríguez está ligado a varias generaciones de trabajadores: agentes, emisoristas, peones de brigada y conductores de motobombas forman parte de una saga familiar del concello de Trasmiras, para la que su relación con el monte no termina ni cuando se apagan las llamas: se prolonga durante todo el año, en la prevención, pero también en el día a día de las conversaciones familiares.
Los comienzos de la estirpe
La historia profesional de la familia arranca con el mayor de los hermanos, Felisindo. Fue él quien dio el primer paso en una brigada antes de aprobar las oposiciones de Medio Rural y escalar todos los puestos hasta convertirse en agente territorial, un puesto del que se jubiló este mismo año en otro distrito al que le guarda el mismo cariño que al XV, el XII, en la base de A Merca. «Alí viñan moitos nenos, cativos de distintos colexios a aprender como funciona un operativo, as comunicacións, as coordinacións, os camións, os helicópteros...A satisfacción de poder trasladarlles a eles todo o que facemos é moita porque hoxe non, pero mañá serán eles a primeira liña de defensa do noso territorio e é importante que o queiran», destaca Felisindo.
En el Distrito XII se desligó de su familia que, al completo, continúa en el Distrito XV, donde todos coincidieron durante años, porque a los pasos del mayor de los Rodríguez les siguió su hermano Manuel, que tras un año como peón forestal en Trasmiras se incorporó como emisorista a la comarca de Xinzo de Limia en 1992. «Era unha das comarcas pilotos para o sistema de extinción galego, antes da distribución por distritos», recuerda de aquella época en la que aún eran solo dos los miembros de la familia involucrados en la lucha contra el fuego y él aún no era agente territorial.
Precisamente de esa lucha ambos hermanos corean una misma opinión, que es el sentir generalizado en la casa: si algo cambia cuando el monte arde es la relación entre quienes están allí. En el fuego, la confianza deja de ser una cuestión de compañerismo para convertirse en una necesidad. «O lume é un momento de perigo real, as persoas nun momento así collen medo e non saben como van reaccionar. Nós temos un protocolo e hai que cumplilo, nunha brigada cada persona ten unha responsabilidade coas demáis, que alguen abandone é deixar exposto o resto e non se consinte, por iso é esencial apoiarte nos compañeiros, ter unha confianza real».
Los forestales subrayan que un incendio es un escenario de incertidumbre absoluta: el viento puede cambiar, la radiación puede obligar a retroceder y una situación aparentemente controlada puede complicarse en cuestión de segundos. Por eso, pese a lo que pueda parecer, celebran el poder haber trabajado codo con codo, «sentirte apoiado polo teu irmán é diferente. Sentes, aínda que cos compañeiros te sentes apoiado, que o teu irmán é o teu irmán. E iso dá máis tranquilidade», dice Felisindo, quien sostiene que «en ningún momento discutimos nin antes, nin durante, nin depois dun operativo, sempre tivemos claros os papeis de cada un e iso é algo que non é só noso, é de todos os que nos adicamos a estes traballos, porque senon funcionásemos coma un engranaxe teríamos moitos problemas».
A las reflexiones de los dos agentes asienten Isidro y Mari. Ella es la tercera hermana y es la madrina de Isidro, hijo de Manuel. Comparten lazos sanguíneos y también profesión: son los brigadistas de la saga. Pero no todo es el fuego en directo, mientras unos se adentran en el incendio, otros viven la emergencia desde una emisora y es ahí donde entra otra integrante de la familia, Mónica Ferreiro, la mujer de Manuel y la madre de Isidro.
La «radionovela» de las llamas
«Desde a emisora vívese moi intensamente. O de non velo é moito peor. Sentes que non podes facer nada dende aquí», resume Mónica sobre un puesto en el que, para ella, las grandes jornadas de incendios tienen algo de «radionovela». «Dende alí non ves e teste que guíar polo que che chega e atinar coas petición que fan, saber que dicir e como e, sobre todo, saber escoitar», cuenta sin negar que la angustia se multiplica cuando quienes pueden estar en el fuego no son únicamente compañeros. «O que máis medo me da é cando están todos no lume», asevera.

Mónica flanqueada por su hijo Isidro y su marido Manuel. / Brevebretema
El episodio que más recuerda ocurrió el año pasado, en la gran ola de incendios del 2025 que ninguno olvida, pero tampoco quiere rememorar. Fue durante un incendio que avanzó hacia Verín. En medio de la emergencia, la voz de un brigadista irrumpió por la emisora con una petición que hizo saltar todas las alarmas: «Colléme as coordenadas e mandádeme inmediatamente un medio aéreo, estou en perigo!». Mónica recuerda perfectamente aquel instante. «Penso nese momento e póñenseme os pelos de punta e arrepíaseme a pel».
Durante unos quince minutos, hasta que llegó el helicóptero al punto indicado, la incertidumbre fue máxima. «Despois soubemos que non estaba en ningún perigo, pero vía as llamas preto da casa dun ancián na aldea de Gundín e era aquelo o que quería salvar. Rifeille nada máis sabelo, iso non se fai porque pola radio o primeiro que se pensa é que están en perigo de verdade».
Mónica es franca, «nós non corremos perigo físico, pero a tensión témola tamén e hai que ter moita forza», afirma sobre un trabajo que, en su caso, llegó por impulso familiar. «Eu traballaba nunha asesoría na que nos levábamos xenial, tíñamos un gran ambiente e levaba moitos anos, así que estaba contenta. Foi Manuel o que me propuxo estudar con el as oposicións e aprobei. Dubidei que facer porque era sen plaza, pero dende fai uns anos consolidei en Bande e a verdade é que tamén me gusta, inda que non tanto como a todos estes que lles apaixona», narra ante el asentimiento de los Rodríguez.
Cortar... pelo y maleza
La familia cuenta con agentes territoriales, emisorista y... bomberos forestales. Mari fue la última de los adultos en sumarse a los trabajos forestales y lo hizo hace poco más de una década con un cambio de vida radical. Su trayectoria laboral estaba dedicada al ámbito de los cuidados, pero cosméticos y capilares: la mujer regentaba una peluquería a orillas de la N-525, en el corazón de Trasmiras, hasta que en el año 2015 decidió cederle el local a su socia y enfundarse un uniforme que en su casa era de lo más habitual.
«A perruquería é un mundo precioso, pero era moi agobiante con xornadas maratonianas se queres atender e facelo ben, e traballando tódolos días se es autonóma. Eu traballaba de luns a domingo, o unico descanso era que nese día saía sobre as 12.00 ou as 13.00 horas, así dende nova, así que non puiden nin gozar dos fillos», dice para sorpresa de quien la escucha porque, a su vista, «o monte e os lumes non son tan agobiantes».
El cambio no se produjo de un día para otro, «dende nena na casa falabamos do monte, de maiores os meus irmaus...Pois xa ves, o meu home tamén ven de familia de forestais, bombeiros...Estaba no sangue», asegura sin poder explicar si hubo un detonante que la impulsase a alejarse del mundo de la estética y salir a la naturaleza, lo que sabe es que «este traballo, coas condicións que temos agora, de turnos, permíteme desfrutar dos netos como non puiden cos fillos».
Con todo, no romantiza y reconoce que la dureza del trabajo no desapareció. Mari habla de un «agobio precioso», una mezcla de cansancio y satisfacción que encuentra sentido en la relación con sus compañeros. «Sempre facemos piña porque dependemos uns dos outros. Dá igual se estás desbrozando, limpando ou podando, tes que apoiar ao compañeiro».

Manuel, Mari y Felisindo, los hermanos que comparten vínculo sanguíneo y profesional. / Brevebretema
La palabra vuelve a aparecer: apoyarse. La misma idea que Felisindo utiliza cuando habla del fuego aparece en Mari al explicar el trabajo cotidiano. En el monte, la seguridad depende de los demás incluso cuando no hay llamas. «A brigada funciona coma un grupo unido no que cada membro ten que responder por sí, pero tamén polos outros», dice la bombero forestal sobre todas las épocas del año, también en las que su trabajo se centra en la prevención, «hai satisfacción en desbrozar, podar, deixar todo limpiño e poder pensar: iso fixeno eu».
Las nuevas generaciones
Esa es la misma frase que Mónica revela que le dice su hijo, Isidro, quien este verano trabaja por primera vez bajo la batuta de la Consellería de Medio Rural. Estudia Magisterio de Educación Primaria, pero durante sus primeros años no quería pasar los veranos encerrado en casa, así que, pese a su juventud, acumula ya cuatros años a sus espaldas como peón de las brigadas municipales: «Crecín escoitando falar de lumes, brigadas, bombeiros...É a profesión que mamei dende pequeniño e encántame», manifiesta con una sonrisa a la que su tío, Felisindo, acredita «é un máis dos nosos». A sus padres les gustaría que opositase y fuese profesor, pero él ni confirma ni desmiente ese destino: «o tío é axente e tamén traballou con nenos», apremia a responder para mantener las opciones sobre la mesa.
Por el momento comparte brigada con su madrina y es un plan que «non cambio. A sensación de acudir ó monte, de que te chamen e poder facer algo é indescriptible», manifiesta el más joven de los Rodríguez en un sentimiento compartido por toda la dinastía, «medo nos lumes ningún. Hai tensión, porque sabes ó que te enfrontas, pero tamén que é moi variable, polo que tes que estar alerta, pero é o noso traballo e nós queremos coidar os nosos montes, que son a nosa casa», subraya una estirpe en la que el relevo generacional no acaba, Lucía, la hermana de Isidro, tiene 19 años y este verano continúa los pasos de su padre y de su hermano y ya forma parte de la brigada del concello. «Non sei o que ten isto, pero o que sei é que te atrapa», concluye Felisindo.
«A regra do 30 xa non existe»
Esta familia de profesionales que lleva décadas trabajando en los montes ourensanos son testigos de una transformación que afecta directamente a su trabajo. «O cambio climático alternou as condicións nas que se desenvolven os incendios e converteu situacións que antes se consideraban excepcionais en escenarios cada vez máis frecuentes», resume Manuel.
Es él quien explica que la llamada «regla del 30» —más de 30 grados de temperatura, más de 30 kilómetros por hora de viento y menos de un 30% de humedad relativa— que servía como referencia para identificar condiciones de peligro extremo «xa non existe, agora esa regra pasámola en todo momento en calquera día de xuño ou agosto». El monte llega al verano con un estrés hídrico mayor y la vegetación puede convertirse rápidamente en combustible después de varios días de calor y sequía.
El comportamiento del fuego también ha cambiado. « Hoxe empeza un lume e, sen aire importante, a pavesa vai prender a douscentos metros de ti», advierte el agente territorial. Son comportamientos eruptivos asociados a los incendios de quinta y sexta generación, fuegos capaces de avanzar a gran velocidad, generar su propia meteorología y superar en determinados momentos la capacidad de los medios de extinción. «Súmase a iso a proximidade cada vez maior entre monte e vivendas. O crecemento da vexetación e a presenza de núcleos de poboación en zonas de interfaz fan que xa non nos enfrentemos a lumes forestais ó uso, senón a lumes que poden converterse con rapidez nunha ameaza directa para as persoas», alerta. Por ello, el agente territorial subraya que el trabajo que menos se ve «o de prevención que se fai todo o ano, limpar, podar, desbrozar e manter acondicinados os puntos de auga é un paso moi pouco visible, pero é, sen dúbida, esencial».
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