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La nueva vida de la familia argentina que se mudó al rural ourensano para emprender: «Acá nos sentimos libres»

La rápida integración de la familia Romero en San Xoán de Río evidencia la conexión con la naturaleza y las tradiciones locales, un cambio vital que sus hijos definen como «haber nacido» para ello.

Natalia Andrea Romero, con sus hijos Amélie y Salomón.

Natalia Andrea Romero, con sus hijos Amélie y Salomón. / Brevebretema

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San Xoán de Río

El pasado 9 de abril, la argentina Natalia Andrea Romero visitó por primera vez San Xoán de Río. Había llegado desde Bilbao, con su marido y sus dos niños, para participar en Impact Social Campus, una iniciativa para conectar a emprendedores como ella con las problemáticas del rural. Tan solo dos meses después, volvió junto a toda su familia a este concello de la comarca de Trives y, a inicios de agosto, sigue paseando por sus calles, al igual que los múltiples visitantes y retornados que estos días dan a la aldea una vida difícil de encontrar el resto del año. Pero su caso es diferente a casi cualquier otro que se pueda encontrar allí: su mudanza definitiva es para todo el año, sus hijos son ya uno más de la infancia del lugar y el trabajo que esta emprendedora está llevando a cabo promete revolucionar el potencial del rural ourensano en un plazo mucho más corto de lo que imaginan.

De Bilbao a San Xoán de Río

Como ya adelantó FARO en su momento, Natalia tomó la decisión de hacer de San Xoán de Río su hogar casi al instante de volver de la experiencia del Impact Social Campus. La familiaridad que había encontrado en sus vecinos hacía de él el lugar perfecto para implantar el hub de innovación económica que llevaba meses diseñando. Su marido, doctor radiólogo, ya teletrabajaba, por lo que la mudanza no suponía un problema para él, pero el paso definitivo lo dieron sus hijos, Salomón y Amélie, de 4 y 6 años: «A los dos días me dijeron: «Mamá, queremos vivir aquí»», contaba por entonces Romero, pues los pequeños se habían enamorado de la naturaleza y del ritmo de vida del rural, algo nuevo para ellos —la familia había vivido en Buenos Aires antes de asentarse en la capital vasca—.

Tras estudiar la viabilidad de esta nueva vida —un trámite que se volvió tan fácil como regresar a casa, pues Natalia guardaba con cariño el contacto de varias vecinas que conoció, así como del alcalde de San Xoán de Río, Xosé Miguel Pérez Blecua, promotor incansable de este tipo de iniciativas—, la familia gaucha fijó su partida para el 25 de junio, con el objetivo de que los pequeños pudieran disfrutar ya del verano en Ourense tras rematar el curso. Así se acabó manteniendo a pesar de las adversidades, pues Facundo, el padre, fue operado de una fractura tan solo dos días antes: «Vinimos con varias paradas, pero sabía que había que venir en esa fecha sí o sí», cuenta Romero como anécdota.

El pequeño salomón aprende el arte de la billarda con Juan Carlos, el campeón local.

El pequeño salomón aprende el arte de la billarda con Juan Carlos, el campeón local. / FdV

Una integración inmediata en la aldea

Ahora llevan tan solo un mes y medio como habitantes oficiales del concello riés, pero si uno se acerca hasta allí, la única forma de averiguarlo es que Natalia lo cuente directamente, pues su integración es tal que resulta imposible distinguirlos de cualquier otro vecino. Así lo demuestran en el Parque do Concello Salomón y Amélie, quienes meriendan junto al resto de niños de la zona que acuden al campamento de verano que ofrece el Ayuntamiento. «Ya son uno más, y es impresionante lo que cambió Salomón. Empezó a hablar mucho más, ahora lo hace sin parar. Saluda a todo el mundo por su nombre», cuenta entre risas Romero.

Cuando no se encuentran con los de su edad, su terreno es el campo: ayudan a cada persona mayor que se topan para cuidar la huerta, o para sacar y meter de nuevo a las gallinas en el corral. También aprenden sobre las tradiciones: Salomón tiene claro que quiere ser la próxima promesa del juego de la billarda, y aprende de la mano de Juan Carlos, el veterano campeón de la localidad. «Parece tan simple, pero es tan esa conexión con la naturaleza y con la tercera edad, que pasó a ser algo...», la madre no es capaz de ponerle palabras a lo que está viendo en sus hijos. Ya se encargan ellos mismos de definirlo: «Acá nos sentimos libres», le dijo Amélie a las tres semanas de instalarse en la aldea de la comarca de Trives. El pequeño, por su parte, hasta asegura mirando a las montañas que «nací para vivir en el campo».

Nodo Hub, emprendimiento para el rural

A su madre tampoco le faltan amigos en San Xoán de Río. Solo es necesario acudir a los locales para comprobarlo: al mencionar su nombre, ya saben indicar por dónde anda la nueva emprendedora de la aldea. «Pasé de ser «la argentina» a que me conozcan por mi nombre en un mes, lo considero un gran logro», bromea Romero. Ayuda, y bastante, que la gaucha ya se haya recorrido prácticamente todas las aldeas del concello y haya llamado a cada puerta para que todo el mundo conozca la oportunidad de Nodo Hub, la cooperativa de desarrollo territorial que ha instalado en la biblioteca municipal. «Buscamos ofrecerles soluciones a sus problemáticas e impulsar los proyectos que tengan en mente. Al principio la gente es bastante tímida, pero cuando se abren descubres que tienen muchísimo potencial», cuenta. Desde su llegada, ha escuchado hasta 25 propuestas de emprendimiento en su oficina y, en apenas mes y medio, ya empieza a dibujar varios proyectos de largo alcance con universidades y socios internacionales implicados.

La familia vivió con el resto de la aldea la final del Mundial.

La familia vivió con el resto de la aldea la final del Mundial. / FdV

La prueba definitiva de que ya forman parte del pueblo llegó con la final del Mundial. Hasta entonces habían visto los partidos solos en casa, pero para el último encuentro decidieron acudir a las piscinas municipales, donde se congregaban los vecinos. Lo hicieron los cuatro con la camiseta de Argentina, no sin antes preguntar si alguien podía sentirse molesto por ello: «Fuimos con un poco de miedo, por una cuestión de respeto, pero nos dijeron que no había ningún problema», recuerda Romero. Al llegar, los niños del campamento llamaron enseguida a Salomón y Amélie para que se sentaran con ellos, mientras Facundo compartió el partido con Carlos, un vecino vestido con la camiseta de España. «Estuvieron abrazados y hablando todo el tiempo. Fue casi como un encuentro familiar», cuenta la argentina, que considera que, después de superar incluso el desafío del fútbol, ya no les queda ninguna duda sobre la acogida recibida en San Xoán de Río.

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