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Un nuevo eclipse total de sol, 114 años después: ¿Cómo se vivió el fenómeno de 1912 en Ourense?

Una investigación reconstruye la expedición científica y las imágenes del último eclipse total de sol visible en tierras ourensanas

La fotografía que Josep Comas tomó del eclipse en Valdeorras en 1912.

La fotografía que Josep Comas tomó del eclipse en Valdeorras en 1912. / Josep Comas

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Ourense

La espera para presenciar el fenómeno astronómico del siglo ya se puede contar con los dedos de las manos: faltan, desde este domingo, diez días para que llegue a España el eclipse total de Sol, un evento insólito que, aparte de en nuestro país, solo se podrá contemplar en su plenitud en Rusia, Islandia y Groenlandia, con la afluencia turística que ello conlleva.

Al igual que en el resto de provincias, Ourense ultima desde hace meses todos los preparativos necesarios para brindar a locales y visitantes la mejor experiencia posible y sin inconvenientes. La ocupación hotelera roza el lleno en múltiples municipios del oriente provincial, y no es para menos, pues hace 114 años que no se presencia un fenómeno de estas magnitudes en toda la región. Ante esta exclusividad, surge la gran pregunta de los curiosos: ¿cómo se vivió por aquel entonces un evento así? La respuesta la han recogido los investigadores Iván Fernández Pérez y José Ángel Docobo Durántez, del Observatorio Ramón María Aller, en la última tirada de la revista cultural Raigame.

Corría abril de 1912 cuando se dio el último eclipse total de Sol en tierras ourensanas. Por aquel entonces, a la que hoy es la persona más longeva de Galicia le quedaban aún cuatro años para nacer; en vez de en su móvil o en su ordenador, estarían leyendo esta pieza en un número suelto de papel que les hablaría del "regocijo que presentaba las calles por presenciar el fenómeno á la hora minutos y segundos prefijados de antemano por los sabios astrónomos"; y la astronomía, lejos de la pasión que hoy despierta en muchos aficionados, era una ciencia prácticamente «patrimonio de instituciones oficiales», que obligaba a sus interesados a recurrir a sociedades internacionales para desarrollar su interés.

El precedente de 1912 en tierras ourensanas

Eso sí, la ciencia vivía unos años de esplendor en cuanto a fenómenos celestes: por aquel entonces, los españoles del siglo XX ya habían vivido hasta dos eclipses anteriores, en 1900 y 1905, además del paso del cometa Halley cinco años después, lo que precisamente propició la creación de importantes observatorios y asociaciones astronómicas. Esos dos fenómenos previos solo ocultaron el Sol parcialmente en Ourense, aunque sí se documentaron varias crónicas en el histórico periódico El Miño y una carta del Instituto de Segunda Enseñanza —el actual IES Otero Pedrayo— al Observatorio Meteorológico de Madrid, en la que se describía con detalle la observación que se hizo con un «deficiente» telescopio de Gregori, y se reclamaban a la capital mejores instrumentos para presenciar estas ocasiones.

Sin embargo, a diferencia de estos, el eclipse de 1912 supuso un quebradero de cabeza para los astrónomos de la época. El hecho de que la Luna y el Sol coincidiesen casi con exactitud en tamaño —lo que hoy se conoce como un eclipse de magnitud 1— dificultaba calcular la hora exacta de su inicio, así como su duración. No era el único obstáculo presente, pues la zona de mejor visibilidad se encontraría por las comarcas del Bierzo y Valdeorras, de muy mala fama en lo que respecta a la meteorología, y las coordenadas geográficas de las localidades más próximas a la línea de centralidad eran inciertas. ¿La solución? Un importante trabajo de campo en agosto del año anterior. Una expedición de astrónomos del Observatorio Astronómico de Madrid viajó a Cacabelos, O Barco y Verín para determinar cuál de las villas sería la más propicia para las observaciones de los expertos. Sin embargo, semanas de mediciones, viajes y memorias no brindaron suerte a Galicia: el observatorio madrileño determinó que Cacabelos sería su sede de observación, pues la ocultación completa en los montes gallegos duraría una fracción de segundo, llevando consigo a la localidad berciana a todos los astrónomos nacionales e internacionales de renombre.

Josep Comas eligió Valdeorras para observar el eclipse

Todos... menos uno. Josep Comas, director del Observatorio Fabra y responsable de algunos de los descubrimientos celestes más llamativos de su tiempo —un cometa y un cráter en Marte llevan su nombre—, decidió hacer la observación desde Valdeorras. Subió hasta las afueras de O Barco —en un monte entre Vilariño y Alixo, según las coordenadas que precisó en su crónica en una prestigiosa revista alemana— con una cámara cinematográfica para estudiar la cromosfera solar con esta técnica. Quería estudiar el «efecto flash», ese microinstante de ocultamiento total en el que solo queda a la vista el borde de gas que rodea al Sol, y que se le había escapado en el eclipse de 1905, cuando lo observó desde Vinaròs, en Castellón. Sí logró su objetivo en Valdeorras: describió el eclipse como «visual y sensiblemente total, pero esta totalidad fue instantánea», y sus cintas dejaron las espectaculares imágenes que ilustran esta pieza.

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