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Tradición centenaria

Solo se fabrican un máximo 5 al año totalmente a mano y en Ourense: Así es el reloj gallego más exclusivo desde hace un siglo

«Creemos que no hay otros relojes en los que ninguna pieza sea importada» afirma Odilo Fernández, tercera generación de El Cronómetro, es el gemólogo y relojero que mantiene estos relojes en oro, plata o platino cuyos elementos se fabrican todas una a una en su taller

El rico legado familiar en diamantes de muchos emigrantes retornados : «Lo hacían por inversión, y vi alguno en la ciudad de 12 quilates, es decir casi dos millones de euros»

Odilo Fernández el relojero y gemólogo que sigue con la tercera generación familiar fabricando a mano el reloj El Cronómetro.

Odilo Fernández el relojero y gemólogo que sigue con la tercera generación familiar fabricando a mano el reloj El Cronómetro. / Iñaki Osorio

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«Si se para el mundo y no hubiera suministros, nosotros seguiríamos fabricando nuestros relojes, tal y como hace más de un siglo, cuando empezó mi abuelo, porque todas las piezas y la maquinaria precisa las tenemos aquí», explica ufano el relojero y gemólogo Odilo Fernández.

Él y su hermana María son la tercera generación de El Cronómetro, una joyería histórica que abrió su abuelo en 1928 en la calle de la Paz de Ourense, tras una primera etapa profesional en Cuba, y que le puso el referido nombre porque era y es el que siguen luciendo en las esferas de estas bellas piezas artesanales con pulsera de piel. «Creo que somos los únicos en Galicia, y no me extrañaría que de España, que seguimos haciendo el mismo modelo original, con un mecanismo que comenzó ya en 1911 y con todas las piezas hechas en la ciudad».

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Los hermanos Fernández, tercera generación de El Cronómetro, mostrando los relojes artesanos de la marca. / Iñaki Osorio

De 4.000 a 10.600 euros

El Cronómetro es una joyería especialista sobre todo en diamantes, pero seguimos realizando estos relojes, muy pocos al año, para mantener esa marca original» explica. Desde 4.000 euros el reloj de plata a 10.600 euros el de oro, son piezas bellísimas con la esfera «y hay lista de espera; no podemos hacer por cuestión de tiempo que nos llevan los otros apartados de la tienda, más de tres o como máximo cinco relojes al año; muchos clientes son personas emigradas, que quieren tener un reloj único y personal hecho en Ourense que les recuerde a su tierra y, en ocasiones, los clientes se enfadan por la espera, pero lleva meses es muy laborioso», explica el relojero.

Son además relojes totalmente mecánicos, de cuerda, «y una de las novedades que incorporamos en uno de los modelos, porque a los clientes les encanta, es la maquinaria a la vista, funcionando, precisa», indica.

«Hay políticos que los han comprado como un ejemplo de algo propio de su tierra, y también es una pieza que nos han encargado a su vez para regalarle a políticos muy conocidos, porque es un signo de identidad propia de la ciudad», indica el relojero y gemólogo, que, con su hermana regenta una joyería y relojería plagada de historia, cuyos depósitos, tanto de los primeros relojes de mesa como de pared de El Cronómetro con el nombre en la esfera de Odilo Fernández, el fundador, son ya piezas dignas de museo.

La identidad del negocio familiar también se sostiene sobre la artesanía pura y la resistencia a la industrialización. La firma elabora este singular modelo de reloj que late al ritmo ourensano desde hace más de un siglo. Sin embargo, su fabricación no responde a fines comerciales: «No lo hacemos por negocio. Forma parte del alma, es la imagen de marca y lo que vivimos, y la rentabilidad es cero».

Ante la alta demanda, Fernández rechaza deslocalizar la producción y que pierda ese sello histórico y personal que lo convierte en una pieza única: «Si tuviese que hacer más tendría que encargarle a una fábrica en Suiza que me los hiciera, con lo cual, eso ya no es lo mismo».

Son, en esencia, «los relojes de la morriña», subraya el joyero ourensano, y con identidad propia, que resistieron los envites de las distintas guerras y los problemas de suministro, y muchos de ellos marcan en la actualidad la hora en el mundo, siempre en la pulsera de algún emigrante con dinero... y raíces.

Odilo Fernández, en su taller.

Odilo Fernández, en su taller. / Iñaki Osorio

«En Ourense hay patrimonio de la emigración en diamantes; llegué a ver alguno de 12 quilates, casi dos millones de euros»

En esta histórica joyería del corazón de Ourense, que atesora profesionalidad y miles de historias humanas (pues en el entorno de la rúa da Paz vivían también, en épocas del abuelo fundador y posteriormente del padre de Odilo y María, la élite intelectual y de poder de Ourense), se esconde un patrimonio de alta joyería que asombra a los propios mercados internacionales, explica Odilo Fernández, en especial de diamantes como elemento inversor.

Este relojero y gemólogo explica cómo el fenómeno de la emigración gallega convirtió a la ciudad en un impensable depósito de piedras preciosas excepcionales, pues en aquel momento, en países sobre todo de Latinoamérica que eran productores, se hacía una compra de diamantes para invertir, llegando a albergar piezas familiares de hasta 12 quilates valoradas en cerca de dos millones de euros.

«Hay piedras excepcionalmente importantes en Ourense», explica Fernández, «y yo llegué a ver, digo a ver, un diamante de 12 quilates, herencia familiar de una de esas familias, cuyo valor de mercado podría ser de casi dos millones de euros». Afirma que: «Hay mucho cliente que ha emigrado en épocas muy buenas a otros países y han hecho una muy buena economía. Años atrás era muy habitual la compra de inversión en estas piedras, y hoy nos encontramos con herencias».

El valor de estas piezas es tal que genera estupefacción fuera de nuestras fronteras: «Nuestros proveedores judíos de Amberes, para ver los precios cuando era una herencia, me decían: “Pero ¿cómo es posible que una ciudad tan pequeña tenga esas piedras?”». Según el gemólogo, estas joyas de hasta «un millón y medio de euros, dos millones de euros» no son adquisiciones recientes, sino el legado de gallegos en el exterior que lo invertían en bienes de valor».

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