El puesto más dulce de las fiestas
Óscar González :«Soy la quinta generación de churreros que empezó en el XIX en Ourense; no conozco oficio más feliz que ir de feria en feria... friendo churros»
Su tatarabuelo comenzó en el oficio a finales del XIX y Churrerías Hermanos González es una saga familias conocida y querida en toda la provincia y la ferias gallegas
En la posguerra sus antecesores se subían a los trenes con destino a otras ciudades para vender los churros durante el trayecto a los pasajeros

Óscar, con su puesto estos días en el Parque Barbaña, en las fiestas de Ourense / Iñaki Osorio
La felicidad puede residir a veces en algo tan pequeño, pero cálido y crujiente como un churro. Dejarse atrapar por un aroma a infancia, a verbenas y domingo, que llega de un puesto callejero y pararse para lanzarle un «póngame media docena; con azúcar y calentitos» .
Fue precisamente esa felicidad tangible, la que le produce su oficio, ser churrero, lo que ha llevado a Óscar González a convertirse en la quinta generación al frente de Churrerías Hermanos González de Ourense, una saga con más de cien años de historia, «y que comenzó mi tatarabuelo Argimiro, creemos que a finales ya del siglo XIX, desconocemos incluso si hubo otros "churreros González" antes que él», explica.
No hay esquina de calle, grandes ferias ni fiestas de Ourense, como la que vive estos días la ciudad, en las que no haya una churrería, ahora a bordo de modernas caravanas móviles, con el luminoso rótulo de los González, la familia que ha endulzado —si narramos lo bueno de la vida a golpe de bocado— a varias generaciones de ourensanos. Sus negocios y esos churros, siempre recién hechos y con una receta transmitida de generación en generación, forman parte del mapa sentimental de la ciudad.
Hacer feliz a un niño
Óscar reconoce que esta saga familiar de abuelos y tíos le ha marcado. «He tenido la oportunidad de conseguir buenos trabajos, estables y un sitio fijo, pero… esto me tira y la recompensa no es solo económica» advierte. «Posiblemente ganaría más en alguno de esos trabajos que me ofrecían pero.. ¿sabe usted lo bonito que es ver la cara de un bebé en su silla que no sabe ni pronunciar la palabra “churro” estirando la mano emocionado para que le demos los suyos? Cosas como esa compensan el calor en verano, o los madrugones», asegura. «No me planteo mi vida sin hacer churros y sin andar por las fiestas; no conozco oficio más feliz», asegura con orgullo, a pesar del calor asfixiante y los madrugones. La historia comenzó antes de 1900 con el tatarabuelo, Argimiro, el pionero de los que más tarde serían conocidos popularmente como «los Argimiros del puente», el barrio de origen.
«Posiblemente ganaría más en alguno de esos trabajos que me ofrecían, pero ¿sabe usted lo bonito que es ver la cara de un bebé, que no sabe ni pronunciar la palabra «churro», en su silla estirando la mano emocionado para que le demos el suyo? Cosas como esa compensan todo»
En aquellos tiempos, el oficio se moldeaba con una dureza hoy inimaginable. «No había los mismos medios ni comodidades, hacían los churros con una sartén de hierro y en el carbón, que ellos mismos preparaban y salían a venderlos». Conservan todavía una reliquia de fundición que tiene marcada la fecha de fabricación, de lo que supuso la primera innovación y que tiene aproximadamente un siglo. Poco después llegó la primera gran innovación tecnológica: una máquina de fundición con una patente que ronda los cien años de antigüedad, toda una reliquia industrial. En aquella época, los churros no caían directamente a la freidora como hoy: «Antes no freían como freímos ahora... ponían la máquina en una mesa, iban dando y ponían unas tablas y los iban cortando en unas tablas», recuerda Óscar sobre las vivencias de su padre.
Churros al tren, en la posguerra
La historia de los González se cuece, o mejor se va friendo, paralela a la de España y a la de Ourense. La posguerra marcó otra época dorada y de tremendo esfuerzo para la saga. Cuenta que mientras el bisabuelo, segunda generación conocida, se quedaba a los mandos de la masa, los hermanos Manuel (abuelo de Óscar), Lolita y Nieves se encargaban de la venta ambulante más romántica y viajera posible. «Cargaban con los churros en grandes bandejas de madera colgadas con arneses y se subían al tren, Manuel iba en dirección Monforte y Nieves a Ribadavia» explica, «y vendían directamente el producto en los vagones a los pasajeros» indica, ávidos de un bocado crujiente en los que el Ourense-Monforte era como un viaje de largo recorrido.
«Esto cambió. Ahora viajamos en buenas caravanas»
Hoy las cosas han cambiado. Las antiguas y precarias caravanas que no tenían «ni aire, ni luz ni váter» han dado paso a modernos vehículos equipados con todas las comodidades. «Cuando vamos a ferias o salimos fuera de la provincia tenemos unas caravanas con todo, hasta aire acondicionado, pero lo principal, que es la receta, continúa de generación en generación; y a pesar de que ha pasado más de un siglo, los productos estrella son el churro y las patatas fritas, pese a que hemos incorporado otros productos como los gofres». No sabe cuál es el secreto «porque no hay fórmulas mágicas, la receta es la misma que usaba su abuelo Manuel . El verdadero truco reside en «hacerlo con mucho cariño, buen material y limpieza». Y así siguen desde Argimiro (el tatarabuelo y fundador); Argimiro (bisabuelo); Manuel, Lolita, Nieves (abuelos y tíos abuelos); Argimiro, padre de Óscar, y este último el l relevo generacional del siglo XXI, y Yago. La sexta generación ya asoma en el horizonte; aunque algunos sobrinos e hijos han terminado carreras universitarias como Derecho, aunque rte churrero le puede a loss González. Mientras tanto, Óscar, seguirá al pie de la tolva en cualquier calle de Ourense para alegrar esa esquina, para vender recuerdos, los que siempre van asociados a un cucurucho de churros, y haciendo suyo el eslogan que , con humor, abandera su familia: «Donde hay churros, hay alegría».
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