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Educación e imaginación

¿Una huerta en Marte? El proyecto de unos alumnos gallegos reconocido por la Agencia Espacial Europea

Un grupo de estudiantes del IES Universidade Laboral de Ourense desarrolló un minisatélite para investigar cómo proteger semillas y cítricos del contraste térmico extremo como parte del reto científico CanSat | Su propuesta obtuvo el diploma de «misión científica destacada»

Estudantes de Intelixencia Artificial do IES Universidade Laboral participan no reto da Agencia Espacial Europea, CanSat

Iñaki Osorio / Pablo Varela

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Hace poco más de un mes, un pequeño cilindro del tamaño de una lata de refresco surcó los cielos del concello coruñés de Cedeira hasta alcanzar los 866 metros de altura. Para el ojo inexperto, era solo un experimento escolar; para el equipo «Barreiros» del IES Universidade Laboral, era el resultado de 60 horas de diseño, programación y, sobre todo, de una pregunta fundamental: ¿Podríamos tener huertas más allá de nuestro propio planeta?

La pregunta formó parte de la hipótesis con la que el alumnado de 4 de la ESO de la asignatura de Inteligencia Artificial del centro ourensano participó por primera vez en el CanSat, la iniciativa educativa de la Agencia Espacial Europea que reta a estudiantes entre los 14 y 19 años de toda Europa a construir un mini satélite que, lanzado desde un cohete, pueda recoger datos, efectuar retornos controlados o cumplir algún perfil de misión predeterminado.

En esta competición hay una prueba práctica idéntica para todos los competidores: medir presión y altitud fue la de este año. Superando esa parte, los concursantes deben mostrar su intelecto con la propuesta de misión secundaria, la que a los ourensanos les llevó a pensar en la agricultura espacial y, con ello, llevarse el diploma de «misión científica destacada».

La idea original de los estudiantes fue ambiciosa: querían investigar cómo combatir las heladas mediante la quema de gas propano para evitar que el frío «quemase» las hojas de las plantas. Sin embargo, la realidad de la física espacial se impuso y las limitaciones de peso del satélite les obligaron a pivotar hacia un concepto más universal: «un escudo térmico para proteger semillas o incluso cítricos del contraste térmico extremo en el espacio o en otros planetas».

Quien lo cuenta es Miguel Blanco, que fue quien aportó la idea al equipo que conforma junto a Ainara Marín, David Cacharrón y Moisés Machado. «Pensamos en centrarlo en el campo y la agricultura para innovar y probar a llevar semillas a otro planeta», relata antes de añadir que para hacerlo posible, la primera barrera que atravesaron fue la de su propio colegio. Para encontrar el material perfecto para el satélite no buscaron en Google, sino que bajaron a los talleres de Automoción y Calderería del instituto y allí, entre motores y estructuras metálicas, probaron lana de roca y moquetas de coche antes de decidirse, «por una cuestión de espacio y peso, por el papel de burbuja».

Nueve versiones de un sueño

Con la idea y el material, el camino hasta el aeródromo de Cedeira no fue una línea recta. Detrás del éxito hay «más de 60 horas de trabajo repartidas en tres sesiones semanales» de la asignatura de Inteligencia Artificial. «Empezamos de cero todos, nosotros— los docentes— incluidos, para todos era la primera vez», confiesa la profesora Ana Belén Vázquez, quien junto a Roi García, guió a los alumnos en un laberinto de programación con Arduino y diseño en 3D.

Para todos era la primera vez y, como tal, estaba repleta de ilusión, emoción y también muchas ganas de hacerlo bien desde el principio. Tal fue el nivel de perfeccionismo que «el equipo llegó a imprimir hasta nueve versiones distintas del bote. Probaron cierres con rosca, tapas planas y diferentes grosores para asegurar que la placa controladora ESP32 y los sensores no sufrieran daños en el impacto», recuerda Roi García, docente de Mecatrónica.

«Fue satisfactorio y divertido no saber hacer nada y de pronto darte cuenta de que estás manejando cables y aprendiendo a programar», corrobora Ainara Marín, que al periplo educativo le añade que su trayectoria académica «es de letras puras».

La épica de este satélite ourensano no fue solo tecnológica, sino también financiera. El proyecto exigía autofinanciación, y el equipo— que eligió su nombre en homenaje al empresario Eduardo Barreiros— sacó a relucir su espíritu comercial. Aprovechando sus conocimientos de las impresoras 3D del centro, fabricaron y vendieron llaveros personalizados durante San Valentín y el 8M, recaudando fondos para sufragar sus costes. Cada euro conseguido era un paso más cerca de la plataforma de lanzamiento.

Llegaron y una vez allí tampoco fue todo coser y cantar. Un fallo técnico les interrumpió la recogida de datos en pleno apogeo del vuelo, por lo que no pudieron extraer conclusiones definitivas, pero el diploma ya era suyo. El rigor de su propuesta y el trabajo previo convencieron al jurado de que plantar una huerta en Marte no es una opción tan descabellada.

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